Crónica,  Ensayo

Amistades peligrosas (por Jorge Arturo Borja)

Mis amigos son unos sinvergüenzas
que palpan a las damas el trasero,
que hacen en los lavabos agujeros
y les echan a patadas de las fiestas.
Joan Manuel Serrat. “Malas compañías”.

Henry Valentine Miller publicó su penúltimo libro a los 84 años, un ejercicio memorístico en donde hace el retrato teñido de nostalgia de siete amigos, ninguno conocido, que constituyeron las compañías que lo formaron a lo largo de una vida llena de aventuras: El libro de mis amigos (1976).

Entre sus primeros compañeros, recuerda a Joe O´Reagan, miembro de una pandilla de chiquillos del barrio de Brooklyn a principios del siglo XX. Un rufián de 10 años que le enseña al pequeño Henry a mentir, pelear y robar, y que en una escena inolvidable mata a otro niño a pedradas. Un modelo de carácter que lo hace entender que para sobrevivir en ese infame país “Uno ha de tener la moral de una comadreja, la agresividad de un perrito faldero, la insensibilidad de un asesino y la dureza de corazón de un magnate, y además de todo eso, un montón de suerte”.

En el caso de Miller como en el de muchos otros, las malas compañías, definen al hombre en que uno se convierte. Y si no lo definen, por lo menos resultan más interesantes que aquellas que dan buenos consejos y buenos ejemplos. Son el reverso de la moneda, el lado oscuro, los que nos invitaron a irnos de pinta por primera vez, los que nos enseñaron a mirarles los calzones a las niñas con un espejito en los zapatos, los que nos pagaron la primera puta, nos invitaron el primer vodka de la mañana o los que nos enseñaron a ponchar el gallo posprandial. Personajes a veces siniestros pero memorables.

El escritor argentino Roberto Artl, afecto a frecuentar la compañía de tipos torvos y de mala catadura, abrevó de las experiencias de los bajos fondos para extraer los temas, personajes y anécdotas de su literatura. En una de las crónicas de sus Aguafuertes porteñas, comenta que “A veces, cuando estoy aburrido, y me acuerdo de que en un café que conozco se reúnen algunos señores que trabajan de ladrones, me encamino hacia allí para escuchar historias interesantes.”

De esta amable reunión nocturna surgen diálogos tan instructivos como el siguiente:

“−Lo que es ahora el oficio está arruinado. Se han llenado de mocosos batidores. Cualquier gil quiere ser ladrón.

Yo [Roberto Artl] miro, reflexiono y digo:

−Efectivamente, ustedes tienen razón; ladrón no puede ser cualquiera.

−¡Pero claro! Es lo que digo yo… Si yo me quisiera meter a escribir sus notas, no las podría hacer. ¿No?… Y así es con el ‘oficio’. A ver; dígame, ¿cómo haría usted para robarle ahora al patrón que está en la caja?… Vea que el cajón está abierto…

−No sé…

−¡Pero amigo! ¡Que no se diga! Vea; se acerca al mostrador y le dice al patrón: ‘Alcánceme esa botella de vermouth’. El patrón ladea el cuerpo para ese lado del estante. En cuanto el hombre está por retirar la botella, usted le dice: ‘No, esa no: la de más arriba’. Como el trompa está de espalda, usted puede limpiarle la caja… ¿Se da cuenta?… –Yo me admiro convencionalmente, y el otro continúa−: ¡Oh! Eso no es nada. Hay ‘trabajos’ lindos… limpios… Ese del robo de la agencia Nassi… Esa muchachada que promete…”

Esta conversación me trae a la memoria la presencia de dos camaradas que conocí en un viaje al sureste de México. En diciembre del 80, mi cuate Víctor Acevedo me invitó a un tour que organizó su profesor de ética de la prepa 5 de Coapa.

Yo tenía entonces 17 años y para dos semanas de viaje llevaba una maleta con varias mudas de ropa interior, dos guayaberas, tres camisetas y jeans, traje de baño, gogles, aletas, snorkel para bucear, una toalla para manos y otra grande, bloqueador sol, desodorante, una loción de Paco Rabann y los lentes Ray Ban; además de una camisa de vestir, un blazer azul rey y zapatos de charol para la cena de Navidad. En la mano llevaba mi sleeping, y en una mochilita la caja de Lucky Strikes, el mapa de carreteras del sureste, la cámara instamátic y la libretita donde anotaba mis impresiones de los lugares que visitábamos y las frases que se me podían ocurrir en el camino.

En el autobús Víctor me dejó un asiento junto a sus hermanos pequeños y atrás de sus hermanas adolescentes, que ya estaban en edad de merecer, pero yo preferí sentarme al fondo porque estaba demasiado fastidiado de mi propia familia como para querer convivir con otra ajena. En el asiento de atrás me encontré con dos muchachos morenos con gorra, uno de ojos rasgados y mirada oblicua (Humberto) y otro con perenne sonrisa de dientes chuecos (Enrique).

−¿Los puedo acompañar aquí, compañeros? –pregunté amablemente.

−Pues siempre y cuando no tenga malas mañas, Compañero –respondió Quique.

−Y si las tiene pues que se moche –añadió Beto.

Les ofrecí cigarros de mi cajetilla de Lucky Strike que aceptaron gustosos. Acerqué la flama del encendedor mientras ellos abrían la ventanilla. Les caí en gracia. Desde ese momento me compartieron de la caguama que venían bebiendo. Yo que me molestaba cuando le metían mano a mi plato de comida, sin pensarlo le di un sorbo, no fueran a sentir ningún desprecio. Esa noche, entre la plática y la cerveza me fui amigando con esta pareja de desmadrosos que me impresionaron por su desparpajo. Cada uno viajaba solamente con un morral que contenía dos o tres prendas de vestir y que a la vez les servía de almohada. Beto y Enrique eran tan festivos como los muñecos de Plaza Sésamo, pero tan peligrosos como los peores chacalones del barrio de Santo Domingo.

