Narrativa

El día que Ana viajó a un hoyo negro (por Aérea Indira)

Le gustaba moverse de un lado a otro, dar vueltas en un sólo sitio, podía pasar horas girando en su mismo eje, como un pequeño mundo rotando a velocidad inesperada, como una diminuta esfera, como un frágil diente de león llevado por el viento, le gustaba dar vueltas, girar como pirinola en este juego llamado vida, levantar por las mañanas para caminar de un lado a otro, correr por momentos y parar inesperadamente en alguna pared de su casa, colocar la frente sobre algún muro helado y permanecer estática por minutos.

Ana levantaba muy temprano, cuando las olas del cielo eran aquella cortinilla grisácea y azulada intentando dejar pasar los rayos de sol, cuando aún no desenrolla la mañana en su totalidad y los sonidos de la ciudad van cobrando sentido; abría los ojos para sentir de nuevo el cansancio y paso de los años, su mirada era tenue, transparente, de esas miradas llenas de historias no contadas, sitios, secretos, dos abismos pequeños y negros; Ana era pequeña de estatura, frágil y delgada, difícilmente miraba a alguien de frente, evadía a toda costa ser atrapada por cualquier mirada que le provocara contacto directo, no permitía que le tocasen, la fragilidad que le caracterizaba estaba sumida en su esqueleto, huesos casi cristalinos, a metros de distancia se podían observar sus costillas, los pequeños pies descalzos correlones; Ana era callada, silenciosa, de no ser porque de repente sus pasos apresuraban al despertar, nadie sabría que lo había hecho, disfrutaba de la soledad, buscar rincones, minúsculos espacios donde quedarse por horas en mutismo, muchas veces al observarla pensaba en su gusto por la exploración, en la enorme curiosidad que le caracterizaba, quizá había un poco de ella en mí, Ana representaba aquella parte que no podía yo expresar, quizá su pasado, quizá el rodar tanto tiempo sobre las aceras, el destino sin destino, la perdida de todo, incluso la razón, quizá Ana era aquel pedacito que yo perdí hace años en alguna banqueta donde me arrancaron el corazón y la vida lo devolvió años después, en un cúmulo de fragmentos imposibles de unir, mutilado de por vida, fragmentado en esquirlas que explotan al ritmo de una historia imposible de borrar.

Recuerdo aquel día que le vi por primera vez: estaba perdida, daba vueltas de un lado a otro sobre la calle, salí aquella tarde por café y tabaco «combinación fatal que me desgarra», la vi al entrar por mi bebida, me miró y conectamos como un pequeño cable de luz trasparente, invisible y chiquito estrujamiento dentro del corazón, entré pensando en ella, en su aspecto sucio, deteriorado, maloliente, quizá llevaba días sin probar alimento, al grado del olvido, había tocado el fondo del vacío, soledad y desolación, o quizá fue la historia que yo me dije a misma, quizá detecté un espejo en su enorme mirada de mar, tal vez miré mi propio sentir, salí de aquel lugar con el café y la cajetilla de tabaco, ella me siguió inmediatamente, supe que no había casualidades, que las causalidades son la certeza de nuestros actos, intenté hablarle varias veces, no respondió, inmediato asegure que era muda, traté tocarla, a la primera no aceptó y sin más dio dos pasos atrás intentando lanzarme una agresión que terminó por desconcertarme, pero poco a poco logré acercarme hasta tenerle entre mis brazos, una rara sensación invadió mi pecho, había encontrado un pedazo de mí, aquel fragmento perdido en un barrio sucio, aquella pieza mutilada de mis adentros; Ana no era un ser, «era un espejo» sostuve, una de las tantas piezas del puzzle que forman mi desconfigurada persona, una rendija intentando dar paso a la luz, un pretexto para sostener y anclar las botas al piso, una pequeña esperanza intentando incrustarse en mí; caminamos juntas hacia mi casa, le invité a pasar, un sorbo de café y tabaco, ella no fumaba, tampoco le gustaba el café, no me lo dijo pero lo intuí, llegué a pensar que le habían cortado la lengua, imaginé una serie de desgracias terribles en torno a su vida, la instalé en mi cuarto, después de un buen baño y sopa caliente, pasó unos días en casa de una amiga en lo que se adaptaba después de una operación a la que fue sometida a causa de veinte tumores en el vientre, mi amiga vivía cerca del médico que le operó, así que su ayuda fue invaluable en el proceso de sanación de Ana; seguía sin hablar, regresó a casa y se instaló cerca de mi cuarto, al paso de los días y meses aumentaba su pasión por las caminatas largas y circulares, al tiempo que íbamos formando un fuerte vínculo ambas en nuestro sentir, cada día encontraba mas similitud en las acciones de Ana y mis pensamientos, en la soledad que ella exigía continuamente, seguía buscando rincones, confieso que la observaba durante horas por la ventana que daba al sitio donde hacia sus caminatas, de vez en cuando encontraba rincones donde permanecía con la cabeza introducida en esa oscuridad por horas, instalada en sus abismos personales, creando realidades alternas para fugarse de la realidad a la que estamos sometidos todos; lo sabía, existían espacios donde olvidar absolutamente todo, la misma vida, las palabras, los recuerdos, la existencia, incluso el ser ella misma.

