Narrativa

Nocaut (por Pablo Valentín)

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So long so long so long / You were my everything
For you I see / So long so long so long, forgets me.
The Blaze

Seguro te preguntas dónde estuve todo este tiempo, dice Romina acomodando su nuca en una posición que la deje ver el cielo estival, bueno es que tenía un novio, pá.

A continuación le explica a la tumba de Aníbal Rosco que no era un novio en el sentido estricto de la palabra; pero vivían juntos y a ella le hubiera gustado tener un hijo de él. Se me acaba de ocurrir apenas, agrega. A través de su celular se escapa la voz de un comentarista deportivo quien narra una pelea de box. Es una repetición. Ella y su papá fueron a verla en el Madison hace tantos años que cada aniversario siente que viaja en el tiempo. Siente que puede acurrucarse sobre la grava pulida y eso es como acostarse sobre los brazos fuertes del recuerdo de papá.

No podría decirte si las cosas iban bien pero estaba feliz. Tú sabes cómo soy.

En ese momento suena la campana del segundo asalto. Romina recuerda el sabor de la mostaza y cómo se le durmió la nariz, pero no podía dejar de comer hotdogs. Era tan pequeña que nunca había probado un sabor tan fuerte como la emoción de ver a dos hombres molerse a golpes o entender que en un segundo estamos junto a la persona que más amamos y al otro sólo nos queda un vago sabor, como si una lágrima se fugase a propósito en las comisuras de la boca. Hasta que probó la desilusión.

Por ejemplo, esa noche yo no quería pelear con él pero, expone, todo fue culpa de la tía Words. No me malentiendas, ella no hizo nada pero hay veces que quisiera no tenerla cerca, aunque todos sabemos que a veces necesito que alguien me detenga.

La tumba de su papá está ubicada en un panteón novísimo al norte de la CDMX. Se trata de un memorial casi exclusivamente dedicado a él y aunque Romina podría entrar como en su casa, prefiere inmiscuirse furtivamente, evitando cualquier vínculo que su pasado le genere con la sociedad.

No te lo he dicho pero seguro ya lo sabes… él era policía, pá.

Ella lo dice y gira su vista hacia el nombre de la losa como si pudiera leer la expresión de su papá yéndose de espaldas. Ríe. Romina ríe con cierto grado de travesura, culpa e histeria y luego se sonroja. Le cuenta que era guapo. Que le gustaban los ajolotes y también leía los cómics de Hellboy.

Creo que ese era el problema, pá. Él quería ser como tú.

Si Aníbal estuviera ahí, le diría que para empezar debió tirar su placa y olvidar los ideales. Es cierto que todo lo que le enseñó a su hija fueron los secretos para ser feliz con pocas o ninguna cosa, que era totalmente lo opuesto a lo que Wordsworth le inculcó, así que de alguna manera Romina se crio en una dualidad donde lo que tiene e los un espejo de lo que no y, a menudo, siente que esa barrera imaginaria es una metáfora inherente de su condición terrenal. Ella no es la persona ni el reflejo, sino lo que existe entre los dos. Como un embrión que no se decidió a ser morena o pelirroja, si tener ojos verdes o cafés y ni hablar de su sexualidad.

¿Te acuerdas cuando me enseñaste a boxear? Ya sé, ella suspira como si su papá estuviese allí, no le podía pegar ni a mi sombra porque me preocupaba cuánto le iba a doler ¿recuerdas? Suelta lanzando una mirada entre la sombra y la memoria.

Romina extraña de continuo esas cosas. La comida chatarra, la normalidad de la inocencia y los mínimos detalles que le recuerdan su genealogía citadina. Dejó de consumir todo eso y más cuando murieron sus papás. Dejó de consumir todo cuando murieron sus papás. ¿Quién querría revivir en carne propia la ausencia cuando la ausencia misma se alimenta de ti? Piensa. Estaba cansada de alimentar a la bestia dentro de ella. En el fondo sabe que debió pegarle a su sombra una que otra vez.

Sin rodeos, dice, él solamente invitó a la tía Words a cenar. En concreto fui yo la que hizo todo el drama, el infierno antes del amanecer.

Hacía una semana que López intuyó varias discrepancias en el caso del alienígena descabezado. Las constantes visitas a un motel. Dos o tres lujos por encima de lo que ganaban todos los de su raza. Además de una propensa inclinación a escribir. Lamentablemente López no confiaba en la traductora del bunker. Así que le pidió ayuda a la tía de Romina. Elsie Wordsworth había sido una gran detective pero era una mejor lingüista. Ella sentó las bases para traducir la lengua de los marcianos y él sabía que sería una traductora imparcial. Así que las dos personas más cercanas a ella quedaron para intercambiar sus opiniones y también para cenar.

