Poesía

Tres poemas de Hortensia Carrasco

Hortensia Carrasco (Acatlán, Puebla, 1971), estudió periodismo en la UNAM, ha publicado los libros Jaulas Ocultas (COBAES, Sinaloa, 1991), Ciudad como seca hierba (Universidad Autónoma del Estado de México), Poemas del encierro (Verso Destierro), La habitante (Trajín), Quemar el silencio (Crisálida) y su más reciente obra es Muererío, poemario que es el Premio Nacional de Poesía María Elena Solorzano 2019, editado por Tintanueva.

La poesía de Hortensia es trazada por una pluma que conoce lo que escribe, se entrelaza mediante el uso de una elegante tesitura de palabras que amoldan a manera de transmitir pensamientos y emociones. El trabajo poético de Hortensia ha trazado camino y es una poeta que coloca palabras que anidaran en lo más íntimo de quien las lea. Sin más, aquí tres poemas de Hortensia Carrasco.

El otro nombre de las cosas

Hoy no averiguaré
El otro nombre de las cosas.
A la hierba le llamaré hierba
al caballo aunque sea de carne
de bronce, de madera, de polvo
le llamaré caballo.
La lluvia que canta la tristeza de las nubes
será la lluvia y no el agua de la noche ciega.
Un ave no será viento
ni el canto del sol entre los árboles.
Hoy no averiguaré cómo decir de otra manera
que lloras porque te lastima
mirar cómo niños y niñas desaparecen y los que buscan
llevan en su mente al caballo, a la lluvia, a la montaña,
al ave, a todo aquello donde poder nombrarlos.

Hueserío

Más allá de la ternura está la soledad urbana
y el empellón de una osamenta que trina.
Un esqueleto se vuelve pájaro
y revienta en los madroños un calcio triste
que aletea y esparce plumas moribundas.
Una aurora de huesos empuja la mañana
es la muerte con su pan de niebla
con su harina terrible de dientes y cabellos.
Querellas de juníperos y oyameles
violentan los funerales de la hierba.
Es difícil saber si las culebritas de agua
asistieron al florecer de los meñiques
al empollamiento de las vértebras
al primer piar de un cráneo femenino.
Más allá de la soledad urbana
está la impunidad haciendo nidos.

Las vírgenes de Metlatónoc

Soy una niña tu’un savi
Mi edad es una década más cuatro años.
Para mi padre soy cifra de salvación.
Retrocedo para no ser de un hombre desconocido.
La montaña es mi fortaleza.
Yo aún debo ir tras el zanate
la iguana, la tortuga, y el conejo.
Mi boca está para jugar con el hueso del capulín
y mis ojos para seguir el nacimiento de las flores.
Pertenezco aquí y no quiero que me rijan las costumbres.
Por eso huyo cuando el viento me enseña los dientes
Y no corrige el camino de mi pueblo.
Me aparto como la hoja fresca que cae del árbol
para que no me alcance el terroso destino en Metlatónoc.
¡Dios de la tierra se mi aliado! ¡Vuelve locos a los hombres!
Y ni la sangre de algunas aves ni el clamor del rezandero
les de justicia ni sosiego, ni paz ni regocijo.


Fotografía por Jorge Baldere.

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