Ana sabía que la observaba pero decidía ignorarme y evitar cualquier distracción que irrumpiera su búsqueda de exploración, parecía una pequeña inspectora de lugares jamás pisados, por momentos una dulce juglar girando como canica en el piso, detestaba ser tocada por cualquiera que le intentara incluso rozar, sólo me lo permitía a mí, sería que los años le habían dado la habilidad de detectar a tiempo con algunos segundos antes de cualquier contacto, como una filosa aguja a punto de reventar un globo, como la gota de agua antes de estampar en piso, como el estremecimiento que causa segundos antes el choque de la tiza sobre el pizarrón; contaba con ello, la habilidad de detectar a tiempo los acercamientos de cualquiera, sólo mis manos eran las que le levantaban del piso al que seguidamente caía a causa de la edad, nunca supe con precisión los años que cargaba su cuerpo pero deduje más de setenta, no niego que me divertía de vez en cuando su actitud de exploradora, sus enojos constantes sin razón, era de los únicos seres que lograban sacarme carcajadas honestas.

Recuerdo aquel día que regrese del trabajo muy agotada e incluso fastidiada a causa de los gritos propinados de tanto pequeño infante en la escuela donde laboraba, eran de esas tardes llenas de terrible hastío, donde uno desea agotar el tiempo de un soplido, inundar la caótica ciudad con agua para cesar las voces y barullo que emergen de ésta, soltar derechazos a los transeúntes en las calles, taladrar los oídos o cortar lenguas, gritar sin sentido en los vagones del metro, desgarrar la cabellera a jalones, de esas tardes que agradece uno hayan concluido; al entrar en mi vivienda la encontré ahí en el cuarto, donde había causado tal desastre imposible de limpiar, rompió distintos objetos, estaba desesperada, corría más que de costumbre, de un lado a otro, había convulsionado el espacio en una letrina gigantesca, piso, paredes y rincones embarrados de todo lo que se podía embadurnar, incluyendo sus propios fluidos y excremento, solté un enorme grito que terminó por sacar toda la furia que traía acumulada de un día terrible, pero fue una de las pocas veces que me miró de frente espantada, temerosa, queriendo encoger en ella misma, hundirse en su propia mirada, comprendí de inmediato que el monstro incontrolable que traía en el pecho había salido para instalarse en mí y remplazarme por un Mr. Hyde, entendí que la vida nos pone pruebas a través de los seres que amamos, sentí vergüenza de mí misma y con ella, inmediato me disculpé, pues una vez más Ana fue mi salvadora, sus ojos el reflejo del linde con la locura, su mirada fue una alerta de parar a tiempo antes de convertir en un desatino mental, al final terminé limpiando con una sonrisa y dándole un gran baño con abrazos y besos al por mayor, agradeciendo por la lección.

