Narrativa

Les dejó ir (un cuento de Aérea Indira)

Con aquella mirada que define a los caducos, a los solitarios, aquella mirada que ofrece un desierto inmenso y solitario; ella se levantó con tremenda dificultad de aquella silla de madera vieja; los huesos poco a poco desempolvaban de la posición que no prometía tranquilidad, tan sólo una espera sin esperar nada. Desde hacía algunos ayeres la vida tomaba esa pegajosa rutina. Sin duda alguna, una de las cosas que más extrañaba del ayer era la música, las canciones que aprendió durante su infancia, las que le hacían recordar a los seres que amó, el conjunto de sonidos que daban por resultado la suma de emociones traducidas para este mundo. Extrañaba mirar sus discos y no poder decidir cuál de todos reproducir en el viejo estéreo con CD, extrañaba aquel mundo donde la vida era una melodía diaria, cambiante y revolucionada, que según la hora y día sonaba de modo distinto, se escuchaba en murmullos, sonaba a asfalto, a tumulto de pasos, quizá una enorme parvada de cláxones, la gente hablando, el sonido de los besos, el rugir de los motores, los ladridos perdidos; por las tardes, el choque de los sonidos, los timbres, el rechinido de las puertas, los labios chocando al pronunciar palabras, voces y respiraciones acompasadas, el tic-tac del reloj enorme de su amiga Lola, los silbidos, un conjunto de ruidos reventando en el oído, que hoy ya no había más. Ahora el silencio era el único pasaporte a la supervivencia, cuidar de él era el pase de vida, junto a la mirada. La falta de una extremidad ya no representaba mayor dificultad más que para moverse, pero los anteriores dos sentidos eran el chaleco de blindaje en el año 2038, la vida se fue por un vertedero con la fragilidad y la rapidez con la que corre el agua.

Miraba sus manos una vez más, con ellas le cargó, le abrazó y le llevó a dar sus primeros pasos, manos que le despidieron hacía un mes y diez días; la última vez que le vio, fue el día que tomaron la decisión de conseguir más alimento, pues ambos sabían que con lo que contaban de provisiones no sobrevivirían otros seis meses más. El acuerdo era salir dos veces al año, pero esa ocasión no hubo un cálculo correcto, ella no podía acompañarle, sólo entorpecería la búsqueda, exactamente cinco inviernos atrás perdió la pierna a causa de la mordida de un infectado; era dejarle morir o cortársela de un hachazo: él hizo lo que tenía que hacer, obsequiarle un poco más de vida en este pútrido mundo que ahora les unía en un vacío enorme, ambos lo sabían… no había futuro, sólo una esperanza descosida, cada madrugada, con arañazos en las puertas y terribles sonidos guturales, esperanza que los fallidos gobiernos buscaran solución a lo que mundialmente se conoció (como fue declarado oficialmente por el  International Committee on Taxonomy of Viruses) Virus Auditivo Jequitinhonha (VAJ), y como vulgarmente le llamaban El Brasileño, expansivo como aquella granada llena de esquirlas, veloz en su contagio. Los portadores de aquel mal, principalmente, manifestaban algo parecido a lo que alguna vez se conocía como la palabra zombie, Lo que en algún tiempo pareció ser una fantasía para los amantes del género hoy era una realidad, una absurda realidad. Atrapados como moscas en aquellas telarañas gigantes llamadas ciudades, el contagio fue rápido, surgió en el año 2030 en Sudamérica, el primer brote se dio en Minas Gerais en Brasil, de ahí el nombre de uno de sus municipios, otro caso más en Venezuela, uno más en Bolivia, otro fue Matanzas, Cuba, luego llegó a México por la costa de Yucatán.

Los miembros del comité, los mejores virólogos expertos del mundo, se juntaron y especularon al principio que era alguna mutación de los estados de esquizofrenia y psicosis, pero no, aquellos primeros infectados mordían las orejas y ojos de quienes atacaban, los sonidos despertaban aún más la ira en aquellos portadores del virus. Cualquier sonido emitido a un volumen detectable les hacía perder la cabeza de un modo exorbitante, caótico e incontrolable; descubrir aquello les llevó al menos cerca de un año, para ese entonces las poblaciones habían disminuido, no en decesos, sino en nuevas mutaciones, metamorfosis que nadie esperaba jamás vivir, ahora se vivía en una tumba gélida y enorme llamada mundo, la vista era tu eterna arma. Estos seres que alguna vez fuesen humanizados hoy caminaban con torpeza, seres que carecían de olfato y vista, se les veía andar sin orejas, sin ojos, con la carne putrefacta y un olor indescriptiblemente pavoroso, ni muertos, ni vivos.

