Narrativa

Nocturne II: Aria (por Mariana García)

Una caja.

Una caja hecha de cuero desgarrado y bordes desgastados yace frente al campamento. Al abrirla encontramos cuatro lanzas de punta metálica y una pequeña nota.

Cuídense de los aullidos

La discusión fue inmediata, ¿quién nos había dejado esto?, ¿qué quiere decir esa frase? Los nervios tomaron el control del grupo. Cada uno queriendo dar su opinión a gritos.

—¡Chicos! —Samuel alzó la voz para acallarnos, el resto sólo le miramos expectantes—Gritando no vamos a llegar a nada, cada uno va a hablar cuando sea su turno.

—Bien —murmuró David, tomé su mano para evitar que siguiera lastimándose con sus uñas. Sólo hacía eso cuando estaba ansioso por algo.

—Deberíamos mover el campamento —habló Calíope tras conseguir permiso—. Quien nos mandó la caja claramente nos estaba amenazando.

—O estaba advirtiéndonos —replicó Samuel, su vista en la caja—. ¿Para qué avisarnos si nos va a atacar?

—¿Diversión? —mi vista también estaba en la caja— nos visten con uniformes fáciles de detectar, tienen una torre en medio de la isla como tentación y nos dan armas. Concuerdo con Calíope, esto es una amenaza.

—No creo que movernos sirva de algo —David parecía haber salido de su atontamiento—; si saben dónde estamos es posible que algo nos este observando.

—No tienen que ser los malos. Puede haber mas sobrevivientes que quieren ayudarnos —no me sorprende que Samuel quisiera ver el lado positivo de la situación.

—¿Y porque no vinieron ellos en persona? —podía ver que Calíope estaba totalmente concentrada— No tiene sentido que dejen una caja con una nota.

—Si nos van a atacar tenemos que movernos a un lugar en el que podamos tener una ventaja —la mirada de David estaba en una de las lomas mas altas, a unos kilómetros de nuestra posición—. Si vamos a una pendiente lo suficientemente alta podemos usarla a nuestro favor.

Todos volteamos a esa pequeña montaña, él tenía razón. Las armas que nos dieron no iban a ayudar mucho.

—¿Todos de acuerdo? —Samuel rompió el silencio unos segundos después.

Todos asentimos antes de empezar a empacar las pocas cosas que conseguimos en la semana. Antes de irnos decidí dar otra mirada a la caja, toqué el fondo de esta hasta que encontré un pequeño lugar donde podía levantarse y dentro de la compuerta encontré un arco con una docena de flechas en un pequeño carcaj para la cintura. Tomé el arma notando que en la esquina había otra pequeña nota:

“Encontraron el regalo extra. Suerte”

Llegarán cabalgando la oscuridad por nuestra carne,
¿Será que al fin encontraremos eso que tanto ansiamos?

El atardecer es uno de los momentos más increíbles del día. Por unos minutos el cielo se tiñe de rosa, una cauta despedida que el sol nos regala, una paz efímera antes del vacío.

Pero hoy esa paz es turbada por el miedo, cuatro pares de ojos atentos al follaje bajo nosotros, cuatro respiraciones al unísono, en un vago intento de mantener la compostura. La cercanía de nuestros seres queridos siendo el ancla necesitada.

—Prométeme que no vas a sacrificar tu seguridad por la mía —susurró a David, su brazo rodeando mis hombros es todo lo que necesito en este momento. Sus ojos oscuros y su sonrisa boba.

—Sabes que no puedo hacerlo —me regala una caricia tan suave como el tacto de la seda contra mi piel.

—No quiero perderte —mi voz se rompe un poco mientras jalo su cuello para juntar nuestras frentes—. No puedo perderte.

—Yo tampoco, es por eso que haré lo que sea para mantenerte a salvo —nuestras respiraciones se encuentran creando una burbuja perfecta.

—Por favor.

Él termina la distancia entre nosotros para tomar mis labios entre los suyos. Me encuentro con esa suavidad, ese sabor tan familiar teñido de necesidad y algo parecido a una despedida. Puede que este sea la ultima vez que nos veamos por lo que dejar en claro nuestro amor es fundamental.

Nuestro momento termina tan rápido como empezó. Los cuatro nos juntamos, todos en un círculo. Me dirijo a Samuel.

