Narrativa

980 °C (por Pablo Valentín)

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What the faeries says and what the servants do…
Eliot

A Wordsworth le duele la espalda. Entra con un par de cafés en vasos desechables.

No podías comprar unos termos, replica Romina nomás por chingar.

¿Ahora también eres ecologista?

Eso y que no quiero tomarme el café lleno de cenizas.

A su lado hay una gorda que se incomoda. Algo inevitable si el crematorio sólo tiene una sala común para atender a todos los servicios que delegan los hospitales de gobierno, piensa Wordsworth metida en su traje de tres piezas y su bolsa de diseñador. Tan neoyorquina, tan madre postiza. No es que Romina no la quiera, sino que se esfuerza de más. No era necesario que la acompañara. Medio departamento de policía se encargó de los trámites, juntaron dinero y se lo dieron.

¿Saben que no lo necesitas? ¿Qué eres rica?

Romina se encoje de hombros. Seguro lo hacen para no sentirse culpables.

Mira su reloj. La gorda se levanta. Poco después sale del crematorio con una urna de terrazo. La tía Wordsworth se sienta junto a Romina y dice nos toca después de éste.

¿Cómo sabes que es un él? Que tal si se identificaba como no binario o tenía vagina en lugar de pito…

Ay Romina, por favor…

  1. Romina sorbe de su café. ¿A los cuántos años dejó de gustarte mi papá?

Wordsworth pone en blanco los ojos. Se está portando como una niña porque está herida. Lo que quiere preguntarle es si le dejará de doler la muerte de López. Si algún día podrá llamarle de nuevo para preguntar cómo se usa una prueba de embarazo o si es bueno tomar clonazepam antes de coger. Decirle estoy saliendo con alguien más. Para la rubia ella es como su hija. Sólo que no hay sentimientos internos. A ella se la encargaron y nada más.

Nunca dejó de gustarme tu papá. Pero siempre supe que él no era para mí.

Oh, dice Romina cayendo en cuenta que Wordsworth tiene casi sesenta años y está soltera. Que dedicó su vida a trabajar y a cuidar a la hija de quien sí se casó con el amor de su vida: Felicia, su mamá.

Romina se frota los hombros. En el aire se percibe un olor a remordimiento como si de pronto hubiera que decir algo que lleva guardado muchos años.

Pero él sí era para ti. Me gustaba mucho que tuvieras a alguien para ti.

Wordsworth conoció a López lo suficiente para caerle bien, para llevarse a Romina de su lado, que bajo cierto punto de vista era como quitarle lo único que le quedaba de Aníbal, el papá de Romina. De hecho le cuenta cosas que ninguno sabía de ellos. Le dice cómo la miraba López. El acento con que abreviaba su nombre y dos o tres metáforas acerca de la percepción femenina del amor.

Wordsworth la deja estupefacta. La tía lo hizo porque en realidad quería que se callara. Desea que llore, que se deshaga. No soporta verla despierta desde las tres de la mañana de hace tres días fingiendo que está bien. Carajo, Romina, no estás bien. No está bien que te hagas de piedra y actúes como una niña. Gran parte de ver a alguien morir consiste en valer madre a cada rato y aceptar dos o tres cosas que van a lastimarnos. Pero sólo dice qué horrible sabe este café.

Sabe de la shit.

Wordsworth cierra los ojos. Quiere abrazarla. Hacerle una trenza, arrullarla. Incluso quiere darle una madriza para que saque lo que siente porque su presencia misma como placebo auxiliador resulta más bien impotente.

Debimos cremarlo en un servicio privado, ya sé. Dice Romina. Pero no podía dejar que estos hijos de puta se salieran con la suya. Ellos creen que estoy pendeja. Que sólo soy la loca que jugaba a ser su esposa…

Tú no estás loca…

¡Basta tía Words! Las cosas como son. No sirvo. Salí defectuosa, pero sería una idiota si no se los restregaba en la cara. Si no los hacía venir aquí y poner sus caras largas, a respirar el olor a muerto y a tomar café con cenizas humanas, si no los obligaba a verme despierta, a… a…

Todavía hay cosas que Romina se niega a decir.

Las llaman.

Ambas se levantan.

Hace días que Romina tuvo que reconocer el cuerpo de López del cuello para abajo. Fue un funeral a féretro cerrado, así que no le importa si las cenizas acaban en una caja de madera o las dividen en los vasos de unicel. El empleado del crematorio les ofrece la misma urna que a la gorda.

Wordsworth dice que no. Lleva desde la mañana cargando una urna de auténtico mármol de Carrara, por eso le duele la espalda.

No la iba a poner en el piso, dice estirándose como una gata vieja en su traje de tres piezas, sacándola de su bolsa de diseñador.

Cuando salen, la mitad del departamento de policía mira la urna y agacha la cara.

Yo sé que ellos lo mataron, dice Romina adentro del auto.

Sí, y yo sé que tú vas a demostrarlo.


Ilustración por Dhalia Daria (@dhalia_daria)

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