Narrativa

Dos cuentos de Gabriela Reyes Matías (Isis)

Gabriela Reyes Matías (Isis) (Ciudad de México, 1997), gracias a su madre y autores como Edgar Allan Poe, H.P. Lovecraft, Horacio de Quiroga, entre otros; a muy corta edad, nació su interés por las letras A los doce años escribe una novela no publicada, pero que fue pieza clave en su aprendizaje, así como saber que debía y no, escribir. Con  Ángel sin alas y El habitante, inicia su recorrido en el círculo editorial, aunque la respuesta fue negativa, no cesó en su empeño por dar a conocer su trabajo. Bajo la Influencia e inspiración de leyendas de la tradición oral oaxaqueña, escuchadas en voz de sus abuelos y su propia madre, en 2017 publica de forma independiente, realizando ella misma tanto la corrección como arte y diseño editorial, su primer libro de autor Las madrugadas con el ente, un conjunto de cuentos, un par de poemas y algunas  conversaciones entre un ser milenario (El ente) y la autora o quien lo lee,  prologado por Edwin Lugo (QEPD) y bajo la tutela y guía de autores como Verónica Miranda (Ciudad de México), María Elena Melgarejo (Querétaro), Edwin Lugo (Ciudad de México), Elisa Logan (Honduras) y Karla Herrera (Honduras), prontamente su ópera prima se posicionó en el gusto de lectores de México y varios países de habla hispana. Arquitecta de profesión, performer y autora, que entre su obra incluye la segunda edición de Las Madrugas con el Ente, bajo el respaldo de EditorIal Alebrijez, también participa en antologías como Poetas con causa (Alebrijez), Lenguas de Sal (La Sangre de la Musas), asidua participante en eventos literarios como la Feria Internacional del Libro del Zócalo, Feria internacional del Libro Alebrijez (online 2020), Festival de Lecturas Decadentes (Mensual) y en la revista digital uruguaya DZL, entre otros. Actualmente se encuentra trabajando en los que será su segundo libro, en el cual aborda temas, como las tradiciones ancestrales, indigenismo y horror Cruz de Ocote y Sangre de Maíz.

Tierra fértil

Tierra fértil, tierra de guerreros, ahora los veo danzar, las ruinas dejan de serlo y regresan a aquellos tiempos, donde se veneraba a nuestros dioses ancestrales, donde ahora, desde la alto de esta pirámide veo caminar y danzar cientos de penachos, donde veo pasar cántaros llenos de agua y cargas de café, cacao y maíz. Ancestros míos, no me abandonen, los llevo en mi sangre, en mi orgullo prehispánico, en mi piel morena están ustedes, guerreros inquebrantables, fuertes y respetados. En mis rasgos también están ustedes, con los ojos oscuros llenos de conocimientos, con el cabello negro azabache lleno de susurros de mis Dioses, ustedes están ahora, en mi sangre criolla, donde su líquido carmesí de guerrero, lucha contra el de un montón de bárbaros con armadura de metal que nos sometieron, al escribir esto doy la batalla vencida a favor de ustedes.

Desde arriba de esta pirámide de mi madre Luna veo a mi padre Sol de frente, gritando más y más alto que los penachos no paren, y desde el sendero de la muerte se alza el sonido de caracoles.

Puedo ver el Mictlán, abierto, porque desde ahí me visitan. Un cráneo adornado se levanta al ritmo de tambores, Mictlantecuhtli ha salido, moviendo sus caderas y sus pies descalzos llenos de sangre y gloria. Quetzalcóatl desciende desde el infinito cielo con su sonido serpenteante que hace relucir sus plumas, repta por las pirámides al ritmo de la voz de Padre Sol, siempre me mira, siempre lo ha hecho, me muestra las piedras preciosas que guarda con recelo. En su mirada se refleja la mía, porque somos iguales. Un cenzontle canta, con sus cuatrocientas voces, avisando la gloria de que ellos, mis antepasados de piel morena que saben que no han sido olvidados.