−¿Y por qué viajan con tan poco equipaje? –les pregunté mientras entrábamos en tierras yucatecas.

−Con esto es más que suficiente, Compañero –respondió Beto sacando de la chamarra una botellita de aguardiente León.

−Y por si hace falta también cargamos este fierrito –sonrió Quique mostrándome una navaja de resorte que guardaba en el pantalón.

Al ver mi gesto de sorpresa los dos cruzaron miradas.

−Uy, Compañero, mejor ya ni le enseñamos el fogón porque vaya usté a ir de chiva –añadió Beto.

Los siguientes días se me abrió una nueva perspectiva de vida consistente en beber en anforitas: en la carretera, en las playas o en los museos, nadar y ahogarme en alcohol; vomitar en los baños de los restoranes de paso y seguir bebiendo en fogata nocturna acompañado de los choferes del autobús y de Beto y Enrique.

Estos muchachos contaban con un código de comunicación muy completo a base de miradas, señas y chiflidos que ponían en práctica en los autoservicios de cada parada donde se proveían de alimentos y golosinas mientras los demás pasajeros nos deteníamos a comer.

Cuando llegamos a Chetumal, un puerto repleto de mercancía internacional, mis nuevos camaradas me llevaron de compras. Como ellos eran tímidos y yo tenía aspecto de turista, me pedían que le preguntara a la dependienta o a las encargadas por tal o cual reloj o perfume que al final nunca compraban pero servía para distraer a los encargados mientras Beto y Enrique llenaban sus morrales de ropa, pulseras o anillos.

La noche de Navidad la pasamos en la laguna de Bacalar. Como mis recientes amigos carecían de recursos para pagar la cena que había organizado el profesor, yo decidí pasármela con ellos, compré pollo rostizado y una botella de mezcal en un tendajón a orillas de la carretera, pero eso sí, vestido con mi blazer y mis zapatos de charol. Mientras escuchábamos a lo lejos el brindis, los villancicos y las canciones de Napoleón que el profesor puso a cantar a sus alumnos, nosotros tres, acompañados de los choferes hablábamos de mujeres y oímos al Tri.

Como mis amigos empezaron a contar sus aventuras en el barrio yo apunté en mi cuaderno unas cuartetas que me celebraron mucho:

Para el gandalla más fiero
también para el más cabrón
Quique carga siempre con su fierro
y Beto lleva su fogón.

Lo último que recuerdo es que buscando un lugar dónde dormir, fui a acomodar mi slepping en una especie de jacalito que estaba desocupado pues todos se habían ido a un galerón que el profe había rentado.

En la mañana me despertó la peste y el zumbido de las moscas. Me toqué la cabeza y tenía el pelo pegostioso, como si me hubieran embarrado lodo. Me paré todavía mareado y me fui brincando dentro de la bolsa de dormir hasta que me encontré a Beto y a Enrique, quienes me miraron como aguantándose la risa.

−Quién sabe de qué me ensucié –les dije todavía con voz pastosa.

−Es mierda, Compañero, se metió usté a dormir en el cuartito que usan como baño. Nosotros lo quisimos jalar al autobús pero usted insistió en que quería darle un abrazo a las hermanas de Víctor.

No sé qué cara puse que entre los dos me tomaron de los antebrazos y me fueron a tirar a la laguna. Después me invitaron a desayunar vodka con jugo de naranja y unos sopes que me supieron a gloria.

De vuelta a México, con esos accesos de generosidad que me dominaban en la peda, acabé regalando mis cigarros, mi loción, mi almohada y varias de mis camisetas, y perdí no sé dónde mis instrumentos de buceo; de manera que la maleta se regresó semivacía. En cambio los morrales de mis cuates llegaron repletos de “recuerdos” del sureste.

Año y medio después recibí una llamada de una voz extraña. Cuando pregunté quién me buscaba, respondieron:

−¿Qué pasó compañero, ya no se acuerda de nosotros: Quique el del fierro y Beto el del fogón?

Esa noche me invitaron al Savoy de la calle de Bolívar. Pagaron la cena, la botella y las putas. Cuando salíamos del antro Beto me dio unas palmaditas en la espalda:

−Usté se portó leña en el viaje, Compañero.

−Así que ora que andamos forrados nos tocó a nosotros –comentó medio flameado el Quique.

Y aunque me abstuve de preguntarles, me confesaron.

−Anoche asaltamos una tienda, Compañero. Pero como tenemos un trabajito pendiente le vamos a pagar el taxi hasta su casa.

Se despidieron de mí con abrazos. Y fue la última vez que los vi. Años después me contó Víctor Acevedo que Quique estaba en la cárcel por robar una tienda de electrodomésticos y que Beto había muerto en una balacera en el San Pancho de la Colonia Obrera.

Me gustaría decir como Mick Jagger o como Hank Bukowski que siento más simpatía por el diablo y que me parece más interesante estar allí abajo ardiendo entre las llamas, pero con el tiempo me he vuelto más prudente o más miedoso.

Sin embargo, puedo alegar a favor de las malas compañías que nos enseñan el arte de sobrevivir, de resistir ante las adversidades y de sacar provecho hasta de los peores momentos, pero sobre todo nos dejan la mejor materia prima para escribir: la experiencia que proviene de la verdadera intensidad de la vida.

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