Narrativa

El peso del silencio (un cuento de Javier García Vargas)

Javier García Vargas nació en la Ciudad de México en el año 2003. Apasionado de las humanidades, está por concluir la preparatoria y planea estudiar literatura. Lleva algunos años escribiendo cuentos y poemas en los que conviven una parte onírica y otra realista, aparentemente incompatibles, pero a la vez, inseparables. Ha participado y ganado en concursos de expresión artística de la Universidad Autónoma de Querétaro, ciudad en donde reside, y recientemente obtuvo una mención honorífica en el XVIII concurso de cuento histórico de la Universidad Iberoamericana. Sin más, aquí un cuento de nuestro joven autor invitado:


El peso del silencio

El sonido intermitente del agua cayendo sobre los azulejos del baño empezaba a ser tan insoportable, que era casi como un insecto agujerando el cráneo de Elena. Esa noche no pudo dormir, esperando a que el ruido se detuviese por sí solo, pero eso no pasó, al contrario, parecía intensificarse. Cuando amaneció, Elena se levantó y fue a preparar el desayuno, lo mismo de siempre: huevo, fruta, pan y café negro. Puso la mesa y no se sentó hasta dejar todo en orden, dos juegos de cubiertos, dos platos y dos tazas. Entonces tomó asiento. Mientras comía, dijo:

—No has arreglado la gotera, Rodrigo. No sé cómo tengo que pedírtelo. Me está volviendo loca

No hubo respuesta. Lo único que interrumpía el silencio de la casa, tan denso que daba la sensación de poder tocarse, era la gotera, el ruido del reloj de piso y el ocasional choque de los cubiertos con la vajilla. Cuando terminó, Elena alzó todo de la mesa. «Otra vez no quisiste comer», dijo, al ver el plato de Rodrigo intacto. Después del desayuno, Elena fue a la misa del mediodía, y luego al mercado, en donde compró algunas cosas para la comida. También compró un ramo de margaritas, pues iría a dejarlas al panteón como cada domingo. El aire que podía respirarse ahí le inspiraba cierta confianza difícil de explicar. Era un aire pesado, que arrastraba el olor de las flores muertas y la tierra húmeda. Al llegar a la lápida de Rodrigo, Elena rezaba un Padre nuestro y un Ave María, luego, se acercaba a dejar las flores y le daba un beso a la tumba. De regreso a casa, como siempre que volvía del panteón, reconstruía en su mente el día del entierro de Rodrigo. Hacía un año ya de eso, y aún estaba fresco en su mente; podía recordar cada detalle con precisión: los sonidos, el color del cielo y muchas cosas más.

Elena no sólo le llevaba flores los domingos a Rodrigo, sino que además le cocinaba, lavaba y planchaba su ropa, compraba su medicina, hacía todo eso para él, aunque nada de ello tuviese sentido. En el fondo lo sabía, pero una parte de ella se aferraba a esa rutina absurda, pues creía que sin ella se sentiría perdida. Pero no se conformó con eso. No era suficiente para ella. Puso el único retrato de Rodrigo que conservaba en su mesita de noche y siempre tenía una veladora prendida a lado. Entonces dejó de ser sólo su viuda para convertirse en una especie de adoradora de un culto enfermizo hacia a él. A veces, pasaba horas sentada en la orilla de la cama, acariciando el retrato como si fuera un rostro real lo que tocara, le hablaba casi susurrando, con la esperanza de que un día él le respondiera. Sin embargo, todo lo que obtenía era más de ese silencio, un abrasador silencio que le quemaba las manos; resignada, se acostaba y trataba de dormir, pero lo único que conseguía era darle voz a sus pensamientos, a los más insignificantes y a los más oscuros también; de pronto se sentía sofocada, como si la cama ardiera en llamas, llamas que podía ver consumiendo su propia carne, y salía de la cama aterrada, corriendo hacia el baño para mojarse la cara, y al verse en el espejo lo que veía no era su imagen cansada y gris reflejada, sino a una joven Elena, demasiado joven como para estar vestida de novia, con un ramo entre las manos y lágrimas en los ojos, pues su padre había arreglado su matrimonio con Rodrigo, un hacendado que le doblaba la edad a Elena. Su padre tenía una deuda impagable con Rodrigo, y cuando los mercenarios comenzaron a hostigarlo para que pagara, temió por su vida y le hizo una visita a éste, ahora en compañía de su hija, como si fuera el tributo con el que suplicaba el perdón de su deuda. En esa ocasión, Rodrigo no despegó la vista de Elena, de su piel dorada y sus ojos miel, que contrastaban con el vestido celeste que dejaba ver la silueta de sus incipientes pechos, y ella, al sentir su mirada de lobo, trataba de esconderse detrás de su padre, sin éxito. «Vaya allá y déjenos hablar cosas de grandes, niña», le dijeron, y cuando las puertas del despacho se cerraron, se firmó su condena. «Deje de llorar niña. Ya verá qué bien estará con el joven Rodrigo» le decía su madrina mientras le ponía el velo. Y en esa frase que parecía ser más una sentencia, se dejó ver una gran verdad: Elena era una niña, una niña que tuvo que sobrevivir a un hombre, soportando sus besos y caricias bruscas, sus actos de animal sobre su cuerpo huérfano y prematuro, una y otra vez durante treinta años, encerrada en una jaula y con las alas mutiladas.

