Narrativa

Quisiera haberle dicho «por favor, dame color» (por Bruno Bellmer)

Al ceñirse la noche sobre nosotros sólo podíamos concentrarnos en la cocaína que aspirábamos, la que habíamos respirado durante toda la noche y ahora sólo iba en los ferrocarriles de nuestro espíritu. Las luces de la ciudad nos recorrían los rostros y pensábamos en cómo debíamos pensar; el viento soplaba levemente y el silencio nos envolvía hasta que llegamos a una calle oscura del Centro Histórico. No sabíamos dónde estábamos, el último recuerdo era haber salido de una cantina, luego pisar por media hora todo el Eje Central mientras cuchicheábamos sobre música. Quizás Vizcaínas era nuestro paradero. Nos sentamos en una jardinera y nos pusimos a hablar sobre lo radiante del sobresalto al darnos cuenta que seguíamos perdidos en la inmensidad de la madrugada.

     Henchido de mí mismo sólo vociferé lo ajeno que me resultaba el sentirme de tal modo, tan errante, en constante caída, y luego, cuando casi me estampaba en el suelo… sólo era un salto bungee y me regresaban a la Tierra.

     Andrés soplaba palabras incoherentes, parecíamos hablar cada uno nuestro propio idioma, sin embargo, respirábamos el mismo aire, a través de la misma garganta.

     El efecto de la noche me tenía un poco fastidiado, así que le dije a Andrés que me prestará su cartera, en ella tenía la grapa de nuestra supervivencia. Arraigada a nosotros, la cocaína nos hacía sentir inmortales. Nos escabullíamos de vez en vez al cementerio de las cantinas a emborracharnos y sentirnos vivos, aunque después atareados, incomunicados, suspendidos en un momento único en donde los sueños significan sustraer el humo que se resguarda en la boca del silencio. En mis entrañas había llamas creciendo. Andrés me repetía que en vez de estar sentados allí, exponiendo nuestros seres a la oscuridad fuésemos a alguno de esos sitios con terraza a donde se suele ir a perrear o al menos, ver perrear. Tras su insistencia accedí y caminamos nuevamente. Me di cuenta que tenía las botas mojadas. Nunca recordé en qué momento mis pies entraron en agua, quizás los terribles charcos que exigen un poco de nosotros, de manera cósmica las consecuencias iban tomando el volante una vez más, pero se lo arrebataríamos, aferrándonos a extraviarnos entre la gama infinita que representa el vivir lejos de la realidad.

     Llegamos haciendo un escándalo.

     En estos lugares dejan entrar a quien sea, con tal que consuman y paguen. Antes de entrar, estando en el elevador volvimos a inhalar un poco del polvo. Pensé en temblores, que si llegaba a temblar seríamos los primeros en morir. Pasarían por encima nuestro. El sujeto que nos ofreció la “terraza” con vista al Palacio de Bellas Artes sólo se limitó a decir:

     —Que no te vean haciendo eso. O te van a sacar.

     Andrés estaba más cuerdo entonces, se puso más prudente y me limité a seguir sus acciones por breves instantes. Yo seguía pensando en terremotos. Mi cabeza daba vueltas.

     Para continuar ejercitando la garganta solicitamos cerveza y shots de tequila. Primero bebimos el tequila, no sabía bien, parecía más bien rebajado, a Andrés no le hacía mucha diferencia porque no es un excelente bebedor.

     —Va a temblar, estoy seguro que va a temblar y nos va a cargar la mierda —dije no sé cuántas veces al ritmo del perreo, luego la salsa se aglutinó de manera enferma, yo sin saber qué hacía allí, en un ambiente ajeno a mí.

     Andrés bailaba. Yo bebía cerveza y pensaba secretamente en cómo necesitaba salir de ahí. Huir y recobrar las fuerzas que me quitó la noche. Cautivo de mis miedos dejé de cavilar por un instante, seguí bebiendo. En mi pantalón había manchas vagabundas de amor. El amor inquieto en el bolsillo, atormentándome, picando mi carne. ¿Estaba enamorado?

     Bajo la autoridad de la música a reventar la libídine excedía sus límites, se olfateaba, en enfebrecida situación me imaginé cómo un terremoto acabaría con todos nosotros. A traición tomaría nuestras imperfectas vidas y las sacrificaría para su propia lujuria.