Ambos sabían que debían ser sigilosos, por ello el día que él partió, ella no lloró ni emitió sollozos, ni siquiera le abrazó, las emociones humanas y expresarles habían alcanzado su desgaste final, el amor ahora sólo se demostraba con rudeza, con firmeza y sin pequeños brotes emocionales, lujo que no se podían permitir los que sobrevivían; en el año 2038 se vivía como ratas debajo del piso del que alguna vez fuera o no un hogar, huecos que se cavan debajo de ellos, madrigueras que eran hogares; la humanidad suplió a las ratas, incluso quien ahora encontrase una era afortunado, pues ese día comería un manjar: carne, proteínas que dieran energía para seguir en ese globo suspendido de inmundicia exclamado mundo; hace mucho que se había olvidado lo que significaba ser un humano, la belleza de salir al parque, correr detrás de una pelota, sonreír cuando se acercaba un conocido, lastimarse la mirada con el Sol, tomar café al aire libre, escuchar gritos de infantes en la calle, se había olvidado vivir para sobrevivir, con lo que ahora quedaba de humanidad, un pretexto, un ridículo pretexto de la vida para iniciar nuevamente al principio del todo, la eterna búsqueda en saber qué somos, el porqué del existir, la eterna búsqueda de saber que hay algo más allá del todo o la nada, algo más que esa desafiante enfermedad, El Brasileño, que extinguía lo poco que quedaba de humanizado en los humanos.

La mañana que él partió cargaba su mochila verde militar a la espalda, con tres botellas de agua para varios días, una navaja algo oxidada, deterioro que el tiempo somete a todo objeto o sujeto perteneciente a la existencia, unos paquetes de galletas saladas y dos latas de verduras; también llevaba consigo el arma que canjearon hacía algunos años por siete garrafones de agua; aquel día era lúgubre y desolado, impregnado por un frío que le recorrió la espina dorsal, lloviznaba un poco, por fortuna él traía puestas las botas militares que encontró a unas cuantas casas de la suya, en la vivienda que abandonaron sus vecinos cuando se esparció el rumor de la existencia de una enfermedad tan extraña, que enloquecía a todos con la velocidad de un jet volando sobre la Ciudad de México. En cuestión de días la ciudad se había evacuado, todos corrían hacia otro espacio geográfico sin futuro.

Esa triste mañana, él la miró como lo hacía de pequeño, con expresión de necesitarle, ella detectó en él esa mirada, la misma que cuando le dejó por primera vez en el kínder, esa mirada que se convertía en un abismo gigante de desolación, una barranca enorme donde ella sentía caer el corazón, esa mirada que expresó cuando le mostró a su hermana recién nacida, una mirada hueca, vacía, perturbada, aquella misma mirada de la odiada noche donde no pudieron salvarle a ella, donde murió a causa de la mordida en el cuello que le propinó aquel despreciable ser sin ojos. No le vieron venir en aquella habitación, y decidieron apretar el gatillo de la misma arma que hoy él portaba, los tres concluyeron  que no permitirían que ella se transformase, Azul misma lo pidió a su hermano, él se desplomó en rodillas, ahogado en llanto mientras percibían cómo se acercaban poco a poco los infectados, sonidos guturales sin sentido y en horda que se aproximaban cada vez más. Las vibraciones de  pasos tomaban fuerza segundo a segundo, pero el amor de una madre es más fuerte que el mismo mar, ella decidió amarla por siempre dejándole ir, la dejó ir, él giró para no mirar mientras ella apretaba el gatillo, la dejó ir, mordiendo su lengua hasta hacerle sangrar, la dejó ir, el pecho quebró fragmentado, un derrumbe de icebergs en el cuerpo, la dejó ir,  la mitad del corazón de ella murió en una fracción de segundos, pero él estaba allí, la otra mitad seguía allí, en trance, arrodillado perdido en los sonidos de aquellos seres enfermos y hambrientos, ella acercó de prisa a él, soltando una gran bofetada, acompasada con un enérgico susurro que anhelaba ser grito —¡Levántate! ¡No la dejaremos ahí!—, Ian reaccionó levantando a su hermana al tiempo que los golpes en aquella puerta le hacían perder la cabeza; salieron de la casa maldita donde pensaron conseguirían aditamentos y todo pasó veloz, de forma paradójica y en ese condenado mundo a extinguir la humanidad.