Esa mañana Ana levantó muy temprano como de costumbre y de manera sigilosa buscaba con afán más rincones, fue la primera vez que descubrí que no era muda, que había negado a expresarse, que había negado cualquier sonido gutural al mundo, un calor infernal nos apresaba, los giros convertían en espiral, a veces en zigzag, otras formando un signo de infinito, fue cuando le escuché por primera vez quejarse con un grito enorme soltado de sus liliputienses pulmones, entendí que antes no tenía nada que decir, que no había nada que expresar, cerca de un año sin soltar ningún sonido, sin siquiera algún quejido, nada, sólo silencio, que bien es otra manera de comunicarse, a través de ese lenguaje carente de sonidos, al paso de los días la escuchaba gritar con más fuerza y seguidas veces de una manera firme y recia, sólo al verme tranquilizaba, disfrutaba enormemente recargar su cabeza en mi pecho o sobre mis piernas mientras la cepillaba, le cantaba su canción favorita que la hacía dormir… «muñequita linda de cabellos de oro, de dientes de perla labios de rubí, dime si me quieres como yo te quiero, si de mi te acuerdas como yo de ti».

Poco a poco fue afinando su búsqueda en los espacios pequeños y oscuros, en los recovecos de la casa y las entrañas de las paredes, podía pasar largo tiempo en la esquina de una puerta, debajo de una silla, adentro de un closet, después de analizar exhaustivamente y leer las actitudes que ella tomaba, reflexioné y llegué a la conclusión que Ana era una paseante, una astronauta de otro mundo atrapada en ese frágil cuerpo, Ana era una viajera del tiempo y de no ser así, podía ser una excavadora de dimensiones, pero clara estaba que ella tenía una misión dentro de mi hogar, en las blancas paredes, detrás de los sillones rojos, una misión debajo de la cama, en la regadera del baño, debajo de las sillas, adentro del espejo, una misión extraña que no puede dimensionar el ojo humano, a ella le gustaba mirarme pintar, no quitar ojo al ritual que realizaba desde sacar el caballete, colocar los pinceles, preparar el lienzo, terminaba por dormirse observándome, quizá también le daba tranquilidad la pintura como a mí, tal vez le arrullaba el sonido de la pintura cubriendo el lienzo, quizá los trazos al ir efectuando figuras al choque del grafito bosquejando, o simplemente mirar el movimiento de las manos girando como ella misma lo hacía; así era ella, extraña, insistente, obstinada, necia pero con un corazoncillo que latía acompasado y sincronizado al ritmo del mío, algunas veces cuando dormía pasaba mirándole por largo tiempo, observado su cara, su cuerpo, su tamaño, observaba las expresiones que realizaba al entrar en ese estado onírico lleno de movimientos de alguna extremidad, inesperados, convulsivos y repetitivos;  pasaba horas intentando entender la manera extraña del comportamiento de algunos seres, entre ellos: Ana. Siempre me he enfocado en desmenuzar de poco a poco las actitudes de los otros, la excesiva observación y reflexión de los pequeñas y diminutas referencias me atrapan, ir juntado partículas de comportamientos, palabras, sonidos, movimientos, actitudes, quizá por ello la kinésica llama mi atención por las micro expresiones, todo un mundo diminuto que va formando un tetris, un puzle, un cuerpo de partículas que dan por resultado la mínima luz de respuesta a lo observado, la mayoría de las personas no dan importancia a ello, en cambio, yo confió en las fisuras del lenguaje, en las cicatrices de la piel, en las sonrisas, en los gestos, en las miradas, en todo aquello, en la forma que va envejeciendo un rostro, en las minúsculas expresiones faciales que nos cuentan una historia, de carácter, personalidad y emociones, no suelo contarle a la gente esto, pues cuando lo hago me gano la frase de siempre: “piensas cosas innecesarias”, “no inviertas tiempo en ello”, “quedarás loca de tanto pensar”; pero yo observo, y sigo observando el lenguaje del silencio, esas fracturas que tenemos los seres vivos y las esconden con ropa, con diálogos, con imagen, pero ahí están, fracturas que yo he empeñado en mirar, para conocerles, para descubrir lo que hay detrás de la cortinilla de piel y huesos, la mayoría de veces reflexiono después de lo observado y llevo al laboratorio de verificación y comprobación, la mayoría de veces me equivoco, pues el resultado es lamentablemente peor de lo que deduje, eso no es ningún poder mágico, ni ninguna fuerza sobrenatural, es simplemente el método de la observación, será que desde niña observaba absolutamente todo, incluyendo con obviedad los detalles, de niña miraba el movimiento que efectuaban los cables de luz con el aire, las llaves del agua que goteaban, las pestañas de la gente, las manos, el pasto, los bichos, las nubes del cielo, los dientes de las personas, pero la imprudencia de la edad me hacía comentar algunas cosas inapropiadas, con los años aprendí a callar, me di cuenta que decir lo que pienso me genera una serie de problemas, una catarata de enojos por parte de los otros, aprendí a callar cuando algo me molesta, aprendí a llorar en silencio cuando algo me lastima, a guardar secretos, a sonreír en vez de llorar, a ocultar mi verdadero sentir, la observación es la culpable que esté aferrada a descubrir en la velocidad la coincidencia con los otros, descubrí que la responsable de nuestros actos es la velocidad con la que sincronizamos con el mundo, descubrí que hay seres que ocultan cosas como Ana, descubrí su secreto, el más grande secreto que jamás hubiese imaginado: ella era una buscadora de dimensiones, una inspectora de hoyos negros, una pasajera de mundos, de ahí su insistencia en el buscar los sitios más oscuros y pequeños.

