Crónica

Guerrero, cielo e infierno

Los zapatos infantes sonaban al dar pasos agigantados y correlones rumbo a la ventana del segundo piso en el edificio Mosqueta 5, para luego dar un grito enorme, anunciando nuestro arribo a la matriarca de la familia, la abuela, quien vivía allí; eran los 80´s y pisaba por primera ocasión las calles, que sin saberlo, me prometían un futuro sorpresivo; el escenario no pasaba desapercibido con gente sobre los camellones, que creía yo –en ese entonces– estaban de día de campo, sólo que el olor característico de vísceras severamente maltratadas por el alcohol me hacía dudar de ello; con el correr de los años, aquel barrio se convirtió en mi hogar; Degollado y Eje de Guerrero eran la puerta al encuentro de la contracultura y las culturas alternativas, al cielo e infierno de mis futuros instantes,  llegué a vivir allí en el año 92, con la sonrisa fresca y la mirada invadida de curiosidad, inmediatamente los malandrines olfatearon el arribo de la nueva florecita al barrio, el punto de reunión eran las famosas KAS (maquinitas), espacio donde algunas y algunos nos reuníamos a partir de las siete de la noche, los 90’s nos obligaron a los entonces jóvenes, similares en inquietud y altanera hambre de vivir, a buscar con los próximos la coincidencia, el pretexto de sentirnos semejantes en vivencias, pues la Guerrero es un barrio que te despierta con un derechazo por las mañanas; con la frase de sobrevive un día más, con el sí se puede entre los labios; el barrio te obliga a avanzar, a no dar paso atrás -como dicen en las calles- ni para tomar impulso; por ello el impulso era capitaneado por las botas inglesas en mis pies, testigos de mi inquietud, uno de mis territorios favoritos se encontraba a dos cuadras: el Tianguis Cultural del Chopo (nada ajeno, ya que le visitaba desde pequeña), era inevitable los sábados no pasarla ahí, la banda que le caía los sábados  coloreaba las calles del barrio caníbal, con fiesta, música, caguama en mano y harta subversión, pues los 90’s eran escenario de cambios en nuestro país, en nuestra ciudad, un México de constantes hartazgos, traiciones y asesinatos;  de por sí ya era una amenaza ser joven, pero, ser joven y ser de la Guerrero era desafiante, seguidamente una parada obligatoria por los cerdos oficiales de policía en alguna pared de Camelia, Sol, Mina, Lerdo o en el mismo Eje, era de cajón, fueras hombre o mujer (algo que ahora ha ido cambiando). Sólo el olor y ruido de las calles de mi barrio la emblemática Warrior, es algo que no ha cambiado, olor a podredumbre, a cloacas explotando, a fiesta, a sus gorditas, machetes, tacos y sus cantinas, al averno San Fernando, los gritos en la madrugada, su gente, la ida a sus lecherías por la mañana, la música a todo volumen de algún vecino, las visitas al Martínez de la Torre. ¡Cuántas veces he caminado estas calles! Declarantes de mis disímiles etapas, testigos de mis momentos oscuros o excelsos besos; de las sonrisas que despiertan las madrugadas sobre esta ubicación geográfica o el desespero que viví azotando pasos por su asfalto, sólo aquel que ha pasado la palma de la mano en las llamaradas del infierno sabe del sulfuro que promete el exceso, no era fácil vivir los 90’s siendo joven en un barrio tan característico; en ese entonces era difícil evadir a la fiera bruma de las drogas, del alcohol, de los excesos en las noches olor a vainilla apretando encendedor en mano, con algún libro de poesía rolado por la banda, y los walkman escuchando Corcobado, la banqueta de Magnolia y Guerrero arropaban pláticas de madrugada, Guerrero siempre convierte en laberinto al anochecer, sólo caminan en sus pasillos los que son de allí sigue diciendo la gente, pero en el año 2002 nadie imaginaba que aquel mismo que escuché en una banqueta con audífonos, caminaría en sus calles para enamorarse de la afamada colonia.

