Narrativa

Dos cuentos de Rafael Ángel Aguirre

Rafael Ángel Aguirre Flores, es escritor y estudiante de sociología, además es un aficionado al género del terror en la literatura y al anime. Ha participado como fotógrafo y entrevistador en el libro Voces de la Necrópolis del autor guerrerense Francisco Escudero (q.e.p.d.), además fue nombrado Investigador Asociado y miembro de la Sociedad Académica de Historiadores. Su obra literaria ha sido publicada en diferentes revistas electrónicas e impresas como KaleidoÁspera FanzineNudo GordianoTintaSangreRevista Literaria MonolitoRevista Gualicho (publicación argentina dedicada al horror), Patíbulo Fanzine, Letras y Demonios, además de participar en el concurso de minificciones organizado por el colectivo Fóbica Fest Los Mundos que se Agotan y en la antología Homenaje a H.P. Lovecraft publicada por la Sociedad Artística La Sangre de las Musas. En septiembre de 2019 la editorial Dipsomanía publicó su plaquette Sunday Spleen. Sin más, aquí te compartimos dos cuentos de su autoría.

Camazotz

El viejo profesor Wilder entró por delante y se quitó sus guantes de piel favoritos para recorrer con sus manos arrugadas los objetos hallados: una daga con hoja de obsidiana y una grotesca máscara de hueso con motivos rituales junto a una hilera de cráneos dispuestos a modo de ofrenda. La cámara estaba húmeda y el ambiente enrarecido, todo apestaba a guano y encierro.

—Aquí hace falta algo más, un cuerpo —dijo después de examinar a detalle cada uno de los aditamentos.

—¿A qué se refiere?, ¿no son estos artefactos parte de la investigación de mi padre? —respondió Emilio a la vez que recibía en sus manos el cuchillo ceremonial, el hedor comenzaba a revolver su estómago a pesar de tener cubierto el rostro.

—En efecto, pero tu padre mencionó en su reporte un asentamiento fúnebre en toda regla, aquí debe haber un cadáver y los ornamentos pertinentes a su rango, si bien la daga y la careta eran de su propiedad aquí hace falta la túnica ceremonial, al igual que su tocado. Y si te preguntas por los cráneos, estos eran ofrecidos al murciélago, Señor de la Vida y de la Muerte con la esperanza de recibir indulto en la próxima vida, pero hay algo extraño con ellos pues son demasiado recientes, al parecer alguien más estuvo aquí después de tu papá y… —aún no terminaba la explicación cuando un chasquido brotó de la piedra y el grupo vio un borrón color gris golpear el rostro del anciano quien retrocedió con pasos de pingüino mientras una bruma rojiza ensuciaba el aire; le habían arrancado la garganta.

Toda la comitiva estaba en un grito, Emilio no tuvo otra opción más que desenfundar el arma que siempre traía consigo. Lo que había dado muerte al arqueólogo ya cobraba presas entre ellos y el asistente tenía tanto miedo a morir que disparaba a ciegas, esto costó la vida de algunos de sus compañeros de expedición.

Terminó por vaciar toda la carga mientras que Juan, uno de los guías, murmuraba tras de él una plegaria. Lo último que vio del orientador, fueron sus piernas patalear de manera frenética mientras una silueta humanoide lo devoraba entre horribles alaridos al fondo del recinto.

En ese momento el tirador decidió correr hacia la salida, pero en el camino aquella cosa ya lo esperaba. Su rostro era una masa carnosa y palpitante rematada por una nariguera similar a la de un cerdo. Un par de orejas puntiagudas asomaban de aquella horrible cabeza cubierta por un maltrecho ornamento de plumas de papagayo, sobre sus hombros contrahechos reposaba una túnica roja con ribetes dorados. No había duda alguna, era el personaje al que el viejo se había referido en sus observaciones.

La abominación desplegó a gran velocidad sus ásperas alas de cuero para después arrancar del suelo a Emilio, pese al aturdimiento, logró extraer de entre su chaqueta el cuchillo entregado por el profesor y logró herirla en un ojo. El cálido globo reventó al contacto con el arma salpicando su cara con un chorro espeso y pestilente, la cosa chilló, mientras tanto ambos chocaban contra los húmedos muros de la cripta, hasta que finalmente dieron de lleno contra el suelo.

Luego de unos minutos el dolor hizo que Emilio abriera sus ojos de golpe, su cuerpo se contorsionaba en grotescas arcadas. Como pudo logró apilar y empapar de gasolina los restos de la caravana sobre el cuerpo descomunal del sacerdote quien ya estaba por incorporarse de entre la hoguera improvisada.