Ese día levanté los huesos de la cama con rigidez, las ideas pesaban más que de costumbre, el cuerpo sometido a reacciones autómatas, en el corazón podía sentir una lámpara chiquita a punto de apagar, necesitaba motivos para seguir, para bajar el pie de la cama, para pronunciar la primer palabra del día, para hablar, tomar café, lavar mis dientes, despertar al mundo, necesitaba repetir un tarareo de alguna canción que me gustara para decirme a mí misma que la vida seguía, que tenía que insistir, pero nada era lo suficiente para avanzar, caminé hacia el baño y sentí el helado piso con los pies, bajé la mirada, las mismas uñas pintadas color sangre,  me miré una vez más al espejo, sí, observé otra vez, era yo, comprobé, desperté siendo la misma, el mismo cuerpo, las mismas manos, la misma boca y lunar, todo en su sitio, nada había cambiado en mi mapa corpóreo, entonces asaltaba el cuestionamiento: ¿Por qué me siento tan distinta a diario, porque agotan los motivos, los pretextos, por que otra vez yo?.

Metí con desgano el cepillo dental a mi boca para saborear la misma pasta que uso por años, lavé mi rostro y traté de enjugar al corazón, comprender que la desolación es un terrible pozo sin fondo donde uno va cayendo y no hay final, fue cuando la oí, desesperada, aterrada de ser ella misma como yo, de gritarnos en silencio ayuda, de querer desagarrarnos la piel para ver si algo cambiaba, ahí estaba girando como ruleta rusa para dar un disparo de gritos, girando como aquella rueda de la fortuna que tanto me gustaba en las ferias locales del barrio, la miré, giraba, inevitablemente la memoria integrada que llevamos en el disco duro de nuestra cabeza cito… veras que todo es mentira, veras que nada es amor, que al mundo nada le importa yira, yira…

Traté de serenarla, le hablé de frente y salimos al patio, yo con café, ella con agua, ese día no paraba de caminar, por la tarde quiso estar en la sala, comimos y una vez más su caminata por la casa, no le gustaba salir a la calle, siempre lo evitaba, quizá estaba abatida de tanto rodar, de tanto ir y venir por ahí durante años; Ana me ignoró y escondió una vez más detrás del lienzo gigante que estaba a punto de pintar, permaneció ahí cerca de media hora, volvió a su caminata y por momentos me volteaba a ver comprobando que no la mirara, y así fue, me perdí en los acrílicos que usaba, extravié en la hipnótica experiencia de dar color al mundo, de ser útil en la inutilidad que nos obliga la misma vida, jugándonos trampas, haciéndonos ver como marionetas sin elecciones, obligados a encajar en las decisiones de otros, obligados a adaptarnos para sobrevivir en la demencia que es vivir, obligados a aceptar las condiciones para convivir, obligados a la monomanía de ser, obligados a responder al mundo con la vida, a crear manuales de supervivencia para engañarnos que vale la pena continuar, con respiros, con pasos y pretextos que apagan al final del día cuando todo está oscuro y en calma, cuando la mente para y ya no hace trampas distractoras, cuando no hay escapatoria a las paredes acolchonadas de la sala mental en la cabeza; exactamente esa utilidad en la inutilidad, la mente volvió para recordarme que aún estaba instalada en este fragmento de tierra llamado mundo, para decirme:

—Sí, aquí y ahora otra vez tú, vuelves a ser tú.

