Narrativa

Los elefantes de Cartago (por Pablo Valentín)

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Yo soy un punto muerto en medio de la hora
Maples Arce

estás enojada?

     tuve un mal día

     vamos por un trago

     se rompió el carro

     Romina en realidad está varada entre la mala suerte y el coraje. Hace menos de tres minutos salió de la Redacción mentando madres y haciéndole pito al editor. No encuentra las llaves de su auto pero cuando al fin las halla, le da con tanta fuerza a la marcha que deshace el sistema de arranque.

     Además está nublado, escribe esperando que López se tarde en responder. Por supuesto él no lo hace. Automáticamente textea que ya está acabando el papeleo en el búnker. Romina está afuera de la revista donde escribe y siente que todos la miran dos pisos arriba.

     podemos ir al cancino

     que no tengo carro puta madre

     No quería sonar así, pero está perdiendo el control. No sabe manejar la frustración. En otras circunstancias habría escrito otro artículo, un nuevo texto con la suficiente bilis para demostrar que el editor se equivoca, que ella tiene la suficiente capacidad para escribir una nota seria en la sección de arqueología y no nada más en el apartado de ciencias de lo paranormal. O quizás hubiera llamado a Leda para contarle una mentira feliz. Para mentirse a sí misma, que de cierta manera era como engañar a la realidad. Pero ahora lo tenía a él.

     cómo llego?

     espérame, voy por ti, ya casi salgo

     no! te alcanzo sólo dime cómo le hago

     López le manda un audio explicándole qué metro tomar.

     Romina entra a la estación y descubre que ella no usa efectivo, que no puedes comprar un boleto con una tarjeta de crédito. ¿Cuánto tiempo lleva viviendo en el engaño? Se pregunta. ¿Hace cuánto que no viajaba en su auto o que escribía sobre algo de verdad? Cae en cuenta que su vida es estar en el depa, leyendo libros que después le obsequia al joven que le lleva el súper, el mismo quien reparaba las cosas antes que López se mudara. El único empleado que ha trabajado para ella en realidad. De hecho lo llama.

     ¡Hola señorita Romina!

     ¿Me dijiste que vivías cerca de la Redacción?

     ¿Del edificio donde trabaja usted? A ella le caga que pregunte lo que acaba de inquirir, pero se limita dejar que interprete su silencio. Sí, de hecho aquí estoy señorita, concluye aquél servicialmente.

     Ese joven es un buen tipo, se dice Romina cuando lo ve con su ropa deportiva y sus audífonos Skull Candy. Encaja perfecto con la gente de la Juárez. No como ella que a leguas se le nota lo pendeja, piensa. El joven la pasa con su tarjeta del metro y le pregunta si no necesita nada más; efectivo para ser precisos.

     Romina dice que no. Suena su celular.

     cómo vas?

     bien

     No está del todo segura con lo que acaba de afirmar. De cualquier manera escucha de nuevo el audio de López y toma el convoy hacia Tacubaya. El Cancino queda cerca de Polanco, a unas cuadras de su depa, y si lo piensa López escogió el lugar perfecto. Un barecito hípster donde todos los asiduos son unos mamones ensimismados que sólo conversan con sus respectivas mesas. Ella le podrá contar sobre cierto general cartaginés a él. Además, si todo sale bien llegarán casi a la par.

     el editor es un idiota

     me imagino

     No es que López no quiera conversar. Tiene muchísimo trabajo y además está mal remunerado. A ella le pagan por inventar historias, o por escribir notas de opinión con respecto a sucesos paranormales. Le pagan más que a cualquier otro escritor porque sus papás eran dos súper estrellas del medio, además de que no necesita dinero. No obstante, hoy se presentó con un artículo sobre los huesos de un supuesto mamut en las orillas de los Alpes, pero a Romina le sonaba a que podían ser los restos del ejército de Aníbal Barca. Una pendejada, dijo su editor.

     escucha esto:

     López le manda un link para Vtopia de KAS:ST.

     Ella pone la canción en loop. Trae los audífonos puestos desde que salió de la Redacción. Nunca ha podido con el ruido ni con la ciudad a flor de piso. Sin embargo a esa hora, media CDMX está esperando en los andenes y sin darse cuenta ahora está rodeada por una infinidad de caras largas con aroma a sudor. Como una recluta más en un ejército regular, musita en su interior.

     ya acabé

     súper

     Romina le manda un corazón negro. Nunca ha sido muy afectiva porque no sabe cómo hacerlo. La tía Wordsworth la crio en por lo menos tres idiomas y un montón de libros de Historia. No estaba preparada para educar una niña y la convirtió en una erudita o así se asimila cuando una situación está fuera de su manipulación. No es que le importe mucho porque ha encontrado la manera de funcionar, de permitir que la arrastre la corriente; claro, hasta que el metro se detiene.

