Narrativa

Nocturne: Obertura (por Mariana García)

¿Dónde estoy?

Seguía sintiendo el velo de la inconsciencia sobre mí, apenas siendo consciente de los sutiles detalles a mi alrededor. Un hálito acompañado con un olor salino y terroso, los cantos lejanos de las aves y la textura escabrosa bajo mis palmas.

Abrí los ojos, frente a mi había una bahía. Las olas golpeando rocas con delicadeza, mojando la arena. el agua se notaba impoluta. Pocos mares se mantenían de esa forma en la actualidad, al volverme hacia el gorjeo de las aves me encontré con una selva, a simple vista se alzaban enormes palmeras. Al parecer estaba solo.

No fue hasta que me levanté, que noté la ropa que llevaba. Una camiseta blanca, una cazadora negra con hebras de estampado reflejante a lo largo de las mangas, un pantalón de nylon gris y unas botas oscuras de piel. Amarré la cazadora a mis caderas antes de empezar a caminar, si alguien me había cambiado de ropa tenía que haber más gente en el lugar. Sólo esperaba que ella estuviera a salvo.

Primero encontré a Samuel andando por el borde del mar, su ropa igual a la mía. Cuando alzó la vista y me ubicó no tardó en aproximarse con una sonrisa.

—David —chilló a lo lejos, alcé una mano para saludarlo. Al llegar frente a mí me observó con atención, frunciendo el ceño— ¿Encontraste a alguien más?

—Aún no, acabo de despertar. Puede ser que seamos los únicos —intento buscar huellas o alguna prenda con reflejante cercana, pero no tengo suerte.

—Deberíamos buscar, no podemos dejar a alguien solo en este lugar.

Samuel parece estar buscando lo mismo que yo, su melena rizada se balancea con la corriente tapando la mitad de su cara. Sus ojos reflejan consternación, probablemente planteándose la posibilidad de que hubiera alguien más aquí en peligro.

—Vamos entonces —sin decir palabra empezamos a caminar, examinando nuestros alrededores.

No pasa mucho tiempo antes de encontrar a la tercera persona, esta está recolectando ramas. Su atuendo es exactamente igual al nuestro, con la diferencia de que está hecho para una chica, lleva la capucha de la cazadora por lo que no hay manera de identificarla a primera vista. Nos acercamos a ella.

—¿Hola?

Cuando voltea sé exactamente quién es, cabello corto y ceniciento, ojos verde lima un poco rasgados. Sin previo aviso me precipito hacia sus brazos, ella me recibe gustosa y nos fundimos en un abrazo apremiante.

—Elina…

—Estas aquí —esconde su cara en mi pecho, apretando la tela de mi playera con fuerza como aferrándose a algos —estaba preocupada.

—No lo estés —susurro, dejando un beso efímero en su frente.

Cuando nos separamos, ella voltea a ver hacia Samuel quien parece preocupado por algo. No deja de ver alrededor con impaciencia.

—Samuel —Elina se acerca a él, cautelosa. Pero nuestro amigo no sale de su mundo hasta que la palma de Elina se estampa contra la parte de atrás de su cabeza—. Haz caso.

—¿Eh? —se soba el golpe, se tarda un segundo en darse cuenta de la situación y jalar a la chica en un abrazo— Me alegro que estés bien.

Elina devuelve el abrazo con un poco de incomodidad antes de separarse y verlo a los ojos unos segundos. Ellos se conocen desde que eran niños, así que saben lo que les preocupa con facilidad.

—Estoy segura que ella también está bien —murmura mientras aprieta el brazo de Samuel con moderación.

—Si está aquí, vamos a encontrarla —me uno a ellos intentando tranquilizarlo con una sonrisa, él sólo niega con su cabeza— aunque tengamos que revisar hasta la última piedra de este lugar.

—Gracias chicos —nos ve enternecido unos instantes.

—Si continuamos en este camino podemos encontrarla —propone Elinas—. En algún punto tendremos que dar una vuelta a toda la isla. Cuando la encontremos, si es que está aquí, podemos empezar a explorar.

Los dos asentimos, extiendo mi mano hacia ella y la toma al instante. Unos minutos después Samuel divisó algo que brillaba con la luz del sol, sin previo aviso salió corriendo hacia el destello. Lo seguimos con calma, el destello resultó ser a quien buscábamos. Una chica de cabello corto de un vibrante celeste, inconsciente. Nos quedamos al margen mientras Samuel la despertaba.

—No es casualidad que de la noche a la mañana los cuatro aparezcamos en una isla aparentemente desierta —susurra Elina a mi lado, nuestras manos continúan entrelazadas.

—No —veo hacia la jungla, arboles altos entrelazándose hasta el infinito—, menos con un uniforme que nos hace fáciles de identificar.

Al parecer Samuel logró despertarla. La ayuda a levantarse y juntos se unen a nosotros.

—Me alegro que estés bien, Calíope —saludo antes de darle una palmada amistosa en su brazo.

—Samuel se volvería loco sin su otra mitad —bromea Elina mientras hace un pequeño movimiento con su cabeza en forma de bienvenida

—¿Y tú no? —Samuel abraza a su pareja de los hombros. Elina sólo concuerda haciendo un sonido.

—¿Alguien sabe qué es este lugar? —pregunta Calíope examinando su entorno.