Corcobado esperaba en la salida del metro Guerrero que daba al mercado (en ese entonces abierta), con una cámara fotográfica colgando de su cuello y un tabaco Winston, quedamos para fotografiar algunas obras plásticas de mi autoría; las causalidades llevaron al cantautor español a regresar a las calles de este espacio tiempo después, pero ahora se le veía caminar sobre calle de Zarco para dirigirse al lugar donde preparaba los ensayos para su concierto en La Victoria, estridencia y trazos decoraban el espacio, trazos que eran ejecutados por su guitarrista mexicano Edgar Torres, la alineación de la banda en su mayoría mexicanos escribían historia en la parte sur del barrio, la cual es encantadoramente violenta; pasado dicho concierto Javier regresó a sus ensayos y la creación de su nuevo disco Fotografiando al corazón, pero esta ocasión en la aguerrida calle de Mina en el número 106, mismo que visitaba yo, para asistir a sus ensayos y dejar registro grabado de estos en una pequeña cámara con casetes de 8mm, grabaciones que aún conservo, exclusivas y únicas de ese tiempo;  Mina 106 reunía a las personas más cercanas a Javier, dicho lugar concentraba un ambiente peculiar, ajeno al paso del tiempo, los techos altos y tapancos daban una acústica distinta a la música ejecutada, un portón de madera era la entrada a la creación,  me enamoré de ese espacio tanto que posteriormente fue mi hogar por algún tiempo, la Guerrero contiene ese encanto, a Javier le gustaba caminarla, entrar en ella tranquilamente y salir a comprar a la tienda o comer cochinita pibil, él no era un turista, era hijo de la atmósfera que te brinda la surrealista Ciudad de México, era hijo de la fascinante colonia que lo arropaba con su gente solidaria; un ejemplo son los locatarios del Mercado 2 de Abril (que se encuentra a espaldas del hoy fuera de funcionamiento Teatro Blanquita) que arropaban con comida, a la que le decían los niños el siglo pasado La loca de las maletas, rodeada de gatos y que dormía cerca del Teatro Hidalgo, nada más ni menos que la bella Nahui Olin, me compartieron la historia la familia Robledo, misma que fue fundadora del mercado, espacio que cuenta con estructura hermana a la del Museo del Chopo, pues en su inicio se planeaba sería estación de trenes.

Corcobado disfrutaba de las calles infernales o gloriosas de mi barrio, barrio que me vio crecer, que ha visto salir y entrar a los hijos de sus calles siempre con la esperanza de huir lejos de él, cuando algunos lo logramos pasamos intentando regresar otra vez, ese es el encanto de la Guerrero, de sus esquinas, de sus lugares, su gente, su historia, incluyendo esa otra Guerrero de noche, aquella que viví en los 90’s, que me cuidó en la loquera del desafío, que me mostró que la rebeldía no es sólo el coraje sin razón, sino que había un camino alternativo para aquello que no encajaba, que formaba identidad y memoria barrial, que el arte y la cultura son el camino indicado, que contracultura estaba cercana a mis pasos, y que las consignas nacen en sus calles con aquellos que nos sentíamos desposeídos de ideologías sociales, ofendidos porque no había alternativas inteligentes para los jóvenes de parte de un gobierno excluyente, mi barrio, la Warrior, me enseñó que allí, exactamente donde la ruptura comienza, es donde debemos partir, allí donde acaba la esperanza, allí donde la farola quiebra y el dope es la salida, allí donde sonríes después del camino recorrido, para cantarle a las calles que insistimos, que somos identidad, cultura y memoria, preservación de usos y costumbres, que somos un barrio amoroso y de respeto, que somos la  cumbia mal ecualizada que sale de las ventanas, una grabación de colchones viejos que venda, un puesto por cada calle con un sazón exquisito, una doña preocupada en la puerta del predio esperando a su hijo, somos el velorio anunciado con periódico local en todo el barrio, la noticia constante de índice de violencia, pero también somos canto de crónicas constantes, espacio del turista que enamora al visitarnos, somos el respeto a la jefita, somos piedras que fundaron esta ciudad, y algunas  y algunos hijos de sus calles somos la cultura alternativa de nuestro barrio, personajes destinados al olvido al paso del tiempo…

Suena el soundtrack de Trainspotting en mis oídos, es el año 1997, prendo un cigarro, cruzo Degollado y Zarco, y pienso e imagino que alguna vez escribiré algo sobre mi adorada Guerrero.

*Texto extraído de la revista Generación  Alternativa (Año 31, Núm 157: Los Guerreros de la Guerrero)

(Claudia Guerra) es fundadora y directora de Vitrali Ediciones. Es artista plástica, ilustradora, escritora, gestora cultural, adicta a los vuelos y amante de los óleos. Ha tenido más de diez exposiciones colectivas e individuales. Del 2003 al 2015 trabajó dentro del gobierno, teniendo cargos como Coordinadora de Cultura Comunitaria, JUD de Fomento y Producción Cultural, Subdirectora de Artes y Oficios, Subdirectora de Fomento y Producción Cultural y Directora General de Cultura en la Delegación Cuauhtémoc (hoy Alcaldía). Ha colaborado en antologías de las editoriales Colectivo Entrópico, La Sangre de las Musas, Morvoz, Nekro Ediciones y Vitrali Ediciones, así como invitada a participar en diversas revistas literarias. Fue Coordinadora Cultural del Museo del Pulque y del Maguey Texcoco, así como locutora del programa de radio por internet “Vuelo 5.26” de Radio Alterno.

2 Comentarios

  • Carlos de la Rosa

    ¡Que padre encontrar textos sobre la Guerrero! Viví allí hasta los quince años y aún conservó algunos amigos de la infancia. También me inspira para escribir.

    • Vitrali Ediciones

      Te agradecemos por leer. Cuando gustes las puertas de Vitrali están abiertas si gustas que compartamos un texto de tu autoría. Saludos.

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