Narrativa

Cuatro cuentos breves de Sue Mendoza

Sue Mendoza es una escritora originaria de la Ciudad de México, amante de las letras, los sueños, eterna viajera. Ha escrito Insomnes (Editorial Ojo de Golondrina), Entre periplos y bifurcaciones (Editorial El Librero de Úrsula) y recientemente su libro Funánmbulos (brevis) editado por El Canto de la Alondra (libro del que extraemos los cuentos a continuación).

Las letras de Sue adentran al lector a un mundo irónico, en donde un abanico de emociones se abre, en el espacio creado a partir de cuentos breves y sólidos uno se ve en medio de sentimientos universales y que la autora sabe describir con palabras concretas, así mismo, Sue conduce el cuento y después gira y presenta situaciones inesperadas. Sin más, aquí te dejo algunos cuentos cortos de Sue Mendoza.

Unus. LUNARES

Te he venido observando desde hace tiempo, no soy el tipo enfermo que se obsesiona con mujeres para luego matarlas e inmortalizarlas de un modo oscuro y siniestro; no, yo soy del montón de esos que no se atreven a sostener la mirada cuando algo les inquieta.

Tú me inquietas, pero reitero no de un modo enfermo más bien curativo.

Qué, ¿cómo que curativo? Pues así como cuando tomas medicamento y tu organismo vuelve a la cama.

Verte despojarte cada noche de la basura que cubre tu exquisita anatomía, ha sido mi droga, el alucinante preferido.

No tengo idea a quien dedicas esos contoneos semidesnudos frente a la ventana, pero se agradecen y los adoptó como míos.

Conozco tu cuerpo mejor que tú misma, sé de esos lunares en sitios estratégicos, me gustaría acariciar esa piel con mi tacto de músico.

Te he escrito una canción que tocó durante el día cuando no estás en escena.

Por las noches, cuando hacer ejercicios la tarareo y la música suena en mi cabeza.

Hace un par de semanas ye he escuchado hablar, reías a carcajadas con una amiga y me miraste por unos segundos, yo apuré el paso, me llamaste y pediste fuego. Tu voz era ronca, imperativa, tenías mirada dulce.

Negué con la cabeza el hecho de traer encendedor conmigo. Antes de salir de mi vista, volteé y me incomodé, un tipo rodó tu talle, posó sus asquerosas manos sobre tus nalgas, te mordió el labio y se fue muy fresco.

Tú lanzaste un beso al viento como aceptando el cortejo animal. Continué mi camino. Compré la comida para el perro y un par de cervezas, añorando la noche en la que a través de una ventana eres sólo mía.

“Hasta con los ojos cerrados, esos tres lunares podría yo encontrar”

Quindecim. EL AUTO DEL JEFE

Escasos cinco minutos bastaron, Leonor se despojó de la falda, dejó las pantimedias puestas y obviamente esos zapatos que eran la adoración y envidia de las amigas.

El tiempo apremiaba y Roberto no dejaba las manos quietas.

Una canción, un beso húmedo muy rudo, los llevó al siguiente nivel. En bra, pantimedias y zapatillas, comenzó la batalla.

Leonor tiró por la ventanilla el chicle añejo que mascaba y se arrojó a la pasión.

Roberto metió mano por donde quiso, comenzaba a desabrocharse el pantalón para darle sabor a faena, cuando Leonor estiró los pies en una excitación tal que las zapatillas quedaron ensartadas en el parabrisas.

A Roberto la erección le desapareció en un santiamén al momento en que maldecía haber propuesto sexo casual en el auto del jefe.

Leonor desmontó las zapatillas de sus pequeños pies, se vistió y acomodó su cabello.

Inmediatamente como por arte de magia sacó unos tenis de la enigmática bolsa de mano.

Se los puso.

Abrió la puerta del auto y dejó boquiabierto a Roberto cuando le dio las gracias por tan emocionante velada.

Le pidió que no olvidara las zapatillas, que lo vería al día siguiente a la hora del café, como siempre.

Un guiño fue lo último que Roberto vio antes de que Leonor desapareciera de su vista anonadada, perdida entre los enormes zapatos clavados en el vidrio y el jefe que se acercaba lentamente.

Viginti Duo. CAFÉ VERDE ESMERALDA

Todas las mañanas tomo café, pero hoy me ha atendido un chico nuevo, tiene unos hermosos ojos verdes que hacen juego con su encantadora sonrisa. Se llama Ricardo, y su voz suena como de otro planeta.

Al paso de los días noto que me observa y tímidamente baja la mirada cuando me percato de ello. Ya sabe cómo me gusta el café, no muy cargado, ni muy dulce, ni caliente. Hemos comenzado una linda amistad, incluso la próxima semana iremos a un concierto de rock.

