Narrativa

Dos cuentos de Javier García Vargas

Al leer los textos de Javier vienen imágenes detalladas que provocan que uno, como lector, ahonde en la reflexión gracias a los elementos que usa para describir, de manera muy concisa, los escenarios, sensaciones y sentimientos de sus personajes; se puede tomar como punto de partida una narrativa congruente, que dice mucho con pocas palabras, es decir, plantea un mundo muy bien estructurado con la precisión de las palabras y un plus de su narrativa es que estas atmósferas son primero planteadas por el sentimiento protagónico (Javier nos lo pone fácil para adentrarnos en el papel de protagonista y conectar con estas emociones), estos sentires son los que hilan la historia y le dan una forma que es bella de leer.  A pesar de ser una pluma joven, al leerlo, uno se remonta a clásicos del cuento breve, pero bien, a continuación compartimos dos cuentos de Javier García Vargas.


Cuando deje de llover

La lluvia no da tregua. A ratos parece que al fin cederá, pero después retorna con mayor fuerza, y el optimismo desaparece. Aún recuerdo cuando las primeras gotas golpearon con violencia en la ventana, cuando las nubes de piedra gris se veían lejanas, pero terminaron por cubrir el cielo. Entonces pensé que pararía pronto; sin embargo, mientras más se prolongaba, más caía en cuenta de mi error. Ahora ha llovido durante tantos días que el hecho de contarlos carece de sentido. El calendario ya no significa nada; al principio resultaba una fuente de confianza ciega, de falsa seguridad, pero ya no es ni eso. Y es que los días han perdido su esencia, no tiene caso nombrarlos, pues parecieran una repetición monótona el uno del otro, la extensión del anterior.

Solía acudir a recursos desesperados como el de extrañar hasta romper en llanto, gritar hasta deshacer el nudo en mi garganta, o ver cosas en donde no las había, pero realmente nada de eso sirve. Lo único que me mantiene a salvo es la rutina, una rutina artificial que surgió de emergencia entre las cuatro paredes de mi casa, es lo único que tengo, y me aferro a ella. La lluvia lo cambió todo; la mecánica misma de la vida ha cambiado, pues son los pequeños detalles los que importan ahora, los espacios no son lo que eran, los actos de amor se han convertido en muestras de odio, cambió lo superficial y lo profundo, todo. Y en ese todo está el tiempo, que ha perdido su dimensión, su valor se ha alterado por completo: ha pasado de ser corto y apreciado como un tesoro, a ser tan abundante que se vuelve indeseable, y lo único que quiero es que acelere su marcha, que los días pasen como pasan las horas.

Es cierto, deseo que el tiempo pase rápido, pero luego me encuentro con la noche y las cosas empeoran porque todo se vuelve más real y más cercano, la nostalgia me asalta por sorpresa y me hace caer hasta el fondo de mis recuerdos, y el insomnio se aparece como una silueta dibujada en la pared, y tras dar vueltas en la cama durante horas, buscando la forma o la posición exacta, escuchando el caer perpetuo del agua sobre las superficies, que en el silencio de la noche se siente más como un susurrar cansado y triste, al fin puedo dormir y dejarme engañar tiernamente por mis sueños, viendo los rostros y sintiendo los abrazos de quien tal vez aún me espere allá afuera, para después despertar y encontrarme con la realidad cortante y cruel, como astillas dentro de mí. Pues a pesar de que todos nos enfrentemos al mismo adversario, no todos libramos la misma lucha. Por eso me siento tan solo, tan vacío y diminuto, porque nadie parece comprender mi lucha, y no los culpo, no tienen por qué hacerlo, ¡pero es que la lluvia ha causado tanto daño ya! El agua entra poco a poco por debajo de la puerta y termina por inundar mi mente, y entonces no sólo acaba con lo material, sino con lo más sagrado que puede tener un hombre: el deseo de vivir; pues el agua sigue su curso y en su paso apaga el fuego que me mantiene aquí, soportando mi propia existencia en medio de esta soledad venenosa y del encierro hostil, de la incertidumbre, y si no salvo ese fuego, no me salvaré a mí mismo, porque quizá lo único que me da aliento para vivir es pensar en el día después, en el sol asomándose al fin entre las nubes, en lo que pasará cuando deje de llover.


