Narrativa

De noche (por Mariana García)

Era una noche tétrica, el viento meneaba los árboles con fuerza, provocando un ligero silbido. En medio del bosque una chica corría despavorida, llena de pánico y adrenalina, miraba a sus espaldas cada poco tiempo con sus ojos brillando de miedo; había perdido la noción del tiempo, sus piernas ardían por tanto correr, pero algo dentro de ella le gritaba que no parara.

Gemma sabía que si tropezaba o se detenía aquella criatura acabaría con su vida, la tomaría por sus delgadas piernas con esas grandes garras, rasgando su piel con lentitud, casi saboreando su sangre. La llevaría a rastras por el bosque hasta encontrar el lugar adecuado para devorarla porque ella sabía que la bestia que la seguía estaba hambrienta.

Para la suerte de Gemma a lo lejos divisó una pequeña cabaña, corrió con más energías hasta la puerta de esta y la empujo una vez, dos veces, hasta que por fin cedió.

Entró al lugar justo cuando a la distancia se veía un par de ojos rojos salvajes y hambrientos acompañados de un hocico grotesco, aquella bestia peluda saltaba por los árboles con una habilidad impresionante. Cuando estuvo a salvo aquella sala oscura, la rubia busco algo para trabar la puerta, se encontró con una pequeña figura de búho tallada. Afuera se hizo un silencio inquietante. Ella hizo uso de su fuerza y empujo un pequeño sillón hasta tapar la entrada. La tensión aumentaba con cada segundo.

Temblando, Gemma revisó la cabaña con la vaga esperanza de encontrar un arma de fuego. Afuera la bestia estaba a pocos metros del lugar, evaluando la mejor forma de entrar, aún con la luna llena a lo alto él tenía la capacidad de esperar en las sombras cual depredador. Él sabía que ella estaba dentro, podía oler su miedo.

Rodeó la cabaña con sigilo hasta que se percató de una ventana en la parte de atrás, la bestia tomó velocidad y de un solo salto entró al lugar, escuchó un grito ahogado, corrió hasta el sonido al llegar vio a su presa temblando contra una pared, con un cuchillo en mano.

Él la atacó arrancándole el brazo de un mordisco, en el momento que tragó la bestia perdió cualquier control que le restara; quedando cual animal, arremetió contra la chica.

La cabaña se llenó de sangre y el lobo sació su hambre.

Gemma abrió los ojos enfrentándose a la oscuridad de un cuarto. Su cuerpo pegajoso por el sudor, aun temblando por aquella pesadilla. Se levantó y caminó hasta su cocina. En el camino vio un búho tallado de reojo, la mitad de este iluminado por una luz solitaria.

Logró alcanzar la botella de agua que buscaba y cerró los ojos. Aun podía sentir la mirada de esa cosa. El olor nauseabundo de su boca al mostrarle sus colmillos.

No podía alterarse por ello, un simple sueño causado por el estrés. Todo era demasiado para ella. Un sonido sordo proveniente del primer piso la alarmó.

Dejó la botella justo cuando su esposo aprecia en la habitación. Un hombre robusto cuya expresión pocas veces cambiaba de seriedad; cuando eran novios, Gemma solía bromear sobre lo peludo que era con su barba larga y pecho poblado de vellos oscuros.

—¿Qué haces levantada? —su voz solía ser relajante, cayendo en un agradable tono grave.

—Pesadillas —terminó de tomar agua antes de dejar la botella en el mostrador, no pasaron ni dos segundos antes de que su esposo lo notará y la tomará para tirarla a un bote pequeño en la esquina de la cocina. Sin la iluminación de la luna a Gemma siempre le parecía que era un oso gigante, solo una gran sombra en la penumbra.

—Te he dicho mil veces que tires la basura. Luego todo eso se acumula ¿Quieres tener cucarachas por toda la casa?

Volteó para encararla, la luz apenas iluminando un poco sus ojos pequeños. Lo más expresivo de él eran sus ojos, cuando estaba sobre ella siempre brillaban con cariño, con devoción. Pero también había momentos donde un fuego inapagable los inundaba, una sed de sangre que solo ella podía saciar.

—Perdón, sigo un poco asustadas —odiaba cuando su voz se partía a la mitad de la frase, se sentía como una presa asustada.

—Está bien amor —se acercó al ella tomándola en sus brazos— sólo no vuelvas a hacerlo. No quiero tener que reprimirte.

Al tener su cuerpo contra el suyo se sintió cómoda. Aquel fuerte y grande cuerpo cubriéndola, protegiéndola. Aquellos ojos admirándola, hambrientos por la expectativa de un error.

Cuando se acercó a ella para besarla, se vio a si misma ante aquellas fauces. Colmillos infinitos ante sus ojos listos para arrancar su carne. Labios carnosos reclamándola como suya, haciéndole olvidar a la bestia. Hasta que ésta volviera a tener hambre.


Mariana García. 2004. Estudiante de preparatoria y escritora.

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver Política de cookies
Privacidad