Elena nunca amó a Rodrigo, y estaba segura de que él tampoco la amaba. No lograba verlo sino como a un completo extraño, sintiéndose siempre como una intrusa. Los primeros años fueron lo peor, no podía acostumbrarse a la vida de casada, aunque en buena parte se pareciera a la vida de hija. Trataba de hacerse compañía con las criadas, niñas igual que ella, así los días en la enorme casa eran menos insoportables, pero Rodrigo se oponía a ello. «Nada tienes que hacer con esas indias, aquí tú eres la señora», le decía, cuando la sorprendía riéndose junto a ellas. Fueron la salvación de Elena, aunque no pudo librarse de la cocina, pues a Rodrigo no le gustaba lo que preparaban las criadas, creía que su esposa tenía mejor sazón. Compartir la cama era otra de esas cosas a las que ella se oponía, pues pensaba que era como dormir con una bestia. Constantemente le escribía cartas a su padre, quejándose de las penas y dificultades del matrimonio, pidiéndole que la rescatara de ese calvario, pero nunca recibía respuesta. Quiso más que nunca que su madre estuviera viva para hacer entrar en razón a su padre, o por lo menos, para responder sus cartas y escuchar sus pesares.

Después, Rodrigo empezó a insistir en su afán de tener hijos, y Elena tenía que ceder a sus exigencias, sin saber el sufrimiento que le esperaría: tenía unos meses de haber quedado encinta cuando se despertó en medio de la noche, sudando frío e invadida por un terrible dolor, como si una mano le arañara el vientre desde adentro, y al ir al baño expulsó una masa roja y sin forma. Sobrevivió casi por un milagro, pero ni su convalecencia detuvo a Rodrigo, quien incluso la acusó de haberlo hecho adrede para no darle un hijo. Fue la segunda vez cuando nació un niño al que Elena tampoco pudo amar, un niño que murió antes de cumplir un año y al que su madre no podía tener cerca, aunque luchara, inútilmente, por crear un lazo con la criatura. Rodrigo estaba furioso y no le dirigió la palabra a Elena por varios días, pero tampoco insistió en intentarlo de nuevo. Ella no se extrañó por ello, sabía que de cualquier forma Rodrigo tendría un hijo con alguna de las putas del pueblo, a quienes visitaba a sus espaldas, o eso creía él, pues ella estaba bien enterada. Luego, y gracias a su adicción al juego, Rodrigo perdió todas las tierras de la hacienda, y con ellas los animales. Conservó únicamente la casa y unos ahorros. Las criadas se fueron y Elena tuvo que tomar las riendas de la casa. Entonces se dio cuenta de que no había tenido ni un día de color en todos esos años. Ni un momento de amor. Nada. Todo fue silencio. Hasta el domingo en que murió Rodrigo. Ese fue, sin dudas, el mejor día en la vida de Elena. Disfrutó de cada instante, desde el amanecer, cuando Rodrigo se arrastró hasta el baño y escupió su sangre sucia en el retrete, y hasta el atardecer, cuando la fiebre empezaba a hacerlo delirar. Rodrigo se esforzó para decir, en voz baja:

—Trae al doctor, Elena. Que no ves que me estoy muriendo.

