Poesía

Tres poemas de José María Avila Carranza

José María Avila Carranza nace a finales del estío de 1998. Ha estado, como él dice, repartido entre dos tierras: por un lado la capital mexicana y por otro Jolalpan, Puebla, ambos lugares escenario que ha configurado su identidad como escritor. Creció entre la urbe y el campo, conoció las grandes alamedas del Centro Histórico a la par en que cortaba mangos y ciruelas. Escribe poesía desde hace un par de años; sus poemas, aparte de publicarlos en sus redes sociales como en su Instagram (red social en la que además colabora en Club de Escritura Pisanje, AEHIS y Litterae Revista. Además, actualmente se encuentra trabajando en su primer poemario. Aquí te compartimos tres de sus poemas.

Fragilidad

El entorno no es menos encantador
ni más sórdido
a través de la desdicha.
El entorno se ve como lo que es:
un desgarramiento de albas y madrugadas por igual,
un amasijo de paisajes que no cambian.
En mi mente todo se vuelve negro,
todo consume y todo daña.
La realidad es doler en verdad;
doler y arder,
arder y sangrar,
sangrar y morir,
morir y ser eterno.
El dolor genera más dolor
cuando la vida se vuelve fuego.
La fragilidad de las cosas es así:
el humo taladra la noche.

Ecos de mi propia voz

¿Cómo ser eco de mi propia voz?
¿Cómo ver mi cadáver aún estando vivo?
¿Como buscar respuestas al formular las preguntas?
El mundo quema si lo veo de frente,
El aire corta si lo aspiro fuerte,
El agua es vida pero también es muerte.
Aferrando esta incertidumbre ansiosa,
Amasándola, cargándola a mis espaldas;
Me escapo por el hueco de mis costillas,
Me sublevo ante la presión del humo.
Escapo para salir de mí
Pero sigo la ruta del alma y es imposible escapar por donde regresas.
Es imposible que a estas manos les broten dedos, pero brotan.
Es imposible que estos versos sin cadera me llevan la delantera
Pero lo hacen, corren. ¡Qué rápido corren!
El amanecer ya está aquí
No importa que el cielo siga de luto.
Amaneceres como estos no explotan el paisaje:
Silenciosos, solitarios, reflexivos.
El amanecer está en mi alma
Y es irónico que rasgándome los contornos
Sea la sangre la que duela y no la piel,
Sea la noche la que muera y no la vida.

Y si he de doler

Y si he de doler lo haré a mi manera:
entre escombros de veranos pasados.
Nací en agosto al final del estío,
a la sombra de un taxi en movimiento,
y desde entonces he vívido estático;
no me muevo por éste mundo trágico,
aunque claro que en mí trepa su viento
dulce soplo que quema con su frío.
Muerto, como esos peces ahogados
bajo el sol de la austera primavera,
camino sin camino, sin vereda,
y llego dónde nadie, nadie espera.
Mis músculos están más que quemados
de lo poco, tan poco que sonrío;
mi sonrisa ya tampoco la siento:
en mis labios sólo se asoma el pánico.
He de morir cuando quede lunático
de tanto hablar con éste sentimiento
que me vuelve taciturno y sombrío.
¡Tantos recuerdos viven espantados
de recordar lo que no soy pero era!

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