El problema pá, es que la tía se desvive por mí. Si en ese maldito diario estaba lo que él necesitaba, claro que ella lo iba a encontrar, no por él sino por mí.

Suena el tercer asalto. Es su favorito porque aquí papá le explicó que la vida es como boxear, puedes ir perdiendo o ganando, pero todo el rato vas a rebotar sobre tus pies. En cuanto te dejas de mover estas perdido, dijo. La metáfora iba más allá si lo pensaba bien, pues cuando empezaron a hablar del caso ella sorbía de una taza de té sonoramente, ahí en medio de ambos como un accesorio de decoración. Sorber era algo que hacía para molestar a la tía Words. Desde niña le pidió que tomara como una señorita y no como un albañil. Ella replicó que su papá era hijo de uno y ese reto a la autoridad se tornó en el ritmo con que siempre llevaron su relación. Cada una en su esquina sin arremeter.

Sentía que ella no sólo estaba volviendo a educarme sino que ahora lo quería educar a él y no es que eso me enojara, porque en algún momento seríamos una familia feliz, ja, tonta de mí… el problema pá, es que yo no sé cómo convivir.

Sucedía que la confianza no era uno de sus fuertes. Cuando Romina finalmente establecía un vínculo con alguien se volvía una pesada. Hacía bromas sarcásticas y cargadas de ironía y aunque su ánimo no era el de herir, aquella era una prueba de fuego que no más de tres personas lograron superar.

Me porté como una idiota, dice torciendo los labios y acariciando las hierbas que crecen junto al memorial. Por supuesto a ella no le importó, pero él actuó como si de verdad yo la quisiera correr, como si fuera una mierda de mujer. ¿A menudo me pregunto si yo no soy la mala de mi propio cuento, pá?

Resultó que López le hizo llegar una copia del diario del alienígena a Wordsworth. Si bien nadie sospechó, a éste le hicieron saber que no estaban de acuerdo con sus pesquisas más allá del protocolo. Y tenían motivos, pues lo escrito por el marciano eran varias declaraciones de amor, explica ella hablando con las luces que encienden la noche y apagan el atardecer otoñal.

Romina respira y se siente ligeramente bien. En medio del vacío que dejó su papá ella se siente como realmente es. Incluso ahora no sabría cómo reaccionar, asevera. Ha llegado el cuarto asalto como una anécdota sin importancia. Romina se yergue sentada, se acomoda en la losa de su papá y mira el celular. El frío le da de lleno en la cara, irritándola como si una cicatriz volviera a abrirse, ella quisiera llorar, pero no, aún no.

Le cuenta que sólo se le ocurrió decir “Te supera, este caso te supera, amor”. No lo hice con mala intención pá, complementa, es que todo se estaba tornando tan serio que me asusté. Tú y mamá siempre hablaban en voz baja cuando algo no iba bien y esa noche la tía Words y él bajaron tanto la voz que sabía que algo no iba bien. Entonces, Romina exhala sin inhalar, me burlé de él. Le dije que si de verdad estaba listo para algo de esa magnitud, por qué no hablaba el idioma de los marcianos, por qué no tenía ningún respaldo, que la tía sólo le ayudaba gracias a mí, que… que jamás iba a ser como tú.

Por supuesto Romina se refería a que no ella no necesitaba a un ídolo de las masas, sino al sujeto tranquilo que le hacía el amor todas las noches, al que casi nunca le alcanzaba para pagar la cuenta. Ella necesitaba al López que le hizo de cenar a la tía Words. No le importaba si mañana o pasado le cortaban la cabeza a alguien más, ninguna cabeza valía su felicidad.

¿Soy una egoísta, verdad? Llega el quinto asalto y Romina suelta: la cagué, pá, la súper cagué. Cuando nos fuimos a acostar, trató de hacerme entender lo mucho que le importaba mi apoyo pero yo sólo respondí que ya no me iba a dormir con él. Es decir, tenía tantas cosas que pensar, un maldito crimen pasional por resolver y yo sólo estaba encaprichada para que renunciara. Mierda pá, todavía me dijo que si era lo que yo necesitaba estaba bien y yo me di la vuelta y sólo dije “ajá”. ¿Sabes que ya no volvimos a hablar?

Romina toma una de las piedras pulidas de obsidiana, la tumba de su papá es como una pirámide contemporánea con una calzada de rocas cual lágrimas negras o letras en una máquina de escribir.