La tentación de amar

Ayer volvió a decirme que extrañaba el mar, y su voz llevaba tanta ternura que no pude negarme; así que me puse el sombrero y salí rumbo a la playa. Pensé en llevarla conmigo, pero sabía que no iba a resistirse a la tentación de entrar en el agua y dejarme aquí solo. Y no quería volver a estar solo, ya no. De forma que empecé a buscar conchitas, estrellas, corales y todas esas cosas que la ponen feliz. También le llevé algo de arena, pues creí que le gustaría volver a sentirla entre sus dedos finos. Regresé a esa hora en que el sol se funde en el mar, como si después de todo el día por fin pudieran estar juntos. Me gusta pensar que es así, porque me recuerda a ella y a mí. No podía esperar el momento de entrar en la cabaña y ver esa sonrisita dibujada en su rostro. Pero no. Cuando entré y le mostré todo lo que tenía para ella, comenzó a respirar desesperadamente, y aunque pasara mis manos entre sus cabellos y besara su cuello con dulzura, no lograba tranquilizarla. «Mira todo lo que te traje, un pedacito de mar, me dijiste que lo extrañabas, aquí lo tienes, querida», le dije una y otra vez, pero no dejó de temblar, así que la dejé un rato a solas.

Han pasado varios días de eso, y no ha vuelto a sonreír. A veces pienso que en realidad nunca ha sonreído, y soy yo quien ha soñado con su sonrisa. Pero sé que no es así, sé que ella es feliz, porque nos amamos, y no puede haber motivo de felicidad más grande que un amor correspondido. Trato de mantenerme ocupado, de quedarme pescando hasta que caiga la tarde, pero no puedo dejar de pensar en ella, me preocupa. Cada día está más quieta, cada día su voz pierde más esa nota mágica que tienen las olas, también el lucero que alumbraba sus ojos se ha ido. Creo que sé qué es lo que debo hacer, pero no quiero hacerlo porque significaría perderla, y si la pierdo a ella, terminaré por perderme a mí mismo.

Pero hoy, al fin separó esos labios que parecían sellados por el salitre, y me dijo con gran esfuerzo, ya no que extrañaba el mar, sino que lo necesitaba con urgencia, y volvió a hacerlo con tanto empeño que me hizo sentir un nudo, ahí, en el corazón, y estuve a punto de cortar de un tajo los lazos que ya le quemaban las muñecas, pero no pude, su rostro frente al mío, el tenerla tan cerca y tan lejos me hizo ahogarme en mi propia rabia, no pude hacerlo, arrojé el cuchillo al suelo y salí de prisa hacia la playa. Tenía que encontrar conchitas aún más bellas, pero no, no sería suficiente; tenía que encontrar una perla o un tesorito enterrado en la arena, algo, lo que fuera que la mantuviera más tiempo conmigo; pero no quedaba nada ya, la playa estaba arrasada. Mis piernas cedieron ante la cólera que se
adueñaba de mí y me dejé caer sobre la arena. Miré hacia el cielo y vi la tímida silueta de la luna que ya se asomaba. Una lágrima rodó por mi rostro, era sólo una sólo una gota de todo el mar turbulento que sentía en el pecho, pero fue suficiente. Me puse de pie, con una profunda resignación, y volví sin nada.

Al anochecer, entré en la cabaña, y se había ido. Por fin se había ido. Sobre la cama estaba el cuchillo, y una escama, una escama de su cola que aún tenía ese hermoso tornasol que me fascinaba tanto. Me senté. Quería morirme, pero no pude llorar. Ni una lágrima. Me puse a recordar el día en que la conocí. El día nublado en que salí a pescar y la vi entre las rocas, con la cola lastimada. No podía moverse, sólo se le escuchaba gimotear. Me acerqué  con tanta delicadeza como pude, casi caminando sobre el agua. Le di la mano y ella intentó retirarla, pero logré que se calmara dándole un beso en la frente. Me enamoré de ella en cuanto vi sus ojos grandes y negros. La tomé con cuidado y la cargué en el hombro hasta la cabaña. Me encantaba verla mientras dormía, tan sólo eso, verla haciendo un acto tan humano como el dormir me hipnotizaba. Pronto logré amarla como no había amado a nadie. Me recosté a su lado un momento, y supe que tenía que estar junto a ella para siempre. Pero su condición de sirena la obligaría a marcharse tarde o temprano. Debía hacer algo ante su inminente partida. Y por eso fue que tuve que amarrarla. Por eso tuve que llevar el mar a ella en vez de llevarla al mar, por eso tuve que hacerla sufrir tanto, pero todo fue por nuestro amor. Todo fue por ella, por salvar el fuego que ardía entre los dos, pero que poco a poco se extinguía. Y se ha ido. Sin más, se ha ido. He sido arrojado de vuelta a esa soledad sin fondo ni contorno en la que me estaba pudriendo antes de que llegara ella. Sin embargo, a pesar de la tormenta que se desataba en mis pensamientos, no podía llorar, sólo sentir la amargura en la boca, y de ahí se resbalaba al alma.

Desde que se fue he salido a la playa cada día, con la esperanza, casi infantil, de verla una vez más, aunque no esté ahí, varada en las rocas; pero sé bien que tan sólo un engaño de mi mente, un espejismo cruel, pero certero, sería suficiente para saciar mis anhelos, mi necesidad de tenerla una vez más entre mis brazos, y no soltarla nunca. Aún no ha llegado el día, pero sé que llegará.

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