Poesía

Dos poemas de Ángela Escobar

Ángela Escobar (Clarimonda) entre una de sus tantas reencarnaciones recuerda haber nacido un 31 de octubre de 1280, entre la espesura de las nieblas en Tegucigalpa o del lugar que ella quiera. En sus delirios clínicos asegura haber estudiado actuación en la Escuela Nacional de Teatro en su país natal, lugar del cual fue exiliada. En México, estudió en la Centro de Arte Dramático (CADAC) y posteriormente el diplomado en Creación literaria en la Sociedad General de Escritores Mexicanos (SOGEM) Es actriz, poeta, dramaturga, cuentista y actualmente maestra de literatura. Presentó tres obras de teatro en Micro teatro México. Es parte de más de seis antologías con la editorial “La Sangre de las Musas” Ha publicado poesía y cuento tanto en papel como electrónico. Su literatura es producto del vómito de los manicomios que habitan en su cabeza.

Sus textos han sido traducidos al francés, árabe, italiano, griego e inglés. Publicó su primer libro de poesía en el 2019 titulado: “Debajo de mis venas silenciosas” bajo el sello editorial (Ediciones Periféricas) que, de palabras de Javier Moro, es un texto que representa: la búsqueda dentro de la oscuridad, desdoblarse en las sombras, perderse entre las líneas delgadas de la palabra. Trasladar los espacios, reconstruir el tiempo que galopa por los sueños, que descubre los miedos, que desnuda el sufrimiento de la pasión.

En el 2019 fue ganadora de la convocatoria “Historias de té” por la compañía nacional de teatro en México. Durante la pandemia fue ganadora del premio “Escenas a distancia” por parte de la UNAM y la catedra Ingmar Bergman como mejor obra infantil por parte del público.

En el 2020 dos obras sobre la cuarentena fueron elegidas por la Editorial Iaspis, en Atenas. La revista de divulgación científica de la UNAM de estudios superiores Cuatitlán le otorgó un reconocimiento por su cuento: Pesadillas. Actualmente presenta obras por zoom de su autoría y como actriz.

“Piensa que la literatura y el teatro es una forma de entenderse, reconstruir el mundo y desenredar las voces que le persiguen, tejidas en palabras”


Ella que en la nada

                                               A Alejandra Pizarnik

Entre ella y yo hay una delgada fisura,
camaradería amarga,
entre el juego del recuerdo y la memoria.
Ella con el cigarrillo de sol puesto entre sus labios,
sosteniendo nubes.

Ella que en la nada,
el viento muere en su herida
y, la noche mendiga su sangre.

Yo costuro las líneas del tiempo,
en nocturno despertares.

Señor.
He consumado mi vida en un instante,
La última inocencia estalló,
ahora es nunca o jamás,
o simplemente fue.
¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar,
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?
¿Cómo no me extraigo las venas,
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche? 

Ella tiene miedo a la muerte,
sabe del terror en su sangre cuando se esconden ratas hambrientas.
Yo también siento pánico,
al eco de mis muertes ausentes, que escribió.

Ella inocente a la noche que se va,
pide su mano;
Yo tejiendo versos,
en esas tinieblas convertidas en reflejos.

Ella es una niña que juega en la plaza,
igual que el recuerdo de yo en ese atardecer bailando,
con la cuerda de la sonrisa perfecta.

Ella ahogada en pastillas y poesía,
esas mismas marcas de arena,
del miedo con sombrero negro
la vida misma es un hoyo cadavérico.

Ella, estallará en la isla de un recuerdo,
en la prisión de huesos de mi memoria,
ausencia sin mañana.

En el vidrio que dibujo su espíritu;
nosotras en una noche que no es noche,
es sol.
Es sangre que llama a las palabras,
vestidas de féretro,
infiernos y vientos.

Es la transparencia de la coincidencia,
de muertes rojas,
llamaradas que queman a la luna.

Ella escribe mística triste,
y su sombra es un sonido roto,
frente a mi espejo pálido.

Ella amordaza palabras,
en el papel arrugado,
lenguaje nacido de vino, papel y cigarrillo.

Ella, luz mala,
se mimetiza en la noche abierta.

Yo le respondo cuando el baile muere,
donde la noche se rompe,
en el ululante silencio de la tinta,
de una página insatisfecha,
en esa noche de otoño roto,
de suspiros y respiro de las ánimas.


Lorelei

Más allá del orden mundano,
Vuestras voces levantan un cerco. Moráis
en los agudos escollos de la pesadilla“.
Sylvia Plath

Lorelei me dice: reposa en la luna azul,
espejos míos de palabras,
mientras el telón cae en la bruma tempestuosa.

Días agitados de tinta. Derramada,
y la sombra del vino.

Lorelei perturbada en los brillos del alba,
en su alcoba de mar enredada en sueños.

Sus huellas se duplican. En la ternura agresiva,
de 166 páginas.

En la metamorfosis de paredes construidos de sal y arena.

Lorelei, alimento callado para el deseo de mi encaje construido de espuma.

Yo soy estrella para Lorelei y su sabor a
verano eterno.

Sus manos invisibles,
en mi cuerpo de neblina.

Lorelei, rebelde desconoce la eternidad.

Ella bebe sorbos de su dios condenado,
su vida es interpretación de armonías trastocadas,
que la inducen hacia su ruina.

Ella y yo chicas de marcas en la espalda,
hermanas en la coincidencia de una canción,
grabada. Grabada. Grabada.
Una y otra vez.
Repetición. Repetición.

Lorelei sustento de una pesadilla.
Detrás de un ventanal.

Ella es viento de nubes,
en el muelle de una noche,
de deseo infantil.

Yo finjo ser su hermana,
perdida de sangre,
del vientre helado de mi madre.
Ella nace de mi embriaguez.
Reflejos.
Nos convertimos en flores y diosas,
con máscaras que esconden nuestros deseos.

Lorelei y yo hundidas en la locura,
en el sonido del barco en altamar.

Quisiera pintar tu nombre, Lorelei
Y besar tus delirios a la orilla del mar,

Tus labios plateados,
esculpidos en mármol,
y tararear la melodía,
que sólo escuchan las sirenas al amanecer.

Lorelei, vestida de nubes,
nos suspendemos en armonías ácidas,
corrientes de plata y amoníaco.

Lorelei y yo coincidimos en las espinas de las rosas.
Y los colores donde hurta la libertad.

Ella y yo desnudas en perversos mundos.

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