Fue entonces cuando recordé a Ana, pero no la vi, acción que hizo levantar el esqueleto forrado de la yo que tanto niego,  de aquella silla azul donde solía pintar, le hablé varias veces buscándole de habitación en habitación pero sin éxito alguno, busque en la cocina, patio y baño, el desespero comenzó a trepar por mis pantorrillas, esa sensación de pesadez en los pies, como si cargasen dos tabiques enormes atados al calzado, sensación de sentirte caminando en lodo, barro o brea, el hormigueo en toda la piel junto con el corazón latiendo más apresurado, la voz tornándose en vibrante sonido que levantaba su modulación a cada llamado, el rostro casi paralizado, y la cabeza al punto del desmayo, ¡pánico!, se llama pánico aquella sensación terrible de escapar, de salir corriendo disparada de uno mismo, Ana no estaba, había desaparecido, las puertas estaban cerradas, nadie las abrió, busqué en los lugares más extraños de mi casa, moví sillones, detrás de las puertas, abrí cajones, busqué debajo del escritorio, detrás de las persianas, en la alacena, en el refrigerador y el horno, mi desesperación iba tornando en desesperanza, peor aun, estaba a punto de reventar la bomba que contenía mi locura, ¡entonces paré!, hice alto total cerré los ojos y concluí que Ana no había salido de casa, al menos no por esa puerta y menos por las ventanas protegidas, paré y comencé a dar vueltas en mi propio eje, apresuré el paso y giré como Ana de un lado a otro, me moví en blanco con la mente apagada, reseteada de toda sensación, caminé y una imagen y deseo enorme de entrar en un abismo me invadió, claro, Ana era viajante recordé, caminé sin sentido un par de minutos, moví mi cuerpo sin dejar de caminar en círculos hacia el cuarto color azul, entonces vi como Ana de poco a poco salía de un pequeño agujero incrustado en la pared que da a la orilla de la cama tipo japonesa, ¡Ana estaba ahí saliendo, la vi y quedé perpleja ante tal situación!, lo sabía siempre lo supe, de algo me había servido mi necedad al observar los pequeños detalles: Ana era una viajera de hoyos negros; de inmediato cuando salió  totalmente  de aquel espacio, el enorme hoyo cerró como embudo sobre la pared al punto de casi desaparecer, un pequeñísimo hoyito quedó dentro de la forma del tirol planchado, ahí estaba otra respuesta de porqué Ana pegaba la frente, nariz y boca por horas a las paredes, para detectar los hoyos negros, para encontrar puertas a otras dimensiones, para olfatearlas, Ana dio la vuelta como si nada hubiese sucedido ignorándome y saliendo del cuarto, no se sorprendió para nada que yo me enterara, incluso lanzó dedicándome una mirada de obviedad, no me pude mover por casi una hora del mismo sitio, como si el cuerpo congelara y fuese a romper a cualquier movimiento, no pude dirigir siquiera palabra alguna, mi casa era una laguna de hoyos negros y ni siquiera lo sabía, entonces entendí, comprendí porque cada mañana sentía que había perdido algo más de mí, un pedazo de cariño, una esperanza, quizás los besos que nunca doy, las canciones que nunca me cantaron, los sueños y anhelos, perdía los fragmentos de aquel imperfecto corazón unido como un Frankenstein, corazón que alguna vez voló en  manos homicidas, comprendí que iban cayendo trozos de mí por aquellos hoyos negros y pequeños, eran absorbidos, hurtados, era tragada noche a noche en pedacitos sin que me enterase, sin que sintiera que resbalaban o desbarrancaban  cuando todo está en silencio y pueden camuflar con la espesa ola de la oscuridad; mi casa era nido de puertas dimensionales, de hendiduras minúsculas que llevaban a su antojo mi vida, substraían pequeños pedazos de mi vida a diario, Ana lo descubrió; repito, no hay casualidades, todo es causal; teníamos destinado estar juntas, traté de hablar esa madrugada con Ana pero ella no habló, no quiso decir absolutamente nada, no deseaba ser molestada, durmió profundamente, quizá el viaje le cansó, quizá la velocidad es distinta a donde viaja mi adorada amiga; ese fue el día que Ana viajó a un hoyo negro, a una dimensión distinta o por lo menos el único día que yo la vi, deseaba contar lo sucedido a alguien, a cualquiera no importaba, pero me abstuve de hacerlo, creerían que estaba loca, que imaginaba cosas, que pensaba demasiado y ahí las consecuencias, preferí  guardar el secreto, atesorarle en las profundidades de mi pensamiento, en el océano de la memoria, Ana nunca quiso tocar el tema, incluso molestaba si yo trataba de abordarlo con cualquier pretexto, preferí no mencionarlo nunca más, aun así nadie me creería, dirían que es locura, que estoy dando tumbos, que es por no dormir, pero yo estoy segura de que esos hoyos negros aún están ahí y se llevan mi sueño cada noche, lo roban por raciones chiquitas, como duendes miniatura invisibles, a pesar de que Ana ya no está.

