Narrativa

Larga distancia (un cuento de Pablo Valentín)

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When all the house was hushed
Campbell

 

¿Sigues ahí?

Leda responde que sí. A través del auricular le llega el vacío de la calle. Piensa que Romina quizás esté durmiendo en alguna banca del bosque de Chapultepec, pero no lo sabe. Apenas ayer le dijo que se fuera para Bélgica, pero cuando hablan de sus privilegios la mexicana simplemente los niega.

Sé que van a venir. No hay manera de que ya lo sepan.

¿No sería mejor así? Inquiere Leda.

Imagina que estás desayunando en tu departamento de Amberes y de pronto se interrumpe la comunicación ¿no querrías saber qué me pasó?

Es un golpe bajo. Romina no es ninguna niña indefensa. Romina le rompió el corazón a Leda en Amberes. Le contó de López. De su relación a distancia escribiéndose cuando se suponía que ambas estaban en un seminario para curar la esquizofrenia.

Supongo que no es de mi interés pero ¿por qué nunca me dijiste que él era real?

Chapultepec cruje bajo el otoño y los focos.

El bosque le queda a menos de veinte minutos caminando. Romina nació en un barrio, pero sus padres eran dos celebridades. A los dieciocho años le compraron un departamento en Polanco porque una vez oyó a su madre decir que de niña su sueño era vivir en una colonia bien.

En cambio, los sueños de Romina eran siniestros. Desde chica padeció terror nocturno y por eso no le gustaba dormir con gente ajena o acostarse con cualquiera. Gritaba por las noches. Se sacudía y aquello era toda una experiencia que no le gustaba compartir. Su vergüenza era la joya de ese tesoro llamado intimidad. Además de López, solamente Leda la había escuchado gritar.

No sé, supongo que la parte que está descompuesta en mí no quería que fuese real. Digo ¿no es más fácil estar enamorada de un ideal?

Culera.

Leda recuerda que ella tenía un novio imaginario, que Romina y ella se contaron todo en el seminario. Que se abrazaron. Una vez la besó y Rom se dejó llevar. Pero no me digas Rom, por favor, le dijo y su romance se acabó.

¿Cómo son?

Ferales, responde Romina y ella se la imagina con el cabello recogido en una cola de caballo. Con frío. Mirando hacia el infinito.

Si se supone que salen como a las tres de la madrugada ¿no pudiste dormir unas horas en casa o es que has decidido por fin dejar tus privilegios en el loft?

Ya, es que si te hablaba a mis tres de la madrugada ¿habrías respondido?

Tú sabes que sí. En otro momento no, argumenta Leda porque después de lo de Amberes la odió. Se encontraron una semana en París, varios años después. Tomaron el avión juntas a México y ahí lo conoció. Al principio le resultó un tipo molesto, pero sólo se trataba de sus celos.

A López le venía bien Romina. Culminaba cierta fotografía esnobita. Romina con sus botas indie y su pelo de gato y él con su facha de John Constantine. Si papá supiera que acabé con un tira se moría, le refirió la mexicana en un acto de dejarla entrar, de darle la privacidad de sus sentimientos pero también con el dominio enfermo de meterla en la friendzone. En ese viaje a México Leda supo que López la llamaba Rom. Fue en ese momento que Leda la perdonó.

Tenías razón, es más fácil estar enamorada de un ideal, dice.

Ese día Leda no irá al trabajo. Ella se puede permitir eso. Curarse la depresión en un seminario, tomar vuelos de 8 horas para pensar a solas o quedarse en la casa vacía de un conocido en otro país. Hablar a larga distancia como si el océano no estuviera ahí. Como si el Lago de Chapultepec ya no estuviera ahí.

A López le caías bien. Suelta Romina. Le gustaba que fueses más que mi mejor amiga.

Los minutos pasan y Leda siente que si anduviera en México, con ella, Romina no estaría cerrando ciclos, terminando su relación con algunos sitios específicos. Estaría evadiendo su realidad con imaginaciones del tipo “le compraré unos zapatos italianos para que los llene de barro”.

Leda y ella siempre se escribían. A menudo le llamaba para contarle cómo López la engañaba. Sí, le mentía diciendo que le habían subido el sueldo, cuando en realidad acaba vendiendo sus cómics de Hellboy para darle un regalo bonito a Rom el día del niño, en navidad, en el día de Batman; carajo, a él le gustaba gastar dinero en ella y en alguna que otra causa social. Ella sólo le ofrecía su departamento minimalista como si la vida fuera un espacio de devaluaciones infinitas.

Leda bosteza.

¡Oye pendeja, todavía estoy aquí!

Lo siento, pero supongo que te estás devorando mi energía, que te alimentas de mí, las palabras de Leda son sinceras.

En cierto sentido todos comemos de alguien más. Romina se alimentaba de él. Devoraba su altruismo, su bondad. Su cordura era un bufet donde ella acudía a ser una mejor persona y no la chica loca que escribía para un periódico paranormal. La que no necesitaba trabajar.

Me recuerdas mucho a papá, le dijo Rom a López una vez. Él también protegía a los débiles y supongo que de cierta manera hizo todo lo posible para que te enamorases de mí.

Claro, cuando te dijo que de niño quería ser como tu padre, apunta Leda recordando la anécdota.

Al otro lado de la línea, Romina suspira. Suspirar es un homicidio atemporal. Uno sabe que el otro se ha rendido con un sólo suspiro. Es un acto de bajar las manos, de claudicar y dejar el mundo de lado como si nada fuera tan pesado, como si el mundo mismo fuese algo liviano.

Llegaron.

Romina no cuelga. Se acerca a las figuras llenas de barro que la cercan. Al otro lado del mundo, Leda se prepara un desayuno. Huevos tibios y una taza de café. La oye diciéndoles que López murió ¿Eso fue un maullido? O acaso nada más los percibió alejándose con la comida que Romina les compró, alejándose sin decirle gracias o llorar, sin oírlos suspirar.

Tenías razón, sonaban demasiado ferales.

Claro, son niños de la calle. Bueno, creo que ahora debería irme a dormir.

Vete a dormir, mon amie.

No, replica Romina, me gustaría escucharlo esta noche, al menos de ti.

Leda suspira. De acuerdo, ya vete a dormir mon amour.


Ilustración por Dalia O Daria (@dhalia_daria)

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