Narrativa

Cambios (por Pablo Valentín)

.

Watched the changing shape he cut
Plath

 

Voy a prender el boiler.

López olvida que todo es automático en el depa. Ha ido antes pero sólo de visita. Ella cree que todavía no está del todo instalado. Trajo pocas cosas. Demasiado pocas y esto de cierto modo la incomoda.

¿Podríamos armar primero la cama? Romina comanda.

Sí claro, pero en lo que se calienta el agua…

Ella pone mala cara y él no reniega. No es lo suyo. Fluye como una corriente de aire o una pelusa que se niega a ser atrapada por la aspiradora que recorre las esquinas de la habitación. Romina no limpió la habitación. Pudo hacerlo desde hace semanas, antes que le pidiera que viniese a vivir con ella, pero su departamento es una réplica precisa de su soledad minimalista.

¿Cómo va el asunto del marciano?

Estancado, le responde.

A decir verdad, ella esperaba otro tipo de mudanza. Nunca ha ido a las anteriores casas de López. Entre la ansiedad social y las constantes idas y venidas por la historia relacional de ese hombre, ella nunca lo ha visto en su hábitat natural. Esperaba quizá una camioneta llena de cajas con libros, un enorme pizarrón y un escritorio con aire detectivesco; incluso una caja cerrada que guardarían en el clóset después que él le dijera, aquí hay una 45, espero que nunca debamos usarla, pero te enseñaré a dispararla.

Hay demasiado humo de por medio, diría que estoy en un punto muerto porque precisamente lo único que tengo es al marciano muerto, profundiza López.

Ahora ponen las sábanas sobre la cama. Ella le compró una cama. Son unas sábanas horribles, se dice Romina a sí misma. En ese momento tiene ganas de hacerlo. Llevan mucho tiempo lejos. La última vez que fueron algo más que amigos, López empezó a salir con una oficinista cuya meta en la vida eran sus vacaciones en la playa, Romina vio las fotos en instagram. Pero hace días que eso se acabó.

¿En serio? Pregunta echándose de espalda y mostrando su ropa interior bajo la falda que eligió específicamente para el día la mudanza.

Él gira para tomar algunos cómics dispersos en la maleta y apenas se da cuenta. Ella cierra las piernas.

Salen de la habitación hablando del caso, de dos o tres sospechosos y del forense, de una necropsia fallida. Entonces él se para en seco y dice olvidé mi cepillo de dientes.

¿Y si realmente se está mudando pero no conmigo? Piensa Romina cuando en realidad se pregunta cuál era su meta en la vida, si tenía un plan de vida o si sólo estaba improvisando una existencia dentro de su departamento. Ah, podemos compartir el mío, dice.

En realidad creí que podíamos salir a comprar uno e ir por algo de comer, replica éste.

Romina siente que se le está yendo la situación.

¿Pero te vas a bañar primero, no?

Ah, claro. Entonces él baja una caja de cómics.

La sala de Romina es amplia, con un sofá de diseño bajo una ventana enorme que bien podría ser una pintura viva de la Ciudad de México, vista desde el privilegio por supuesto.

¿El calentador está en el baño, verdad?

Flaco, todo es automático.

Romina oye la regadera y se imagina el agua fluir por el desagüe. Es algo que nunca había escuchado antes. No desde ahí. Lleva casi diez años en ese piso y nadie más se había bañado ahí. Nadie más había traído un sudor externo a sus aposentos, un nuevo ritual a sus costumbres y manías. Ella acostumbra dejar la llave abierta para enjabonarse y López no. Así que no podrá saber exactamente cuándo saldrá de la ducha con una toalla a la cintura, todavía húmedo.

Ella quiere verlo desnudo otra vez, así que viola la intimidad de sus pertenencias y abre la caja de cómics. Son las primeras ediciones de Hellboy.

En el librero de Romina sólo están las novelas de Sally Rooney y sus respectivas adaptaciones a guion, nunca hubo nada más. Cualquiera pensaría que se trata de una decoración premeditada de interiores, pero en realidad las lecturas de Romina también son una metáfora de sí misma. Toma los cómics y los aterriza en la misma sección, junto a Normal People y Conversations with friends o Beatiful world where are you. Le da risa pensar en que aquello rompe el estilo arquitectónico de su depa y lo relaciona con los alienígenas, con los primeros colonos que llegaron hace ya un año en sus naves descompuestas a la Tierra y que justamente por ellos se reencontraron López y ella.

¡Rom, se me olvidó la toalla! ¿Me la pasas por favor?

Ella abre la puerta y mira su entrepierna. Es una mirada fugaz pero incisiva. Otra invasión buscando el derecho de tenerlo adentro.

He acomodado tus cómics, dice dejándolo salir. Creo que al marciano lo mataron, añade.

Yo también.

No me refiero a un homicidio, sino a un atentado contra su espacio.

Secándose, López se pone unos calzones que apenas unos minutos atrás había metido en ese mismo cajón.

¿Cómo un crimen de odio o algo así?

Me refiero más a una mierda en nombre de la ciencia o algo. Vamos, no matas a un marciano y te robas su cabeza sólo porque sí.

Romina se acerca para quitarle una pelusa del cabello, López se gira y casi la besa.

Bueno, por ahora es una respuesta, dice.

López se pone un short de lo más equis y sugiere que pidan algo de comer. Nunca dice cosas como desayuno, almuerzo o cena. Para él comer es comer a la hora que sea.

Romina llama a un restorán que está dos calles y después se pone la pijama. Él duerme desnudo, se dice recordando que López es una constante en su mundo. Como su trabajo innecesario, su departamento en Polanco o la depresión.

¿Lo pensaste desde siempre o se te acaba de ocurrir? Pregunta él.

López y ella llevan el mismo caso desde hace días. Son meses pero sólo se han visto de manera ocasional para tomar café. Ella escribe un artículo sobre la integración de los alienígenas ahora que sus naves han sido declaradas inútiles para volar y a López le asignaron el primer homicidio interespacial, pero no hablaban mucho de eso. López estaba en la quiebra, la oficinista lo presionaba para que se volviera banquero o algo mejor que policía o repensaran la relación.

Para ser honestos, él ya no podía seguir con esa vida y a Romina le sobraba una habitación; es cierto que esperaba más, quizá llenar un vacío con nimiedades pero ahora lo sabe: López ha traído con él lo más importante y no una colección de presencias irrelevantes.

Llaman a la puerta.

¿Tienes cambio para la propina? Pregunta López tomando el control. Para él manejar la situación significa pagar.

El repartidor es un alienígena de edad indefinida.

Ya están aquí, piensa Romina. Nos guste o no. Como lo godines en Polanco o López en su habitación. Han llegado en sus naves descompuestas con pocas cosas o ninguna. Se han adaptado a un planeta que los explota a la vez que los repele. Ellos traen nuestra comida pero aún no los dejamos que se sienten a la mesa, escribirá Romina en la revista. En ese momento cae en cuenta de quiénes son verdaderamente los extraños, a quiénes siguen investigando en esta ciudad que no se adapta bien a los cambios.

Esta es nuestra primera cena de casados.

¿Cuánto llevamos de casados?

Más de cinco años, flaco.

Ahora se descubren bromeando. Comen. Él se ha instalado tan rápido que apenas se perciben los cambios.

Vamos a acostarnos.

López entra a su cuarto. Romina se acomoda a lado de él. Le acaricia el pene con las manos y dice no apagues las luz, por favor.

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver Política de cookies
Privacidad