Narrativa

Un suspiro a destiempo (por Pablo Valentín)

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Sans doute aurais-tu pris la mer /Si l’on avait su te convaincre
Aux premières pages /D’une fiction taillée pour les draps.
Destal

La voz de una mujer anuncia los vuelos disponibles.

     Palabras. Romina sólo tiene palabras y nada más. Se ha pasado la vida mirando su existencia suceder como una aglomeración de puntos negros que transitan en la pantalla del monitor. A veces se siente como una mujer de dos cabezas con un solo corazón para procesar tan indolente condición.

     Eso no es cierto, apunta Romina cortando la cinta adhesiva con los dientes.

     En la pantalla del Skype vemos el vacío diván junto a David. Ella tiene tan pocas cosas que fácilmente puede empacar y tomar terapia al mismo tiempo. Su psicoanalista intuye que no está del todo en la sesión. Que no está del todo ya.

     O sea, sí dije que él siempre fue otra persona para mí pero no en el sentido de que me engañase a mí misma o el de las expectativas. Romina profundiza: cuando López la conoció le dijo ya sé, tengo un nombre horrible y un apellido común. Inmediatamente ella arregló: pero en francés se pronuncia Arsène. Él se carcajeó interpelando ¿entonces López se dice Lupin? Ella se encogió de hombros. ¿Por qué no? Nada se interpone a ser quienes deseamos y no lo que alguien espere de ti, repuso ella. Pero el punto era que quizá Romina necesitaba una persona sencilla.

     David le pidió que lo desarrollara por favor.

     Arsenio López era todo menos un hombre común. Pero a lado de Romina incluso su singularidad se eclipsaba, puesto que el único detective paranormal del departamento de policía mexicano había aceptado jugar el papel de un novio cualquiera. Dejó de ser él para que yo fuera feliz, termina ella.

     Romina sella la última caja y se sienta frente a su laptop. Abre un documento de Word. Enciende su cámara. David mira las cajas detrás de Romina. Por la ventana se filtra una luz estival.

     No comentaste que te fueras a mudar.

     Ella se encoge de hombros anotando que no es nada, sólo ya no voy quiero vivir… aquí.

     Como su responsable emocional David debería preocuparse, pero hay algo en su voz que le transmite una incómoda serenidad, no obstante siente que nunca ha mirado tan adentro de ella, que ese departamento desocupado es algo más profundo que las palabras que salen de su interior. Si estuvieran frente a frente David la abrazaría, no es algo que un analista deba hacer, pero a esa chica el desorden se le da muy bien.

     Romina, tenemos que parar… ¿Nos vemos la siguiente semana?

     Ella permanece callada. Mira el diván a través de la pantalla y dice muchas gracias Dave.

     Romina nota que siempre le cambia el nombre a quienes le caen bien. Cierra el Skype. Escribe.

     Toma notas desde las páginas de un cómic. Desde la cocina le llega el sonido de la tetera. Se levanta para servirse una taza y piensa que no todo está empacado, que dejar un lugar no es tan sencillo y que siempre algo se queda atrás, un rastro, una evidencia no descrita como las que López dejó en el número uno de Hellboy. En realidad fue la tía Words quien lo hizo pero ahora le da igual. De hecho la llama.

     ¿Qué pasa Romina?

     Hola tía, recuérdame tu dirección.

     Wordsworth todavía percibe la mejilla de Romina en su palma y eso la hace sentirse mal. Es cierto que ella lo necesitaba, pero la quiere muchísimo y nunca pensó que la tendría que golpear, que a meses de la tragedia todavía le dolería a ella. Sin embargo, para Romina ahora sólo es la mujer que tradujo el diario del alienígena que mataron, al que le cortaron la cabeza y que era el caso que López estaba investigando; esto sólo es por un rato, ella no lo sabe porque es algo inherente a su biología literaria, otra de las infinitas mutaciones que la mantienen a salvo de la realidad, una cualidad que le ayuda a desarrollar la idea en la página de Word con ese característico estilo que la diferencia de otros escritores de índole paranormal. En realidad, al editor le cayó de perlas la muerte de López, porque tendría no sólo la primicia sino el testimonio de primera mano por parte de la pareja de aquel policía asesinado de manera ritual. Lo que no sabía era que Romina le ofreció el mismo artículo a todos los periódicos que alguna vez la buscaron, lo hizo sin pedir nada a cambio. Su única condición era el silencio, no el anonimato porque ya no tenía nada que perder, sólo les pidió que no soltaran ninguna palabra a nadie hasta que la primera plana viese la luz.

     Una vez que cuelga con la tía Words, ella le manda la ubicación a un contacto que tiene registrado como “Mudanza”. Piensa que en realidad debería ser “flete” o “evidencia”, ya que hasta ahora ha sobrevivido más como un accesorio de sí misma o un apéndice de lo que ha pasado, nunca se ha sentido la protagonista de su vida. Hasta hoy. Si lo analizará como David lo hace, ella va por la vida deshaciéndose de lo innecesario, incluso ahora en la orden de salida ha dejado claro que sus cosas se irán sin ella. Ya no la necesitan más.

