Narrativa

Vidas prestadas (una narración de Márcia Batista Ramos)

Márcia Batista Ramos nació en Brasil. Es licenciada en Filosofía, gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Es columnista en la Revista Inmediaciones (La Paz, Bolivia), en periodismo binacional Exilio, México, en archivo.e-consulta.com, México y en la revista Madeinleon Magazine (España). Publicó diversos libros y antologías, también forma parte de varias antologías. Es colaboradora en revistas internacionales en más de catorce países.

Sin más ahora les compartimos una fantástica narración de esta autora.


Vidas prestadas

Mirando al Este de los pensamientos, les percibo cerca, sin estar juntos.

Semanas atrás, estuve en la galería observando el paisaje: el río y la serranía, que se veían medio borrosos por la neblina densa y blanquecina, que me inspiró a pensar en la importancia de la humedad para la reproducción de las setas silvestres, que tanto me gusta cosecharlas y prepararlas para comer.

Las setas son organismos míticos, en mi entender.

En las enciclopedias no dice eso, está escrito: que son organismos eucariotas, que al igual que los mohos y las levaduras pertenecen al grupo biológico conocido como fungi, distinto de otras clasificaciones de organismos vivos como plantas, animales o protistas.

Como estamos acostumbrados a convivir con las arbitrariedades conceptuales, como “el siglo”, por ejemplo, que es una división arbitraria del tiempo; yo prefiero asumir (arbitrariamente) que, las setas son organismos míticos, producidos por los gnomos. Además, muy usadas por las brujas, cuando son setas venenosas, dado su poder mortal.

De mi abuelo materno heredé el conocimiento del peligro o bondad de cada seta del bosque o de la pradera. Mientras que mi abuelo paterno, me enseñó a prepararlas de diferentes maneras, para consumirlas en formas diversas en el desayuno, almuerzo y cena. Esos conocimientos me sirven de mucho.

Actualmente, me gusta ver cualquier especie de hongo, comestible o no, con forma de sombrilla, sostenida por un pedicelo, porque me recuerda la niñez, cuando jugaba que eran pequeñas sombrillas y me divertía mucho, cosa que ahora ya no es frecuente en mi existencia.

La trascendencia de las enseñanzas de mis abuelos, en temas tan sencillos, como reconocer setas silvestres y víboras comestibles o tener un trato amistoso y cordial con los gnomos, para no espantarlos, por el susto de verlos llegar sin aviso previo, para entablar una conversación, son cosas tan banales, pero que no tienen precio, con el tiempo, se tornaron invaluables.

Tales enseñanzas, que las tengo presente ahora y en los días nublados cuando estos pequeños amigos se acercan al vidrio de la ventana, esperando que los invite a pasar para calentarse frente a la chimenea, son mucho más que enseñanzas: son un tesoro.

El conocimiento es una especie de objeto precioso; en el caso, el conocimiento impartido por mis abuelos, de un contenido exquisito y delicado, es más que un tesoro, es extraordinariamente fascinante, porque se ocupa de seres que pueblan la tierra, que, a su manera, son figuras míticas (setas y gnomos), pero también, porque esas figuras llevan consigo un fantasma: el de su posible extinción.

Los gnomos se extinguen cuando los bosques y praderas, como organismos vivos que son, conceden espacio a las ciudades y al progreso en general. Las setas silvestres se van con los gnomos.

Me gustaría mucho abordar el universo simbólico de los gnomos a través de un relato, que sé, que cautivaría a los interesados y conseguiría atrapar a muchos lectores. De hecho, hay dos características muy singulares en los gnomos: los alegres y jóvenes y los serios y antiguos.

Mis abuelos hicieron muchas anotaciones sobre setas, gnomos, tesoros escondidos en la propiedad y por otras montañas, recetas de aceites esenciales, comidas, bebidas y tisanas…

Nada sobre los gnomos y otros seres vivos, como hadas y duendes, se quedó fuera de estas maravillosas libretas: su presencia en el arte y la religión, su fisiología y su analogía con el ser humano en diversos aspectos, pasando por su inteligencia, ya que poseen una memoria asombrosa, la sorprendente manera de presentarse, la capacidad de adaptación que poseen, sus gustos y costumbres… La manera de establecer un vínculo único entre un ser humano y un ser elemental, también quedó registrada.

Anotaban con pluma fuente, en unas libretas hechas a mano, costuradas con hilo grueso, con tapa hecha de cuero o de cascara de algún árbol. Con ilustraciones e imágenes fascinantes en el interior.

Ellos sabían de la importancia de sus anotaciones para mi vida; del sentido que tendrían en la realidad actual, en éste mundo de total incertidumbre y sin ninguna garantía, que me tocó vivir.

Dejaron muchas anotaciones, seguramente, con la esperanza de disipar esa orfandad, que ellos sabían que, un día, yo tendría consciencia y la sufriría…

Los abuelos sabían que, algunas veces, yo me depararía con el sinsentido de mi propia existencia. En realidad, ante la idea de que nada tiene sentido. Nada, ninguna de las cosas que se haga. O que yo haga. Ellos me conocían mucho, además, intuían que a lo largo de mi existencia yo me desentendería de la realidad y el mundo, estaría desencantada, por estar en busca de un mundo mejor para todos.

En aquellos momentos de mi niñez, ellos no podían enseñarme ciertas cosas. No era el momento de decirme que la vida no es como la escritura, que uno puede corregir, cambiar personajes y sus actitudes, las veces que vea necesario, hasta encontrar las condiciones correctas, mediante las palabras. En la vida, haces algo y hecho está.

Nadie le puede enseñar a otro a escribir o a ser escritor. Cada escritor aprende su oficio ejercitándose. Lo aprende de su propia experiencia, de sus propios errores, de los libros que lee. Así es la vida, una especie de oficio de escribir y los abuelos lo sabían a la perfección.

Mis abuelos, también sabían cuál es el verdadero sentido de conversar con gnomos y conocer las setas silvestres en un universo que ya está perfectamente completo sin la existencia de uno.

Ellos fueron muy sabios, me enseñaron muchas cosas… Además, dejaron un baúl de madera y una petaca de cuero, llenos de libretas con anotaciones detalladas, de los conocimientos que no podían enseñarme en aquél momento.

Ellos sabían, así como todos lo saben, que ellos también tenían sus vidas prestadas…

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