Análisis

El discurso: el deseo de Buda

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Mucho se ha escrito sobre la felicidad. La felicidad, según los antiguos griegos viene del animus (el estado de ánimo); un parámetro esencial para definir este concepto sería limpiarla de elementos metafísicos, para lograr esto en primer lugar, debemos aceptar qué la felicidad es proporcional a las necesidades de cada individuo. Abraham Maslow en su magna obra La Teoría sobre la motivación humana de1943 (qué posteriormente amplió), Maslow formula una jerarquía de necesidades que el humano ha necesitado fisiológicamente y psicológicamente. Bien, las primeras necesidades se pueden traducir como las de sobrevivencia: el alimento, la respiración, el sexo y la reproducción y el descanso; relacionémoslas con el sentir animal; pero el hombre no es cualquier animal tiene ese maldito pecado original del pensamiento: el raciocinio -la raíz de la infelicidad-, con el, el humano logra adentrarse en su propio abismo y deja ver otras necesidades: las necesidades psicológicas, como la autorrealización, la seguridad ante el grupo social, entre otras; bien, vayamos al estado natural del hombre. En el estado natural el hombre puede y hace lo que desea, puede comer, matar, reproducirse cuantas veces quiera.

El hombre independientemente que haya sido por su egoísmo, según T. Hobbes, por un acuerdo mutuo señala Rousseau, o bien más realista por medio del terror, fuerza y violencia en palabras de Bakunin, el hombre crea la organización social, al Estado, a la sociedad, a ese enjambre de poder que hasta el día de hoy es indispensable para alejarnos del miedo y el terror que supone volver a la naturaleza. Esta organización hasta el día de hoy no ha logrado cumplir cabalmente ni una de las necesidades enumeradas por Maslow, mínimo para un 60% de sus integrantes, qué a su vez, animados por el poder y conocimiento, han buscado una fórmula para resolver esta cuestión; tantas ciencias, una mejor elaborada que la otra, y aun así, no dan en el clavo de la evolución humana. Cada vez nos alejamos más de la ideología verdadera y no planteamos ningún cambio o acción directa; en fin, nuestros recursos son vanos, enfrentamos el problema de la muerte próxima de manera como si no aconteciera, nuestra misión es matar el tiempo y a su vez él nos matará -creo que esta es la relación más reciproca que tendremos al final de nuestras vidas-. El vacío es una idea tan cosificada como cualquier otro símbolo, el eterno retorno y el absurdo lo acompañan; no importa cuanto hagamos por cambiar nuestro destino, siempre será el mismo: la nada, la nada y el ser, el ser y la nada, entonces si la vida no tiene un sentido comprobable y científico, ¿qué hacer?

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A mi parecer, el hecho de que la vida no tenga un sentido, y al final no obtengamos ningún aprendizaje, es la mayor lección y el mejor sentido de todos: a partir de este momento nuestros dioses han de morir, todos ellos, de todas las formas y colores; las cosas vanas sin placer ceden su trono a las simples con mucho placer: el caminar, el escuchar las gotas de la lluvia, el sudar frío cuando el cuerpo se esfuerza de más, entre otras; aceptar la idea de la nada y de la vida no es algo sombrío, nos debe importar mucho vivir día a día sin ningún sentido, puesto que es lo que hemos estado haciendo año con año. Si tuviera que dibujar a la vida le daría la forma de un circulo negro y eterno, ese símbolo en honor al gran sinsentido y la nada qué tanto amamos.

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Por último, debo resaltar el hecho de que no hay nada mejor que nuestra época, nada nos importaría más qué el sólo hecho de vivir o consumir, pero y que más da, el mundo nunca tuvo más sentido; el hecho de que nuestro dios actual sean un montón de cables añadidos a una red inexistente pero operante; bueno, dicho hecho me parece exquisito, no nos importa nada, viviremos de una manera nihilista, por el simple hecho de vivir sin justificación, sin daño alguno y de la manera más sana; nuestros gustos serán contradictorios, nuestras fiestas con té y sin alcohol, nuestras reuniones desenfrenadas y eternas; cuando el humano acepte la realidad de la nada podrá liberarse al fin; viviremos en una etapa más humana y de mayor esplendido espiritual

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Nadie es más feliz que el bufón riéndose de sí mismo.
Nadie está más vivo qué el soñador que soñó qué estaba despierto, despertó y estaba durmiendo.
Nadie es más conformista que el que acepta luchar eternamente por algo que no existe, conformándose con la imperfección del mundo.
Nadie es más satisfecho que el qué no pierde el tiempo corriendo tras una mariposa, mientras observa las orugas crecer.
Miré hacia arriba y no vi al árbol, miré a la derecha, a la izquierda, al fondo, soóo cuando cerré los ojos me di cuenta que yo era ese árbol.

Licenciado en Derecho por la UNAM, Facultad de Estudios Superiores Acatlán. Especialista en Derechos Humanos, ha ocupado cargos públicos y privados referentes al Derecho Parlamentario y Administrativo en el campo ambiental.

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