Narrativa

Nubes con forma de dragón (un cuento de Pablo Valentín)

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Sometimes we see clouds that draconish…
Shakespeare

¿Podrías elaborar más al respecto? Pregunta David.

Romina piensa su nombre en inglés. Siempre lo hace. No sólo porque David sea gringo sino porque para ella es mejor elaborar las cosas desde otro lado, mantener cierta distancia entre lo que piensa y lo que pasa.

¿Te refieres a los ajolotes o estamos hablando de López? En realidad esa semana no se siente mal por culpa de él sino por cosas más triviales o así lo cree. Es decir, tengo treinta años, a los treinta mi papá y mi mamá ya me tenían a mí, por ejemplo.

Hum.

            O sea, si lo pienso López quería tener hijos. Estábamos en el bosque de Chapultepec dándole de comer a los patos cuando me contó que de niño sus papás lo llevaban el día de reyes a jugar con sus playmobil, yo le pregunté si le gustaban los niños.

Romina, la semana pasada me dijiste que no te veías como mamá…

No. No sin él.

David anota en su libreta. A ella le da curiosidad esa libreta pero también es algo que la aterra. El otro día se desveló adivinando si llevaba su caso en inglés o en español. Cuando inició la clínica, creyó que un psicoanalista gringo era mejor que uno mexicano porque no le iba a entender completamente. Creyó que podría engañarlo, omitir determinadas cosas o simplemente hablar como lo hacia ella. Tirar sus frases cargadas de vocablos pretensiosos y de un español superior. Pero no. En realidad David la conocía más en cuatro meses de análisis de lo que alguna vez López la entendió.

Háblame de los ajolotes.

Romina resume seis años de relación en un hecho concreto: se están extinguiendo.

La primera vez que salimos me llevó a Xochimilco, dice como escribiendo en su diario. Nunca lo confesé pero me cagaba el olor a lodo, las plantas y todo lo que tenía que ver con esos animales babosos. Me contó que los primeros exploradores dibujaban animales fantásticos con la leyenda Hic sunt dracones cuando llegaban a un territorio sin explorar. Que el propio Humboldt dibujó un ajolote con forma de dragón en un mapa que bien podía ser irreal. Lo besé para que se callara. En realidad quería darle un beso y decirle lo nuestro no va a funcionar. Salir corriendo como siempre, pero en lugar de eso adoptamos uno. Sabes, era negro, ciertamente feo y no me pareció nada mágico como escribió aquel argentino en la época del boom.

Pero el problema con López era la magia. Su presencia más allá del tiempo y sus convicciones. Así lo sentía ella. Así lo quería ella. Es cierto que con él no podía hablar de nada, le explica Romina a David; era más fácil tirárselo, verbalizar sus emociones con los fluidos y su piel, porque ella se sentía una estúpida frente a éste.

Hmmm. Romina, habías comentado que a veces te sientes superior al resto de la gente…

No me siento, lo soy…

Romina tiene una rara mutación, su cabello es rojo y negro a la vez. López le decía Romina Pelo de Gato. Sus ojos son cafés oscuro, pero los circundan destellos de color verde que se agitan como relámpagos en el pantano de sus iris. En cambio López era insoportablemente común. No a la manera de un hombre promedio, sino con una humanidad que rayaba en lo poético. Apenas había terminado la universidad, le gustaban los ajolotes y Romina. Era policía pero no un hijo de puta, un detective con un código moral. Nunca fueron novios en el sentido estricto de la palabra pero vivían juntos. De vez en cuando cogían y criaban a diez ajolotes en una pecera que bien podía ser más grande que su departamento en Polanco; claro, desde una perspectiva animal.

Es decir, ellos morirán y en su pecera nunca vivirán otros ajolotes. Son los últimos de su especie. Cuando desaparezcan alguien escribirá una nota, dirán cosas tristes, heroicas, pero cuando yo fenezca alguien ocupará mi piso, quizá hasta follen en mi cama y no dirán nada. De hecho, para esta mañana ya sólo sobreviven dos.

David se sorprende. Sólo levanta las cejas detrás de su armazón de carey, pero su reacción es tan evidente que la atmósfera se transforma.

Mueren sistemática, apaciblemente. Del menor al más grande. Como si supieran su lugar en el mundo, explica.

¿Cuál es tu lugar en el mundo, Romina?

Silencio.

Ninguno, ella responde.