Giran su vista hacía mí haciendo parar el sonido de los cascabeles y el movimiento de los penachos, Mictlantecuhtli me mira desde las cuencas de sus ojos, la entrada al Mictlán se convierte en un vórtice de color rojo y negro, Quetzalcóatl mueve su lengua bífida y sacude sus plumas para mí, regalándome una de ellas. Mis dioses me miran, y ahora veo. Cuerpos tirados, sangre cubre mis templos, una cruz se levanta sobre las ruinas de mis Dioses, los penachos manchados de sangre, mis jardines llenos de enfermedad, mis hermanos, mis padres, mis antepasados están muertos, la entrada al Mictlán sigue girando, y entre las ruinas veo como cada cuerpo se desvanece, les grito y levantando la pluma de Quetzalcóatl les hablo desde mis entrañas.

Ancestros míos, no me abandonen, aquí mismo les digo, que haré que nos los olviden, que en mis palabras hablan ustedes, como por las letras sigue hablando nuestro Tlatoani Nezahualcóyotl, no los olvido, porque en día de muertos les dedico una danza y un ramo de flores de Cempasúchil, ese olor a muerte y vida que nos dejaron de legado.

Mil palabras resuenan en los abismos del Mictlán haciendo el vórtice girar con fuerza, desde la pirámide de enfrente un cuerpo se levanta, es un esqueleto con un penacho de plumas de quetzal y piedras preciosas, recoge un caracol y con ese sonido hace estremecer la tierra. Mictlantecuhtli se retira y junto a él los cuerpos que antes tirados ahora se levantan con una sonrisa, entran y sé que sólo es un hasta luego, el Mictlán se cierra, y quedo con Quetzalcóatl que con una mirada fija se despide y sube al firmamento reptando.

Ancestros míos, no me abandonen, la batalla no ha terminado.

Sabueso

Una sombra acecha debajo de mi ventana, sé que eres tú, Ente. ¿Qué pasa que te presentas materializado cuando el sol ilumina mis pies? Tu voz, de todos y ningún lado resuena.

“Oh humana, sabes bien que mi presencia a la luz significa mal augurio, sé que tienes miedo, llevo noches corriendo desde mi morada el espejo hasta tu cama, hacía los lugares que me hemos recorrido, he intentado recoger todo el polvo y rastro de nuestro andar, pero ese proceso es doloroso, he ido a donde la tierra guarda los huesos, la tierra en las madrugadas es fría, un gato anda entre los nombres. He estado con ocupaciones, pero hoy, en esta mañana vengo a escucharte, sé que dudas, anda, ese es el trato.”

Ente, el temor entra por mi cabello y se parte en el alma, algo no está bien, en un teatro es el acto final, así lo parece, todos se levantan las máscaras a la media noche, saben que es momento de conocer a quien fue su compañero de baile, sólo alguien no lo hace, somos nosotros, porque mi máscara está vacía, al menos para el ciego que puede ver. Sé que me han traicionado, sé que alguien escuchó atento acerca de ti, intento buscar calma y venganza en nuestro nombre y al no obtenerla gritó que no existimos. Sé que alguien más grito nuestro nombre imitando nuestra voz… ¿Qué pasa?

“Tú lo sabes, el regalo del caído es ayudarte a ver. Caído… el caído tiene boca de profeta. Estoy listo, humana, estoy listo para emprender el viaje nocturno. Estoy hambriento, del traidor no necesito autorización, sólo saber sus pecados. Anda, anda humana ¡Anda! Ordena… sé que quieres hacerlo, es hora de que nosotros nos quitemos la máscara, hemos esperado este momento desde mi llegada, es hora… quizá se acerque el final, nos iremos con el rostro real. ¿Escuchas? Aquí está el himno… nada es casualidad, todo es causalidad. Se acerca un verso largo, por hoy, humana… tu voz se despide entre el ruido de un cristal crujir entre mis dientes”

Anda, pues, Ente. Olfatea cual sabueso a los traidores. Somos Ente, el que mira y mora. Somos Ente, el que traga y escupe. Somos Ente el que nadie conoce… Olvida tu lado benévolo y muestra tus fauces, traga lo que encuentres a tu paso, así lo pido, devora a quienes intentaron mencionar nuestro nombre en vano, haz crujir sus huesos entre tus dientes, haz que su piel se convierta en granizo, toma lo que necesites y escupe el resto… ese sabueso lleva en sus fauces muestro verdadero rostro, no mires a quien, y como premio tráeme sus nombres, para desterrar los jirones que dejes en mi tierra. Algo se arrastra en mi habitación y corre hasta estamparse en el espejo… Bien, Ente. Entre tus fauces hay sangre.

 

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