     La cabeza daba vueltas. En el exterior todo eran luces, nalgas moviéndose, gritos. Andrés volvió. Yo era cautivo inerte de los pasos erráticos que él daba. Pensaba que esa necesidad nuestra, la de estar ausentes del mundo, perder el lenguaje, el tiempo, el amor, el odio, la vista, el gusto, el olfato, la ansiedad, la estabilidad, todo ese conjunto que se arranca uno cuando se decide perder en las dunas de los vicios, se debe principalmente a acercarse a ese punto estratégico en donde no tienes que ver con nada, no guardas contacto con el momento… es decir, por un instante te desvaneces y no existes. Quizá a eso se debe tanto adicto, simplemente nos arrancamos esa pretensión de traspasar los límites del tiempo y quedar plasmados para la eternidad, olvidamos la necesidad humana de pretender que nuestra vida tendrá sentido en la historia. Si los neandertales hubiesen tenido cocaína no tendríamos pinturas rupestres. En fin, en ese punto álgido del orgasmo que trae consigo cualquier sustancia, el mundo abre un panorama infinito de posibilidades e imposibilidades, todo puede suceder, todo puede decirse… pero se pierde, queda a la deriva en un mar hondo y negro. Quisiera ser uno de esos adictos que no recuerdan lo que sucedió por la mañana siguiente. El sabor de cigarro en el cuerpo. El perreo terrible. Una ola de humo hacia mí. Andrés dando vueltas. El cambio radical en el rostro, nuevas disposiciones del alma, no se alegraron de que yo no fuera yo, de exigir que la noche durase más. Necios y codiciosos fuimos ataviando más y más nuestro sistema de más alcohol.

     —Va a temblar. Va a temblar. Va a temblar.

     Mi boca seguía trabada. Llegamos a casa de Andrés, su novia nos recibió a gritos, él la amaba tanto. Impetuoso caí en el baño con intenciones de recordar, inhalar más cocaína. Seguimos gruñendo. Lucía, la novia de Andrés, tocó la puerta un sinfín de veces, no sé por qué se estaban gritando y mentando la madre, cuando salí del baño ella tenía una silla en las manos que aventó hacia la lavadora. No traté de tranquilizarlos, me senté en una de las sillas del comedor de dos piezas y vi en el cenicero una bacha de mota. Una chispa eléctrica. Continuaron peleando. Un vecino vino a tocar la puerta y ella abrió también para mentarle la madre. Empecé a reírme y continué pensando que el temblor nos iba a alcanzar.

     —Ya no puedo contigo, ya no puedo… —susurró ella, estaba hastiada de él. Andrés la amaba con locura.

     Recordé una situación similar, con amistades más enfermas. Saúl y su novia, no recuerdo su nombre; estaban peleando, ella amenazó con aventarse ya que vivían en el último piso de un edificio. La tratamos de calmar, me fui para no lidiar con gente problemática.

     Andrés se sentó en uno de los sillones amarillos que tenía y se empezó a quedar dormido mientras ella seguía gritándole lo borracho que era. Yo me escabullí en la oscuridad para sentarme junto a él, lo traté de convencer de volver a inhalar antes de quedarse dormido. Sólo un poco más. Lucía se metió al cuarto azotando la puerta. Me serví agua, me supo horrible ya que casi vomitaba allí mismo. Para refrescarme verifiqué que hubiera alcohol, no había ni un poco. Inhalé una vez más. Se acabó la cocaína y me desesperé. Le dije a Andrés que fuéramos a conectar más polvo. Empecé a mandar mensajes a mi dealer, al parecer era una hora incierta. Nadie contestaba. Por un instante pensé que nos habíamos muerto en un temblor y por eso nadie respondía a mi llamado.

     Estaba muerto.

     En mi pantalón lo olvidado: esas manchas repartidas nómadamente… el amor ajeno, ese amor de peligro que uno evita, el que traspasa los límites de la cordura, ese que empieza como errabundos instantes atorados en la garganta, colocados en aras de un misterioso sentido que el deseo turba, que desequilibra y luego equilibra, que podría derrumbar todo plan a futuro. Ese amor pasional que se sabe puede estar a la vuelta de la esquina, acechando… ese que se evita pensar, rondar, tener cerca, al que uno va desarticulando hasta desvanecerlo, convertirlo en recuerdos.

     Salí del departamento a hurtadillas para tratar de conectar más vicio. Estaba en soledad, en las calles, desiertas, por algún motivo se veían tristes y famélicas de mí.

     Estiré lo más que pude las piernas para caminar aprisa, traspasando casi la piel con mi esqueleto. Evitando toda esa constelación de truenos que traía en la cabeza. Al menos ya no pensaba que fuera a temblar. No llegué a ningún lugar, mi travesía fue de lo más fallida. Un trombón de especulaciones me sonaba en la nuca. Quizás estaba muerto. Por eso no había nadie. Era yo únicamente en el vasto universo de las disidencias estelares, la luna, los aullidos de los perros, la paranoia, los alambres de mis piernas, las tijeras en el bolsillo, la mirada trenzada en constantes irrupciones, la batería agigantándose en un ritmo desarrajado, los pasos tambaleando, las manos y el rostro frío, y sin saber a dónde ir, no querer llegar a ningún lugar. Estar astroso en la turbulencia efímera que representa la vida, rabioso en los finales, sin conocimiento alguno, desparramado e inútil con gestos prestados…

     El edificio en donde Andrés vivía estaba cerrado. Toqué incansablemente el botón del comunicador. Estuve afuera veinte minutos, tocando, insistiendo. Lucía se asomó por la ventana gritando nuevamente. No supliqué que me dejara entrar, sólo le dije:

     —Me quedé afuera por algún motivo…

     —Pinche borracho… —musitó ella y se dio media vuelta para luego arrojar las llaves casi con la intención de atravesarme la cabeza.