Ana se marchó un 17 de junio, días antes se encontraba sumamente cansada, ya no quería apartar el cuerpo de la cama, sus frágiles huesos ahora eran de hierro pesado, me miraba caminar y sus lágrimas brotaban en silencio, pasé horas completas a su lado, cantándole, dándole de comer en la boca, besando su cabeza, hubo un momento que ya no se levantó, sus delgadas piernas dejaron de funcionar como dos matracas rotas, la tenía que mover de un lado a otro y dar masajes en la piel, si por alguna razón me separaba un poco, Ana la viajera de dimensiones lanzaba un grito enorme parecido a la palabra mamá, quizá era un chillido pretendiendo ser palabra, yo prefería pensar que me llamaba mamá, una noche antes de su partida lo platicamos, mirándome fijamente con sus negros ojos me dijo sin palabras, pero con la mirada llena de perlitas transparentes que había llegado el momento de partir, de irse a otra dimensión, de proseguir con el viaje, que la estabilidad la estaba matando, que comprendiera que ella era una paseante de realidades, de mundos, una expedicionaria de fantasías, que me amaba profundamente pero que la dejara partir, que amar es libertad y que ese cuerpo no la hacía sentir libre, esa noche no dormí, le platiqué tantas cosas de ella, de mí, sonreímos mucho al recordar sus travesuras, recordamos la vez que atoró en mi piercing y casi me arranca el labio, recordamos cuando la bañaba y cantábamos juntas tarareando viejas canciones de boleros, me pidió su suéter azul para llevarlo con ella en su partida, por instantes fue inevitable no quebrar la voz y caer en la ciénaga del llanto, no quería que se fuera, no quería privarme de su presencia, de su andar, de su compañía, pero el profundo amor que le profesaba comprendía que el final había llegado, que la despedida estaba a una horas, nuevamente un bolero… reloj no marques las horas porque voy a enloquecer ella se ira para siempre, cuando amanezca otra vez… Deseaba hondamente que no corrieran los llamados minutos, deseaba tener aquel reloj que vi en un capítulo de “Dimensión Desconocida” para parar el tiempo mientras la sostenía en mis brazos, el tic-tac enloquecía mi paciencia, «detente, por favor detente, yo y mi problema sempiterno con el tiempo, que paradoja, detener lo imparable», Ana por momentos dormía, una dificultad enorme la de sostener su propio cuello, le daba agua a gotitas en su boca asentando sonrisas seguido de un «todo va estar bien», que sensación tan hermosa la de un abrazo y la fusión de los cuerpos en uno, la incrustaba a mi pecho sin mucha fuerza para no lastimarla, sonreía o parecía que así era con la mirada, quizá fue la mentira que me dije para hacer más soportable su partida, misteriosas son las islas del corazón donde naufragan los sentimientos, salvajes las olas de la razón donde navega la cordura, desafiantes las emociones que ponen a prueba la reflexión, por momentos deseaba gritarle a Ana «no te vayas, por favor, no te vayas, quédate a mi lado, que no ves que somos hilos que unimos la vida misma, que no hay nudos sino un mismo eje donde caminamos perdiendo la misma sombra para convertir en luz, largas son las cavilaciones entre cada beso y abrazo, que largos segundos pasaran sin ti», intentaba decir a cada instante pero la garganta guardaba una enorme boa que devoraba las palabras, «¿Cuántas palabras se quedaran sin ser pronunciadas amada Ana, mi adorada Ana?, ¿Cuántos suspiros esconderá el cuerpo después de tu partida?».