     Confirmado. Recibe el mensaje en automático y regresa hacia el teclado.

     Romina escribe hasta que siente que el texto ya está hecho o ya no tiene más que decir. Siempre le ha valido madre el lector, las escuelas literarias, ella se rige por su técnica. A veces escucha una canción para retomar el ritmo o se levanta a mirar por la ventana. Ahora revisa las cajas. Corrige. Abre el e-mail. Manda uno por uno el mismo artículo desarrollando un remitente distinto para cada medio aunque en esencia todos dicen lo mismo. Finalmente lo envía a su revista de cajón.

     Se mete a bañar.

     Mientras el agua fluye por su cuerpo piensa en él. Quisiera tocarse pensando en López por última ocasión. Pero en la tristeza también subyace algo parecido al placer, así que deja que sus lágrimas le acaricien la piel.

     Romina deja la ducha limpia.

     Mientras se le seca el pelo mete el shampoo y los demás enseres en su mochila, donde también están la compu, la tetera, la taza y el cómic. Si tuviera que huir mañana, lleva lo que necesita para iniciar una nueva vida. Mientras se carga su celular decide llamar a Leda. Es la última vez que cargará su celular, así que de cierta manera ella también se está llevando un poco de energía para el camino.

     Hey, dice

     Hey, responde Leda.

     ¿Qué hora es en Bélgica?

     Irrelevantemente empiezan a hablar de que ambas se acaban de lavar los dientes; Romina para dormir y Leda porque se acaba de despertar. Es como si viviéramos juntas, menciona una de las dos.

     Lo siento.

     ¿Por?

     Sé que siempre te estreso.

     Tú no me estresas mon amie. Eres insufriblemente impredecible pero no estresante. Diría que respecto a mí son otras tus cualidades.

     Romina sonríe y abraza la almohada. Ella no lo sabe, pero desde su casa Leda se abraza las piernas.

     ¿Qué tienes?

     Nada, es que no tengo muchas ganas de dormir.

     Dímelo a mí.

     Leda tiene esa sensación de que debería ir a México con ella. López no le caía mal pero a la vez ella siempre ha estado enamorada de Romina y han pasado sólo unos meses desde que lo mataron y sería un crimen volar con miras a acompañar el duelo de su amiga.

     Por supuesto Romina lo sabe y sabe que tarde o temprano le preguntará si puede ir, así que le manda un beso y cuelga el celular. Eso ha sido demasiado cruel, pero al mismo tiempo era algo que nunca se había atrevido a hacer, con nadie.

     Un avance, podríamos decir.

     Por supuesto no se duerme. Deja que las horas caigan como las hojas de los árboles y  las horas caen entre una mezcla de sensaciones totalmente nuevas y dos o tres memorias que las provocan. No tiene miedo y su tristeza comienza a parecer más un recuerdo que un estado de ánimo. Su mente no para de pensar, no obstante ahora accede a situaciones alegres y a momentos que no necesitaba antes porque a lado de López era feliz. Si bien estaba la ansiedad y el ostracismo, con él no necesitaba reprimir esa personalidad felina que la caracteriza.

     A las 7 am se levanta.

     La luz de la mañana le cae sobre sobre los dos colores de su pelo. Toma la mochila y le deja las llaves al portero. La mudanza llegará a las 10 am, explica agregando un “yo no”. Quizá la policía arribe un poco después. Lo deduce porque López se lo dijo, ningún policía hace nada hasta el mediodía. Pero ella los acaba de exhibir, todos los medios impresos los acaban de exhibir.

     Romina enfila hacia el bosque de Chapultepec. Compra uno de los periódicos sin fijarse cuál es. Ella nunca lee lo que escribe pero esto es distinto, se siente como leer el obituario de alguien demasiado cercano para ignorarlo.

     Desde que llegaron los alienígenas, la gente ha esperado que pase algo extraordinario, no obstante se acoplaron de inmediato. Consiguieron trabajos, uno o dos barrios en la ciudad y ahora son parte de esa cotidianidad incómoda, de esas muchas tribus que conviven en las esquinas; articulándose como los engranes de un aparato mecánico cuya única función es caminar, como las palabras en los diarios. Es fácil encontrárselos caminando.

     Romina conoció a López caminando. Los detalles son ahora imprecisos. Mentira es que recordamos tanto el último beso como el primero. Recordamos si acaso la hora, el olor o uno o dos detalles físicos concretos, lee. Se lee tan distinta en las páginas que esa mujer incluso podría ser una humana funcional. Su prosa es tan fluida que nadie imaginaría que esa tipa con pelo de gato que camina bajo la luz de la mañana, no ha tenido más que una relación sentimental y sexual. Escribe con tal elegancia que a través de sus palabras uno puede imaginar la cópula perfecta en que se enlazaron la jefa de policía y el marciano. Saborear un romance prohibido y decir: esto también fue mío. Lo que debió ser una nota amarillista, Romina lo convirtió en una historia de amor.