     Entré al lugar, pero las escaleras me parecieron infinitas, mi corazón agitado empezaba a acelerarse de tal modo que tuve miedo que saliese disparado, huyendo del revoltijo de persona en el que estaba clavado. Al parecer en medio de ese caos en el que estaba, en las escaleras infinitas, sonaba un free jazz en mi cabeza e iba dejando a mi paso un poco más de mí. Y yo sin polvo con el cual restaurarme.

     Las manchas de mi pantalón insistían en que lo dijera. Entonces me lo susurré, susurré ese nombre que no podía sacar de mi cabeza, ajeno y lejano, ausente, presente. Así suelen ser las pasiones.

     Quisiera haberme tragado todas esas palabras y hubiera pretendido que no pasaba nada. Que no había pedazos de mí flotando en el mar que residía alrededor de mis pies. Quisiera que mi cabeza no hubiera explotado entre lo siniestro del péndulo que estremeció al cielo. Que los pétalos pálidos de sus párpados no se mecieron en la oscuridad mientras la lluvia caía sobre su piel y allí, sobre ella danzaron las gotas, encima de la pista de sus piernas. Que las partículas de mis manos no se retorcieron cuando sintieron como una serpiente se devoró a sí misma; quisiera no haber dejado un pedazo de mí allí. Que la batería no hubiera retumbado sobre el pecho. Que el grito no se hubiera aglutinado en la audiencia de las hojas de los árboles. Quisiera que aquella noche no hubiese sido tan diminuta, tan fugaz, tan parpadeante. Hubiese preferido que la silueta de las palabras que dijo no se convirtieran en la melodía que no pude arrancarme. Ojalá pudiese decir que sólo fueron dos seres nocturnos que abrazaron el mismo deseo, que reventaron sus dedos. Se cicatrizaron mis piernas al escalar el infinito y se me metió un grito en la garganta… pero no grité. Ojalá hubiera esparcido todo el llanto que le dije no tener. Quisiera haberle dicho por favor, dame color. Quisiera, como la canción, haber abierto mis venas y meter su esencia en ellas; o bien, hubiera querido hervir mi rostro y toda la realidad de mis sentidos. Hubiera querido perpetuarme entre lo negro de sus pupilas y luego resucitar alrededor de su piel. Quisiera haber podido acceder a su espalda con un beso para vivir en su columna. O haber tomado más de ella. Pero me di cuenta, que era sólo un alpinista en unas escaleras infinitas, despierto en sí, deseando haber sido otro, algún otro que hubiera preferido quedarse entre sus brazos, adornado con música, la noche y el sonido del árbol que había como vecino. Pero era un conjunto de nervios que añoraban el paisaje que ella representaba, éste con un ritmo de destellos que se crearon, que me quedé yo. Se petrificaron todos mis excesos. Tambalearon mis colores. Se me enredó ese nombre en la columna vertebral, en el sistema motriz, en las pestañas que cantaron truenos. Quisiera no haber nunca buscado esa mirada boscosa e impenetrable, ni el sentido del saxofón que desprendían sus células. Quisiera haberme sacado todo esto a tiempo. Quisiera que no hubiese sido hasta que saliera por la puerta.

     Y me extravié. Pasmado en medio del infinito que representaba la subida.

     Verificando las manchas de mi pantalón.

     Todo resultaba ajeno.

     No era de éste mundo ella, no era de aquí su calor ni su voz, ni su maximalismo, su libertad, su fervor filosófico, cuasi mágico, su irreverencia y rebeldía que rompe moldes. Quizás es que no pertenece aquí, ni a la tierra ni a mí. Es del mar en donde no hay un ahora, un ayer o un mañana, simplemente inmensidad. Quizás procede de Neptuno. Aproximarse a ella era disipar la Rosa de los Vientos de la cartografía que me había inventado, dejar atrás todo lo conocido, era confrontar la vida misma.

     Por ello me quedé en medio de lo imperecedero de esas escaleras infinitas, sin importarme nada más, finalmente perdido en la monstruosidad del mundo, con palabras de Lucía diciendo «Andrés, levántate, despiértate». Me di cuenta que no te puedes enamorar del eterno adiós al tiempo o de la infinidad de su piel blanca, no me podía enamorar de ella, porque sabíamos entonces que nuestros corazones no podrían tejerse nunca en uno sólo, el mío estaba en ese edificio, recibiendo gritos; y el de ella, por allá, cascado por entregarse a la música desprendida de alguien más.

     Osciló mi cuerpo en arrebato, en incertidumbre y finalmente todo condujo a un no será. Estaba viviendo junto al anhelo de enamorarme de otra persona en una burbuja dentro del vientre de un monstruo colérico llamado Andrés y me di cuenta que había saltado sin cuerda del bungee, entonces descubrí que el amor es un segundo antes de estamparte en el suelo.


Ilustración: “Agonía” por Aérea Indira, técnica vitral emplomado, 2001

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver Política de cookies
Privacidad