Es músico, me comenta, y eso me llena de estupor. Yo más bien creía que era escritor o algo así. Bueno, no importa, no tengo nada en contra de los músicos, pero el rock no me entra ni con calzador. Pequeño detalle.

Llego a casa decidida a encontrar algo o alguien que me diga qué hacer, cómo acudir a un concierto de rock y no morir en el intento, pero no acierto.

Revisando mis cajones y entre poemas de antaño, encuentro unos pequeños tapones para los oídos que son la respuesta a mis plegarias, eso usaré en el concierto.

Mi amiga Maura me sugiere que sólo sonría, levante las manos y brinque, ¿cuánto puede durar el tormento? Ya más tranquila porque tengo solucionado lo de la música estridente, lo invito a una lectura colectiva de poesía que tiene cita en un café cercano al suyo.

Él recibe la invitación de buen modo y me acompaña. Usa unos jeans rotos y chaqueta de piel, me gusta ese look que nada tiene que ver con los alzados de mi Universidad.

Al tiempo que recitan versos por doquier, él me mira y sonríe, pero no articula palabra, seguramente está fascinado por los poemas surrealistas.

Me siento tan dichosa y animada a seguir saliendo con él. Quizás dentro de poco me pida que sea su novia y la felicidad estará completa.

Es mi turno, se pone de pie, chifla y vitorea. Leo un poema muy largo y sentido, tengo puesta mi atención en esos ojos verde esmeralda y con la mejor entonación que me cargo, ataco.

Él no deja de sonreír y concluyó con un: “para ti, Ricardo”.

La gente aplauda y él sigue observando sin tomar asiento, hasta que el mesero se acerca y le ofrece una copa de vino que recibe con agrado y me convida desde su lugar.

Es tan perfecto el momento.

Regresó y él se dirige al sanitario, deja algunas pertenencias sobre la mesa, ahí observó que hay un tapón para los oídos, el otro cayó al piso.

¡Fui vilmente engañada! ¿Cómo pudo, el muy patán?

Los minutos que tarda en regresar los utilizó para planear mi venganza.

Ahora sí sabrá de lo que soy capaz. Cuando se posa frente mío lo tomo por la nuca y le planto tremendo beso hasta dejarlo sin aliento, lo suelto estrepitosamente, tomo mi bolso, le dejo un billete que cubre mi consumo y le grito desde la puerta:

¡A mí tampoco me gusta el rock!

¡Desde mañana tomaré café!

Undequadraginta. MIÉRCOLES DE CENIZA

La puerta del vagón se abrió. Entró con la mirada perdida, tenía tantos demonios alborotados en su interior que no percibió al hombre de la barba, que la observaba con detenimiento, y a quien le pareció una mujer exquisita, bella y un poco enigmática.

La mujer se sentó y buscó un bolígrafo en su bolsa, garabateó algo en un pequeño cuaderno para luego dejarlo en el asiento de al lado.

Descendió una estación después, quiso volver por la libreta, pero la puerta cerró de tajo y sólo cruzaron las miradas, él se encaminó al asiento y le regaló una mueca de triunfador. Ella permaneció inmóvil hasta que el tren se perdió en la oscuridad del túnel.

Era un miércoles de ceniza, la lluvia arreciaba, pero ella tenía que cumplir con el ritual religioso. Se encaminó a la iglesia para de ese modo exorcizar sus monstruos.

El hombre de la barba leyó varios nombres escritos en la libreta, la lista contenía diez, de los cuales seis estaban tachados, se rascó la cabeza e imaginó mil cosas, el séptimo nombre era el suyo.

¡Qué curioso episodio!

Al salir del templo y después de haber pegado los nombres tachados en el manto de un santo de túnica verde, la mujer se puso el impermeable, metió la mano al bolso, acarició el puñal que llevaba dentro, hizo una reverencia al santo y salió a la calle en busca de un séptimo demonio.

 

2 Comentarios

  • Leopardo Lozano F

    Muy interesante propuesta en la narrativa de Sue Mendoza;
    se antoja leer su trabajo, es intensa en su desenlace además
    de impredecible, lo que la hace enigmática, apasionada en el
    desenlace, son variados los temas, será más interesante leer
    Un trabajo mayor. De hecho resalto es no tan fácil atrapar al
    lector en algo tan breve, me agrada su manera de escribir.

    • Vitrali Ediciones

      Muy cierto, Leonardo. La narrativa de Sue logra que uno se adentre en un mundo inmenso con muy pocas palabras. Sabemos que aún hay ejemplares de su libro. ¡Saludos!

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