     Pasa una patrulla. Romina la ignora. Tarde o temprano irán por ella y lo sabe. Nadie quiere a los escritores de tragedias. Quizá no halla ningún crimen en publicar la verdad, pero ella ha develado algunos secretos tan pasionales y privados como la sangre. Cuando mataron a López, él dejó las traducciones que le llevó Wordsworth entre las páginas del número uno de Hellboy. No fue a propósito, pero indudablemente la vida es a menudo una broma causal. Para sí misma, es ella se dice que sólo ha publicado una versión de la traducción enriquecida; atando cabos, especulando sobre los vacíos, haciendo lo que López hubiera hecho en el campo, sólo que ahora los hechos ocurren en el terreno de la ficción. La ficción es más poderosa que la verdad.

     Atraviesa hacia el Museo Nacional de Antropología y una bici casi la atropella. Qué importa, piensa, podemos morir a cualquier hora, pero ¿podemos amar a alguien en el momento cuando más lo queremos? ¿O sólo somos un suspiro a destiempo?

     Si la jefa de policía hubiera sabido eso, el alienígena seguiría vivo. López seguiría vivo y por primera vez está ciudad habría tenido una verdadera historia de amor. Escribió. Aunque estamos acostumbrados a ver esas historias como un espejismo de la segregación. ¿Nadie merece un final feliz? Lo que Romina publicó no era una acusación ni un testimonio, porque no lo ha escrito por odio. Está cansada de perder y que la gente pierda. Que metan a la cárcel a la jefa de policía no iba a resucitar a López ni a traer justicia y eso lo tenía claro Romina. Ella ha escrito una historia que cualquiera puede leer. Ha escrito sobre unas personas que se querían. Finalmente ha escrito sobre sí misma.

     Romina se yergue frente al lago de Chapultepec. Saca la urna donde lleva a López, lo que aún queda de él. Es una urna de auténtico mármol de Carrara y no va a flotar. No pesa lo suficiente para sumergirla a ella también, pero en realidad nunca pensó en saltar.

     Adiós, amor. Enuncia y lo deja ir.

     Entonces escucha de nuevo los vuelos disponibles.

     Tú también te tienes que ir, dice la tía Words trayéndola de regreso al aeropuerto. Hace varias horas que la recogió en el bosque de Chapultepec mirando al vacío como si el tiempo se hubiera detenido. Como si Romina se hubiera detenido.

     Mamá y papá los hubiera matado sin dudar. Dice Romina tomando el boleto de avión que le extiende la tía Words.

     Esos eran otros tiempos y nosotras no somos como ellos.

     Está por salir su vuelo. Wordsworth la mira. Romina podrá tener treinta y tantos ya, pero viéndola ahí con su mochila al hombro, ella sigue siendo la niña que le encargaron cuidar. Es cierto que ese día no la iba a matar la jefa de policía, pero los accidentes pasan y como ella misma escribió, aquí las personas se convierten en fantasmas.

     Creo que ese es mi vuelo.

     Así es gatita.

     Te quiero tía Words.

     Lo sé hija, yo también.

     Wordsworth la tiene que empujar, separarla bruscamente para que se aleje. Todo este tiempo Romina se ha mantenido en una zona de confort, como una gata asustada, arañando y gruñendo para alejar al mundo exterior de sí misma, sin saber que ese territorio neutral era a la vez su principal amenaza, como una pesadilla que la obligaba a despertar para no morir en el ensueño de la seguridad, en el privilegio de soñar.

     Wordsworth la mira desaparecer por el andén.

     Romina no había dormido en horas. Días. Meses. Desde muchos ángulos posibles el asiento de avión se convierte en el diván y la cama donde sus músculos al fin se relajan, desprendiéndose de aquella inestabilidad nociva que no la dejaba moverse. Paradójicamente no sueña. Durante el viaje simplemente deja de ser.

     Al salir por el otro lado del andén todavía siente los dedos de la tía Words empujándola hacia el primer avión que encontró. Prometiendo que le mandaría sus cajas cuando haya encontrado un nuevo lugar para vivir.

     Ella reconoce los idiomas, la atmósfera de ese país donde alguna vez intentó ser feliz, pero también reconoce el perfume, ese olor humano que nos convierte en animales cuyo instinto aún nos lleva a relacionarnos, a buscar el abrazo inevitable de la cotidianidad.

     ¿Romina? Ella se estremece al oír su voz, cómo no iba a reconocer su voz.

     Hey.

     Leda lleva una maleta de viaje también. Quiere preguntarle qué está haciendo ahí, pero se siente tan estúpida que solamente tira su boleto de avión. Romina corre hacia Leda. Creo que ahora ellas se encuentran muy bien.

 

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