Y Elena no sólo no fue a buscar al doctor, sino que llevó una silla a la recámara y se sentó frente a la cama, para ver agonizar a Rodrigo.

—Que me traigas al doctor, hija de puta —le dijo, con la mirada perdida en el techo— tráeme al doctor.

—No hables, tienes que descansar —le respondió Elena.

No tenía miedo, por primera vez no tenía miedo. Había visto a la muerte anunciándose en los ojos de Rodrigo. El remordimiento la acechaba, pero sabía que tenía que resistir, ese era su momento.

—Ya muérete, Rodrigo, ya no sufras —dijo ella, mientras le acariciaba la frente.

—Te voy a matar, maldita —dijo él, con lágrimas de cólera en el rostro.

—Como tú digas —dijo Elena —sólo te pido que no tardes mucho, porque hay mucho que hacer y aún tenemos que arreglarnos para cuando lleguen todos.

Esa misma noche, Rodrigo murió. Elena respiró tranquila. No pudo evitar que una sonrisa se le dibujara en el rostro. Mientras buscaba entre las cosas de Rodrigo guardadas en el ropero, pensó: «cumplí con mis votos. Hasta que la muerte nos separe». No paró hasta dejarlo listo, vestido con el mejor de sus trajes, bien peinado, con polvo de arroz en la cara y las espuelas de plata adornando su pecho. Lo miró un momento, y le dio un último beso.

Al día siguiente, en el entierro, todos se sorprendieron al ver que Elena no sólo no parecía afligida, sino que además actuaba como una niña distraída, mirando el cielo y jugando con las mariposas que volaban sobre el panteón. Afortunadamente para ella, nadie sospechó nada. Cuando todo terminó, Elena creyó que al fin sería libre, que sus alas volverían a crecer y podría salir de su jaula, pero entonces se encontró con una jaula aún más grande: la de sus propios pensamientos. Estaba sintiendo poco a poco el peso del silencio; tal vez era culpa, tal vez no, no lo sabía con exactitud, pero se sentía incompleta. Entonces se dio cuenta de que no sabía vivir si no era con Rodrigo. En lugar de sentirse liberada, se sentía más atada a él que nunca. Toda su vida y su mundo habían girado en torno a él, a su matrimonio. No podía dejar de pensar en él a todas horas, por las mañanas, al sentarse a comer, al notar el vacío en la cama, al llevarle flores los domingos. Incluso a veces le parecía verlo vagar por los pasillos de la casa, o montando su alazán por las polvorientas calles del pueblo. Tenía que soltarlo, pero no sabía cómo. Por eso decidió seguir haciendo todas esas cosas, como si Rodrigo siguiera ahí, pues sólo sabía vivir de ese modo, y aunque fuese un constante engaño hacia sí misma, le resultaba inevitable hacerlo.

Y siempre era lo mismo al llegar la noche, pero esa noche era distinta. La gotera no se detenía y Elena seguía esperando a que Rodrigo la arreglara. Ahora era casi un chorro. Elena vio el agua salir por debajo de la puerta del baño y tuvo una sensación de vértigo.

—¡Rodrigo! ¡Rodrigo! —gritaba Elena, desesperada

Caminó hasta la puerta y la abrió temiendo que hubiera algo detrás de ella, quizás el mismo Rodrigo listo para vengarse, con los huesos expuestos y a medio pudrirse, pero lo único que encontró fue más agua, agua que avanzaba ferozmente, anegando cada rincón de la casa. Volvió a la recámara, y notó que el retrato de Rodrigo había caído al suelo. Lo tomó y comenzó a gritarle:

—¡Mira esto! ¡Te dije que arreglaras la puta gotera!

Y vio cómo del retrato comenzaron a brotar pequeñas gotas, gotas que parecían lágrimas, como si Rodrigo llorara, y al ver eso, Elena lo lanzó contra la pared, aterrada. Vio angustiada cómo el agua subía cada vez más, hasta cubrirle los pies. Pensó en regresar al baño y tapar la gotera como fuera, al menos hasta conseguir ayuda, pero resbaló. Y se quedó ahí, sentada en el suelo, en medio de ese charco, llorando y cubriéndose la cabeza con las manos, como una niña defendiéndose del puño de su padre, sintiendo todo el peso del silencio, el que cayó sobre su vida, sobre sus sueños y sobre el mundo entero. El silencio que guardaron los que le hicieron callar.

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