La mañana llegó con pequeños destellos de luz, como herramienta o vehículo para abordar la partida de Ana, ella lo sabía y despertó después de una siesta de casi dos horas a mi lado, despertó con mucho ánimo, levantó y caminó después de no haberlo hecho por días, a decir verdad sólo dio unos pasos y regresó a la cama, ese día le di su comida favorita, seguida de un postre, doble ración, las dos de la tarde habían llegado, era la hora de partir, yo trataba de distraerla con cantos, con palabras, pero ella me miró de esa manera que solía, cuando ambas sabíamos que había algo por hacer, y fue ahí donde la realidad me atropelló como un gigantesco iceberg conmocionando sobre mí, un derrumbe, un temblor, un hecatombe, un tsunami, un grito que desgarra el pecho, una herida que abre al caminar, un golpe sabor a sangre en la nariz, fue ahí, tumbada en la lona de la vida que comprendí el momento, la tomé entre mis brazos, la besé nuevamente, y le llevé abrazada hasta aquella dimensional pared azul,  miré sus ojos como se iban cerrando poco a poco, quedando en un sueño profundo del que no despertaría jamás, le hablaba al oído diciéndole lo mucho que la amaba, que partiera tranquila, que esperara mi llegada, que nos volveríamos a ver, sentí como poco a poco su pulso disminuía, el color de su rosada piel cambió a blanca, sus ojos cerraron por completo y el cucú que llevaba en el pecho apagó su canto para siempre, Ana había partido dejando filtrar su esencia por aquellos pequeños agujeros de mi casa, Ana desapareció por completo, esa tarde llevé su cuerpo a incinerar, de sobra está contar sobre las largas y cansadas horas siguientes a las que fui sometida por la existencia, a las que fui obligada a vivir en plenitud de mis facultades mentales, llegar a casa sin ella y no saber qué hacer con su ropa, con sus cobijas, que colocar donde estaban los cojines favoritos para tumbarse, ¿una mesa, un florero, acaso una cubeta, servirme café, caminar como ella en círculos, tomar agua, fumar, sentarme y hundir el cuerpo en mi sofá rojo?, esa sensación de pérdida, de desesperanza, esas jugarretas que nos imponen seguir, parar la mente no basta, si la partida de Ana está situada en otra geografía de mi cuerpo; larga tarde y noche la de aquel 17 de junio, al día siguiente desperté de manera distinta al recoger su cuerpo recordé “en polvo eres y en polvo te convertirás”; una rara sensación y tranquilidad invadió mi persona, llevaba luz entre mis brazos, en soledad y soliloquio venia repasando todos los momentos juntas, y llegué a la conclusión después de mucho cavilar que la vida era amable, que las oportunidades son viaje que nos pone el destino y que nos hacen cosquillas para reírnos un poco y dar razón a nuestra existencia, pequeños intervalos que unen nuestra eterna nostalgia; Ana dejó luz a mi vida, sonrisas que grabé en la memoria para mis noches más complicadas; Ana, la viajera, la astronauta de emociones que  partió una tarde que guardo y atesoro en mis adentros, partió mi amada Ana llevando con ella borbotones de mí, algunos días la recuerdo más de lo debido y es cuando salgo a mi puerta, miro al infinito y sé que ahí anda, en algún agujero del cielo esperando por mí; Ana, que con su presencia convirtió en mi amiga, compañera y cómplice, y a pesar de nunca haber hablado el mismo idioma, el corazón detectó la manera de poder comunicarme con ella, mi perrita viajera.

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver Política de cookies
Privacidad