Ella le cuenta que según el diario del marciano, este se estuvo acostando con la jefa del departamento de policía. No era un romance casual. Era algo íntimo, casi lindo desde la perspectiva del extraterrestre; Romina lloró cuando terminó de leer la traducción, pero estaba sensible, hubiera llorado con lo que sea, argumenta tratándose de defender. La tía Words creyó que la podía esconder de mí en los cómics de Hellboy, qué tonta ¿acaso no sabe que ojo de loca jamás se equivoca? Nadie puede huir de amor, con cabeza o sin ella.

Romina cree que antes de dar un paso legal, López trató de hablar con su jefa, hacerle entender que no estaba mal. Si ella de verdad quería al marciano, qué le importaban los humanos, argumenta pasándose la piedra entre los dedos, sintiendo como se le agitan los nervios.

La pelea de box llega al séptimo encuentro desde su teléfono.

¿Qué tan dañino puede ser el amor, pá? Mi psicoanalista ha tratado varias veces de abordar mi manera de relacionarme desde la dinámica que tuve contigo, le he mentido tantas veces que he llegado a creer que tú tienes la culpa, pero no es así. Nadie se debería sentir mal por amar a una loca con el cabello bicolor o por buscar el abrazo paternal de alguien como tú o sentir un placer intergaláctico con un marciano… hoy me levanté pensando que yo lo maté. Que mis acciones lo llevaron a querer ser así… que yo también le hubiera cortado la cabeza a su jefa con tal de que nadie lo supiera porque, si de verdad quería mantener en secreto su romance ¿no debió de matar al secreto mismo? ¿No debió desterrarse ella sola de la tierra y aceptar que coger con un alienígena estaba bien? El punto pá, es que mientras a la gente le da miedo exhibir su singularidad, yo por fin era feliz gracias a él.

Llega el último round. Aquella noche se definió en el noveno asalto. A Romina le resulta increíble lo poco que dura una pelea de box. Años y años de preparación para evitar que todo se acabe de un nocaut. Papá le dijo que ese boxeador había perdido una y mil peleas por decisión unánime hasta que el hartazgo lo llevó a dejar de pensar en las reglas y ganar por un uppercut. ¿Tú sabías que iba a ganar? Le preguntó Romina de chiquita. Sí, dijo Aníbal, tarde o temprano todos dejamos de perder.

Eran las diez de la noche cuando la tía Words me llamó, continúa Romina. Por un segundo creí que tendría la oportunidad de redimirme. Recibirla con una copa de vino y decir él aún no llega pero no debe tardar. Dejarlos hablar del asunto del marciano mientras yo lavaba los platos o algo así. Romina inhala. Romina exhala. Cuando la vi sola lo supe. Tenía esa cara, esa maldita cara que pone cuando piensa que está siendo dura, que es un puto témpano de hielo y que puede manejar la situación. Lo sé pá, porque es la misma cara estúpida que pongo cuando me estoy diciendo mierdas en el baño, es la puta cara que puse antes de venir a verte, es la misma cara de mierda con que le dije que era su culpa, que nunca debió de alentarlo a seguir con el caso. ¿Hace cuánto que se retiró? ¿No podía quedarse ahí, al margen de todo, como la pinche anciana que es? ¡Claro que no! ¡Tenía que ayudarlo! Tenía que ayudarlo a ser el hombre que él creía que yo necesitaba y lo peor ¡yo también debí! Yo también tenía que ayudarlo a crecer, pá. Carajo ¿cómo podían tú y mamá con todo esto?  ¿Cómo se convirtieron en las personas que fueron? ¿Porque sabes que hizo la tía Words? ¡Me cacheteó¡ ¡La maldita tía Words nomás me cachete para que dejara de gritar!

Al unísono, la afición de la pantalla celebra la victoria y el eco de la grabación rebota por las paredes lisas del memorial. Sería el momento perfecto para llorar. Pero aún le queda mucho psicoanálisis, mucho dolor delante. Pero en ese momento Romina es una niña, una niña solitaria en la tumba de papá.

¿Tú también me habrías pegado, pá? ¿Era necesario hacerme sentir un dolor real?

El empleado que se encarga del lugar la escucha claramente, como si también le hubiera hablado a él. No es la primera vez que la deja estar ahí. Para éste la hija de Aníbal Rosco es como una gata que entra a hurtadillas para sentirse a salvo en esa caja vacía que es el memorial; no obstante esta vez le preocupó verla tan descompuesta, como si esa gata hubiera perdido una pelea. Pues aunque Romina se veía terrible por fuera, el moretón en su mejilla ni de lejos reflejaba el dolor de su interior.

 

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