—Si… alguno de nosotros no lo logrará —suspiro, es difícil hablar de esto. Sé que el sabe que tan importante es para mí, aunque no siempre lo demuestre—. Quiero darte las gracias por todos los años de amistad, no se qué haría sin la otra mitad del dúo dinámico.

—Gracias a ti también —da un pequeño apretón a mi hombro—. Pero no es necesario una despedida, todo va a salir bien.

Rio un poco, negando con la cabeza antes de atraerlo a un abrazo. Son pocos los momentos así entre nosotros, pero necesarios para saber que siempre estaremos para cuando el otro lo necesite.

Es entonces cuando termina la calma antes de la tormenta.

El sol se oculta, como si fuera la señal que estaban esperando los aullidos comienzan. Con una ultima mirada todos nos ponemos en posición. Subo a una roca alta con el arco en mano mientras que mis compañeros se colocan en fila, lanzas preparadas.

La primera oleada no tarda en llegar. Cuatro bestias aparecen de entre los árboles; su pelaje plateado brillando a la luz de la luna, ojos carmesíes se posan en nosotros con una mirada hambrienta. Con un gruñido se lanzan contra nosotros.

La primera flecha se encaja en la pata de uno de ellos, haciéndolo tropezar antes de llegar a su destino. Calíope lo empuja para que caiga al vacío. David se escabulle de la bestia que lo ataca, encajando su lanza en donde puede.

Un gemido de dolor destaca entre los sonidos de la pelea cuando por casualidad logro darle a uno de ellos en el ojo, le da a Samuel el tiempo necesario de empujar a otro hacia el abismo. Calíope se encarga del herido apuñalándole el otro ojo, al verse en desventaja termina corriendo hacia el bosque de nuevo.

Un aullido lejano me indica que David tiró al último, nos da unos segundos de descanso. Samuel tiene una cortada en su brazo que deja un charco de sangre a sus pies y David una herida en su frente haciendo que la sangre caiga en su ojo derecho.

—¿Eso es to…?

Dos cosas más salen de la jungla. Son oscuras y humanoides, fauces llenas de colmillos que secretan saliva y garras largas.

—Mierda.

Lanzó una flecha hacia el más cercano, este la toma con sus garras rompiéndola a la mitad. Sus ojos se encuentran con los míos llenos de oscuridad paralizante. No puedo respirar, nauseas repentinas hacen que caiga sobre una de mis rodillas y sostenga mi estómago y aun así no puedo apartar la vista mientras siento como se entumecen mis manos. Intentó tomar algo de aire, pero nada pasa, solo puedo soltar pequeños jadeos. Mi vista se oscurece.

Una lanza se entierra en el pecho de Eso, tomó una bocanada de aire. La presión en mi cuerpo desaparece, pero vuelve cuando veo quien fue mi salvador. David se bate en duelo, esquivando lo mejor que puede las garras.

—¡No los vean a los ojos!

Samuel y Calíope están peleando contra el otro, empujándolo lentamente hacia la orilla de la montaña. Lanzó una flecha hacia la espalda del que se enfrenta a David lo que lo distrae por unos segundos, el grito que lanza es estremecedor, otra flecha se clava en la parte de atrás de su rodilla al mismo tiempo que David corta su mano.

Parece que tenemos la pelea ganada cuando una de las bestias anteriores arremete contra él, rasguñando su brazo con la punta de las garras. Mi flecha se clava en su costado, pero no es suficiente, ahora tiene a las dos creaturas encima. Saco mi lanza y corro hacia el interponiéndome justo en el momento del golpe.

Grito de dolor al sentir las garras de la bestia humanoide en mi costado, encajándose lo más profundo que pueden. Evito sus ojos cuando mi lanza se clava en su pecho seguido de una lanza en medio de sus ojos lo que por fin lo saca de combate. Caigo sobre mi lado sano intentando tapar la herida, los sonidos de la batalla se escuchan cada vez mas lejos. Mi cuerpo tiembla cada vez más, apenas siento como alguien me toma.

—Mantente despierta —me ordena una voz rota, distingo las sombras de una cara—. No te atrevas a dejarme.

Pero es demasiado tarde.

Cuando la tierra se tiña de sangre,
caeremos al abismo de los héroes olvidados.

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