Ella escuchó ruidos en lo que antes era su sala, colocó un vaso de cristal en el techo pegando la oreja en el canto para escuchar con atención, pues vivían debajo de los cuartos entre tierra y bichos, no era él, habían transgredido la cerca, estaba segura, eran infectados, el olor les delataba, se trataba  por lo menos de uno; ella debía despejar el área, no había otra forma de salir, silenciosamente y a oscuras, había encontrado la forma de atacarles en mutismo, arrastrando su frágil cuerpo como lombriz en piso, con hacha en mano y su única pierna, salió a la superficie. Su respiración agitaba cada vez más, provocando exhalar fuertemente, estaba ahí, era un hombre infectado, ella le conocía, un adulto mayor que anteriormente vendía focos a dos cuadras de su casa en un local pequeño, cuando el mundo aún no infectaba, ella derramó dos lagrimas y recordó las veces que él le sonreía y saludaba por las tardes cuando pasaba para ir a la tienda. No había remedió, se acercó a él por detrás tratando de levantarse y colocando una mano en la pared sin soltar el hacha, un golpe helado al cuello, la sangre le salpicó la ropa. Ella quebró en llanto y miedo, su hijo no volvía. Revirtió a escuchar sonidos, aterrada una vez más se acostó en el piso levantando la mirada poco a poco, reconoció las botas, era él, la levantó y se abrazaron fuertemente en silencio, bajaron a su espacio, pues debían ser silenciosos, Ian explicó que andaban muchos infectados, más de los que anteriormente habían, trajo provisiones sólo para un mes más, se escaseaba la comida, ya no había futuro, ahora era más seguido cada que un infectado merodeaba su espacio. Se turnaban para acabarles. Los días pasan imparables, ásperos y óxidos, metálicos en la saliva, rocosos en la mirada; por las noches aumentaban los gemidos de los infectados, parecía haber más, les quedaba comida sólo para cinco días, debían nuevamente tomar la decisión, pero ya no había más alimento a la redonda. La ocasión pasada, Ian caminó hasta lo que antes era la entrada de la carretera a Cuernavaca, ellos se ubicaban al norte de la ciudad, decidieron salir una vez más, pero ahora ella tenía esa mirada, sabía que no había futuro, la misma mirada que vio en él, ya no había nada, no regresarían y no podía permitir que ese virus maldito acabara con lo humano que había en ellos, todo menos ello.

Era el final, esa noche, antes de partir por la mañana, ella le abrazó dormido, le besó como cuando niño, le habló al oído mientras dormía, diciéndole lo mucho que le amaba y lo mucho que le agradecía por experimentar ser su madre, que él era su vida y que le amaba tanto que quizá él no comprendería; ella se derrotó, se venció como aquel viejo árbol de su calle, le cubrió de besos y, exactamente cinco minutos antes de la hora acordada, un disparo sonó alebrestando a los infectados quienes, llenos de ira tiraron la franja que dividía la calle de la casa, un pilar de muebles viejos, maderas y fierros. Los sonidos se acercaban cada vez más, ella dejó caer el arma que ya no tenía más balas, pues también habían escaseado, nunca lo mencionó, pues debía aparentar ser fuerte, pero erguida con la muleta, salió de su cuarto, atascando la puerta con dos enormes candados que nunca romperían. Dejando el cuerpo de Ian cubierto con una cobija y una carta a sus pies, ella caminó hacia la horda de infectados impetuosos de hambre, perdiéndose su cuerpo en aquella ola de seres que alguna vez fuesen humanos.

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