     Romina intenta recordar cuál era la estación que acababa de pasar ¿Juanacatlán o Chapultepec? No podría explicar porqué es importante, pero lo es. Si su orientación no le falla, el búnker está por metro Observatorio, así que López le queda en ese momento a dos o tres estaciones de distancia. Vienen en direcciones opuestas como dos soldados a punto de cargar. Bien podrían encontrarse en Tacubaya.

     Justamente eso le escribe, pero no tiene red.

     ¡Puta madre! Piensa en voz alta y eso desencadena una serie de mentadas colectivas. De silbidos. De impaciencias apretadas que se agitan todavía más cuando se va la luz.

     No mames, musita Romina preguntándose por qué le cagan tanto los taxis de aplicación. Si se la ha pasado pidiéndole a López que se vaya en el carro al trabajo, pues ella lo usa una vez al mes cuando va a la redacción y encima de todo lo jodió. Pero por alguna razón su chico policía prefiere el metro, porque detesta a la gente que usa el carro nomás para ir a trabajar. Su chico policía no tiene miedo a vivir como uno más.

     La luz se enciende de nuevo pero sólo para que una voz distorsionada sentencie que en breve reanudarán el servicio. “Es porque está lloviendo” dice alguien por ahí. Hace rato que Romina se sacó los audífonos, como si con oír lo que estaba pasando pudiera hacer avanzar el convoy.

     Pero no se van a mover. Lo sabe porque le acaban de aventar en la jeta su artículo sobre los elefantes que se negaron a atravesar los Alpes. No era que tuvieran miedo, sino que hay cosas que no van a pasar. Cosas para las que no se nace, piensa poniéndose los audífonos otra vez.

     Está en el loop. No oye nada. La canción va y viene pero ella está enfrascada y siente que se le va la respiración. ¿Te puedes morir por un ataque de ansiedad? Piensa y escribe otro mensaje que no va a salir.

     De nuevo se vuelve a ir la luz. Esta vez no es un apagón repentino sino un corte total. Sí, total. Unos silbatos empiezan a sonar y está vez no es la gente sino los tiras del metro que alumbran con sus linternas el interior del vagón.

     dónde estás?

     El mensaje le llegará mucho después a López. En casa en realidad.

     Romina no se quita los audífonos. No quiere estar ahí. La gente la empuja. Avanzan como bestias siguiendo la luz de las linternas. Hace rato que Vtopia de KAS:ST dio paso al sonido de los zapatos como beats sobre los durmientes y la grava. Qué pendejada, claro que no se trataba de un mamut. Los elefantes de Cartago sabían muy bien que Aníbal Barca no marchaba a la victoria sino a un matadero entre los peñascos y las sombras; sabían que años después encontrarían sus huesos, pero un editor pendejo los habría de ignorar como si nunca hubieran existido que, de cierta manera, era peor que morir por un ataque de ansiedad.

     Ella sigue sin señal. La pantalla ilumina el armatoste de los vagones, quietos como fósiles en un museo del fin de los tiempos. Su corazón está latiendo a mil por hora. Una cosa era enojarse porque no le publicaran algo y otra enfrentarse a las lluvias de la tarde.

     Si están en Juanacatlán no sabe que hará. Nunca ha llegado más allá de Chapultepec a pie. Lo suyo es delimitar una zona segura y no salir de esta ¿Acaso el general cartaginés esperaba que los elefantes supieran escalar? Ahora Romina trepa por las escaleras de uno en uno hacia el andén. Se siente tan pesada como un elefante que no puede respirar. Le llegan los destellos de cientos de celulares que se aproximan al otro lado del túnel como lanzas listas para cargar. Para pasar encima de ella y eso la inquieta.

     ¿Y si los elefantes no se despeñaron sino que decidieron morir como los búfalos antes que preservar su honor? Su corazón sigue latiendo a mil pero sus piernas ya no pueden más. Hace unos minutos se enfrentó a su editor como si tuviera colmillos de marfil. Ahora descubre a lo que López se enfrenta a diario: al insolente latir de la realidad.

     Suena su teléfono. Tiene miedo de abrir los mensajes y descubrir que López ya llegó al Cancino o que la está esperando en algún otro sitio al que no sabe llegar. Así que se deja caer y se aferra a sus rodillas aunque entorpezca el avance del ejército regular. En algún momento deberá pasarse la ansiedad, o no.

     ¡Hey! ¿Qué estás haciendo bebé? Dice López abrazándola.

     Él la reconoció desde el otro lado del túnel. Esperaba que no hubieran parado también a su convoy antes de llegar a Tacubaya. Pero así está mejor.

     Romina se levanta y lo abraza.

     Ya no quiero volver a escribir. Dice.

     Está bien, lo que tú decidas, pero sabes que eres la mejor para mí.


Ilustración por Dhalia Daria (@dhalia_daria)

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