A menudo David le pregunta sobre su manera de relacionarse. Ella se ha inventado dos o tres parejas sexuales. Conocidos suyos con quienes ha tenido ganas de hacerlo, pero que son rápidamente descartables. Con López no usaba condones. Pudieron quedar embarazados en cualquier momento. A eso me refiero, dice exaltada, pudimos empezar juntos una raza de súper humanos, una tribu de mutantes con cabellos de colores pero…

Romina no puede llorar. Ni siquiera recuerda cómo es eso.

También nosotros estábamos muriendo, dice.

Romina está triste. Ella piensa que así la define David. Siempre ha creído que la melancolía y los trastornos reales sólo le dan a las personas comunes, a quienes se merecen algo extraordinario más allá del fantasma de la cotidianidad. La gente importante sólo padece problemas prescindibles, como estar triste.

¿Crees que la muerte es algo prescindible?

La mía sí. Porque yo sólo era importante para López. Yo era de él. Nadie más podía tocarme.

David ya lo sabía. Sabía que Romina sólo tuvo sexo con López. Que a los veinticuatro tuvo su primera vez. Que cada tanto ella iba a dejarse besar por él. Que ella era como la pecera de los ajolotes: un departamento que bien podía ser el mausoleo de una especie. Le constaba también que no habría un bebé con pelo de gato como ya no habría más ajolotes retorciéndose en los charcos, según la ciencia en unos años. David sabía que Romina tenía que decir adiós.

Silencio.

De cualquier manera habría sido una mala madre, continúa. Lo único que debía hacer era cuidarlos. Mantener vivos a los estúpidos batracios como si fueran los hijos de él. Pero los he dejado morir. Desde el más vulnerable hasta el más fuerte.

Ella siente que traiciona la memoria del único hombre que la ha visto desnuda. De aquél que acarició los dos colores en su pubis, como las branquias de los ajolotes revelando su verdadera identidad estéril.

Entonces lo siente. Lamenta que sea así. Tras meses de estar hablando con un gringo cincuenta minutos a la semana y decirle al diván todas las cosas que no le dijo a él, enuncia en el vacío un “te amo”.

Lo dice en voz alta y se despedaza.

Dejé de darles de comer, confiesa. Dejé de lavar la pecera, quería que se murieran, sentirme culpable y lacerarme. La noche que murió, Romina no quiso ir por la comida de los ajolotes. Le dijo que fuera él saliendo del trabajo. Se sentía en un rol de pareja tan arraigado que podía pedirle cosas de ese tipo. Hacía tanto que adoptaron a los demás que no podría  asegurar cuándo fue que de uno se hicieron diez. Hacía tanto que vivía con él que no necesitaba decirle que era su novio para acostarse en su cama. Hacía tanto que él salía a resolver crímenes serios que era imposible que lo mataran.

¡Le aplastaron la cabeza con una piedra! Grita Romina dejándose caer en las manos de la histeria.

Ha dado la hora con 59. David no la va a correr. Romina saldrá por si sola y verá al otro paciente en la sala de espera mirándola con sus ojos de melancolía, con su TLP, o con cualquier otro dolor clínico. Él paciente sólo verá su pelo de gato y pensará que por su culpa tendrá diez minutos menos de sesión y que todos los pacientes tendrán diez minutos menos de su vida y que llegarán tarde a sus citas después del analista y sólo así se da cuenta de que su vida al fin ha repercutido en otras vidas.

Al llegar a casa Romina saca a los ajolotes. Los echa en un tóper y sale.

Maneja con lágrimas en los ojos. No puede dejar de llorar. Son cuatro meses de lágrimas que le humedecen la blusa, mientras el aire lástima sus pezones, su cabello enmarañado, sus ojos como tierra de pantano.

Conduce hasta Xochimilco y baja.

Ahora es un lago casi seco. Es como si la tierra misma decidiera no tener más hijos. Como si la tierra también fuera una milenial negándose a parir. En cambio López era menos pesimista. Creía que el siglo 21 era terra incognita. Que como los primeros descubridores el mundo aún estaba por encontrar nuevos peligros, erigir otras sociedades, nuevas formas de perdurar en el espacio.

Romina avanza hasta la chinampa más profunda que queda y los tira. Los ajolotes se pierden negros en el fondo. Saca una tabla para picar verduras y con un esterbrook escribe: AQUÍ HAY DRAGONES.

La clava.

Romina dice algo que suena como un adiós perdido entre la oscuridad y se va.


Pablo Valentín, Ciudad de México 1987. Escritor, traductor y guionista. Autor de la novela pulp Algol (Colecciones Lado b, 2018).

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