Comprendió que en su estado no llegaría hasta la salida y tampoco podía permitirse que aquel horror escapara sin pagar por la muerte del profesor Wilder y sus compañeros, no le quedaba otra alternativa, su pulgar tembloroso accionó el mechero al tercer intento y los gases producidos por el estiércol hicieron el resto, ambos fueron barridos por la onda de choque generada por la chispa inicial cuyo estruendo se perdería en las profundidades de la jungla dormida.

Un juego de los dioses

El mercenario al que todos llamaban Kala cabalgó con furia a través de la ciudad calcinada hasta dar alcance a Takshaka, el sexto rey dragón. Su cabello era rojo como las últimas brasas de la hoguera y su piel tan negra como la brea más espesa, tanto, que parecía atrapar los rayos del sol, el hombre era temido y despreciado por sus compañeros de cuadrilla y por los habitantes del reino de Artha tanto por lo extraño de sus rasgos como por lo incierto de su origen pues aquel que había nacido sin el cobijo de una casta era considerado portador de presagios terribles.

El jinete disparó en repetidas ocasiones contra el reptil semidivino pero sus flechas cargadas con mantras de muerte no penetraban las escamas de diamante, sobre ellos, Ashtavakra el Joven volaba a lomos de un cisne mágico tratando de convocar asistencia celestial pues los encantamientos anteriores no surtieron efecto en la bestia.

—¡Vamos niño!, ¿qué estás esperando?, ¿se te acabaron ya los milagros?, somos los últimos y tú perdiendo el tiempo de manera miserable.

—Esto toma su tiempo, mercenario, ten en cuenta cómo te diriges a mí, un ser de orden tan inferior como el tuyo nunca podrá comprender lo que implica trabajar con las fuerzas que sostienen al universo, tú que eres menos que un perro, jamás podrás entenderlo —respondió malhumorado el sabio.

—Cómo gustes hijo de puta —farfulló Kala mientras trataba de rodear al dragón.

Takshaka agitó sus alas con violencia y el viento provocado arrancó del suelo al combatiente y sacó de balance a Ashtavakra quien terminó estrellándose contra los escombros. Kala maldijo y escupió sangre mientras trataba de incorporarse para continuar, dio por muerto al mago y tomó una espada de entre la silla de su montura destrozada. El monstruo vomitó una ráfaga blanquecina cuya fuerza derretía todo alrededor, el de piel oscura rodó esquivando en múltiples ocasiones con atléticos movimientos, pero pronto perdería el aliento y la esperanza porque no había manera de acercarse a la creatura.

—¿Es todo lo que tienes mercenario?, creí que podía esperarse mucho más de Kala, el destructor, el usurpador, el carnicero de los reinos de Artha —dijo una voz directo en la cabeza del contendiente sorprendido—. No, no te molestes ni te preocupes por mí, no te repudio del todo y por eso guardé mi último mantra para ti, así que ve y termina con ese hijo de perra, ¡hazlo ya! —; la voz del joven se diluyó hasta convertirse en un murmullo acelerado, en el cielo se dibujó un círculo luminoso y tras de Kala apareció una mujer de piel roja y rasgos similares a los del guerrero, ella tendió en sus brazos un arco de metal refulgente.

—Ojo izquierdo, tomarán cuerpo en la próxima Edad Oscura, pero ese ya no será tu problema, tal es el destino que comparten ustedes con todos los vástagos de Kadru, madre de las serpientes divinas —susurró la aparición.

Sin dudarlo, el guerrero disparó y la flecha silbó dando de lleno en el blanco, el reptil aulló y su dolor ardiente hizo eco entre las ruinas de la ciudad arrasada mientras su cuerpo descomunal se desplomaba sobre las pocas viviendas que aún permanecían en pie.

El ganador aulló para celebrar la victoria y luego se desvaneció, al despertar ya no había urbe ni rastro de Ashtavakra ni el cadáver de la bestia, estaba en una habitación blanca, tanto que escaldaba su vista, en el centro había un hombre delgado con la cabeza a rape y vestía un traje color azafrán, se levantó de su silla y comenzó a aplaudir de manera pausada, Kala pensó que había algo perversamente familiar en él.

—Bien hecho, mercenario, has tardado mucho pero no estuvo tan mal ¿verdad?, ¿recuerdas a Takshaka?, pues ha vuelto y trae con él a sus primos, tal como te dijo la dama hace millones de años, nuestro destino está compartido con los de su casta y con el de muchos otros seres en el universo, lo siento, yo siempre lo supe y no quise decirte porque no aceptarías el trabajo, te conozco demasiado bien y tú a mí sólo que no me recuerdas del todo, mis sinceras disculpas. si es que puedes considerar esto como una pequeña broma, yo sé que sí podrás, al fin y al cabo, no es la primera vez que esto sucede porque los dioses, en verdad aman las bromas.

—Mierda, aquí vamos de nuevo —refunfuñó Kala al tiempo que un rugido ya conocido por ambos hacía retumbar las paredes de la habitación.

 

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