A lo lejos se escucha un aullido, un sonido de algún animal cazando. Una parvada de pájaros sale volando de algún punto dentro de la isla. Los cuatro nos vemos; Samuel parece confundido, Elina es una mezcla de interés y miedo, Calíope tiene una mirada de concentración y yo… me mantengo con una expresión que espero que sea impasible, pero algo me dice que en esta isla hay algo muy peligroso.

—Necesitamos un lugar donde pasar la noche —dice Calíope después de unos momentos de pausa total.

—Lejos de donde despertamos —propone Samuel.

—Pero sin acercarnos al centro de la isla. Ese rugido debería ser suficiente advertencia —cuando termino de hablar noto que Elina está concentrada viendo una loma cercana.

—Vamos allá —señala—. Tenemos que ver que tan grande es la isla y si podemos encontrar algo útil desde arriba.

Empezó a caminar momentos después. Calíope y Samuel se miraron con duda antes de encogerse de hombros. Por instinto terminé siguiéndola.

Al llegar a la punta estamos resollando un poco. Cierro los ojos mientras recupero algo de aire, escuchando la marea del mar y el viento azotar las hojas de los árboles, creando una canción relajante. La isla resulta ser más grande de lo que pensábamos, apenas se ve el final de esta al horizonte. Parece haber pequeñas lomas repartidas por el lugar, el follaje es tan denso que apenas se distingue lo que esta abajo. Pero lo que más resalta es lo que hay justo en el centro. Una torre de lo que parece ser metal, justo arriba de esta se concentran nubes oscuras.

—¿Qué demonios?

—Ese lugar debe tener las respuestas —murmura Elina, moviendo los ojos en búsqueda de algo útil.

—Primero vamos a la cascada —señalo a un punto a la derecha, la punta de una cascada que se alcanza a ver.

El camino hasta la cascada fue algo largo, un proceso de apartar plantas y esquivar sonidos sospechosos, cuestionar si el camino que estábamos tomando era el correcto. Pero finalmente escuchamos la cascada a lo lejos.

—Chicos —Samuel se para al final del grupo—. Hay una cueva aquí.

La primera en ir con él es Elina, curiosa de lo que encontró. Calíope me da una mirada cautelosa antes de ir con su novio y yo los sigo al final, quedándome un poco atrás para estar al pendiente de los alrededores.

—Tenemos que ver si hay algo útil, o al menos sirve como guarida —Elina empieza a caminar sin avisar, como es su costumbre, no nos queda de otra más que seguirla como grupo. Todos alerta de lo que pueda suceder.

La entrada de la cueva es pequeña, apenas lo suficientemente grande para que nosotros podamos pasar. Adentro un pasillo estrecho nos espera, las paredes humedecidas, nuestros cuerpos bloquean la mayoría de luz mientras intentamos avanzar. Estoy al final del grupo siendo guiados por Calíope.

Al terminarse el pasillo una sala con forma de cúpula nos espera, pequeños agujeros en el techo de la cueva le dan la iluminación suficiente para ver algunas secciones. Camino pegado a las paredes para no perder el soporte mientras busco algo que pueda ser útil. Elina se va por el centro, Samuel del lado contrario al mío y Calíope se queda en su lugar observando.

Un crujido retumba en el lugar, haciendo que el eco golpee en las paredes. Volteo para ver a mis pies donde yace un hueso roto, alzando un poco la mirada encuentro una torre de huesos apilados. Algunos cráneos destacan… cráneos humanos que descansan en el suelo de piedra.

—¿Qué fue eso?

Pregunta una voz que suena lejana, mi vista no puede apartarse del cráneo partido. Aún pueden notarse pequeñas manchas oscuras… no somos los únicos humanos que han pasado por este lugar, que han pisado esta cueva y probablemente muerto en ella.

Siento el toque de alguien en mi hombro, Elina me ve preocupada. Abre la boca para decir algo, pero un siseo le interrumpe. El sonido viene de encima de nosotros, de reojo puedo ver una sombra deslizarse entre las rocas. Tomo la muñeca de Elina para alejarla de los huesos, caminando lentamente hacia el pasillo de salida, de reojo veo como Samuel hace lo mismo.

Un par de círculos brillantes aparecen encima de los huesos, brillando con destellos amarillos, silbando. Aun con la poca iluminación puedo ver las curvas de un cuerpo alargado.

—¡Corran! —gritan Samuel y Calíope al mismo tiempo.

Con las palabras todos parecemos reaccionar, la creatura se lanza hacia nosotros mostrando sus grandes colmillos al mismo tiempo que empezamos a correr hacia el exterior. Me cuesta no tropezarme con las pequeñas piedras del camino, mi corazón martilla contra mi pecho a gran velocidad y la punta de mis dedos está entumecida. El siseo y sonido de arrastre nos persigue hasta el final del pasillo.

La luz del sol me deslumbra a la salida, me lanzo contra la tierra húmeda y volteo hacia la entrada de la cueva. Ese animal para en el umbral de la luz, viéndonos con las fauces abiertas, moviéndose de un lado al otro en busca de un espacio para avanzar. Al parecer no lo encuentra pues no se mueve ni un centímetro más.

Volteamos a vernos al unísono. Nuestras miradas de acuerdo con una cosa.

Este no es un lugar normal.

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